Opinión / Columna
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Francisco Fonseca
La muerte: fiesta del espíritu
El Sol de México
2 de noviembre de 2009
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La muerte -drama, sufrimiento, liberación- está ligada al destino de los mexicanos de manera indisoluble. Sus lazos tienen que ver con un antiguo lenguaje con el que nuestros antepasados se comunicaban y soñaban con sus dioses propicios. Para ellos -para los antiguos mexicanos- la realidad circundante era en verdad el valle de la muerte; y para ganar el derecho a la plenitud espiritual era necesario demostrar aquí, en la desolación terrestre, los suficientes atributos de valentía, entereza, serenidad ante el sufrimiento cotidiano.
Basta disfrutar las ofrendas plenas de colorido e imaginación creadora, instaladas en los hogares o en los propios cementerios, para darnos cuenta de esta dualidad esencial, plena de dramatismo, burla a la muerte, exorcismo, advertencia final. Tengo la impresión de que no hay un pueblo en el mundo como el mexicano tan cercano a la muerte. Su concepción artística, el trasfondo de su filosofía vital, sus valores morales, la religión y en general su desarrollo cultural, están impregnados de ese pensamiento fúnebre que nos encadena -querámoslo o no- con el inframundo. Desde hace mucho tiempo nos vienen persiguiendo la raíz generadora de la espantosamente bella Coatlicue, y del espejo negro de Tezcatlipoca, oscuro mensajero de la destrucción y la venganza.
Por ello, a pesar del sincretismo cultural aportado por los conquistadores, el día de muertos es, para el pueblo mexicano, una fiesta del espíritu: de nostalgia, sí, por los seres queridos que se adelantaron en el escabroso camino de las sombras; pero al mismo tiempo de reconocimiento por quienes gozan ya del merecido descanso en el paraíso prometido.
Es muy probable que no haya pueblo en el mundo, como el mexicano, tan afín a la muerte. En nuestro país la muerte es respeto, temor, pero también celebración, fiesta y ofrenda espiritual en una amalgama de sentimientos encontrados. "La vida no vale nada", hace constar la canción de José Alfredo, quizá para esconder en el subconsciente lo único que tenemos de valor: la vida misma.
No hay macho mexicano que se respete -como Jorge Negrete, por ejemplo-y que no se sienta ahijado de la muerte. Por eso desprecia la vida, la ofrece en un volado, en la palabra que ofende, en la conducta retadora de todos los días, en la inconsciencia del último trago que al fin y al cabo ¡la vida no me merece, qué caray!
Tradición funesta el culto a la muerte. Desde su origen, nuestros antepasados sentían más apego por el camino eterno que llevaba al inframundo que a los sufrimientos de su existencia terrenal. Por ello petrificaba -para que quedara el testimonio inapelable a la posteridad-todos los rasgos simbólicos de la destrucción y del amor incondicional al más allá, donde ellos contemplaban la dicha y la alegría para siempre.
Pintores y poetas han recreado esta visión multifacética del sentimiento popular de México: ¡Vida, nada te debo; vida estamos en paz! ¡Quiero morir cuando decline el día, en alta mar y con la cara al cielo! Parecen versos escritos especialmente para adornar los murales de Diego Rivera o los cuadros de Frida Kahlo o los grabados de José Guadalupe Posada, o como los murmullos salidos de las páginas de Pedro Páramo, que tan magistralmente percibiera Juan Rulfo.
Rojo y negro de la mentalidad mexicana. Vida y muerte, celebración y sacrificio respetuoso, fiesta y responso, color y niebla. Todo en una calaverita de dulce que desaparece en un instante, ¡porque a mí las calaveras... me pelan los dientes!
pacofonn@yahoo.com.mx
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