Opinión / Columna
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Pablo Marentes
Escamoteado
El Sol de México
28 de octubre de 2009
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Quince años después de la caída de la Gran Tenochtitlan en 1521, el primer Obispo de la Nueva España, Juan de Zumárraga, señaló la necesidad de que estas tierras contaran con una universidad de altura y de tradición escolástica. En 1551, con el apoyo del virrey Antonio de Mendoza y de la misma Corona española, nació finalmente la Real y Pontificia Universidad de México. Tras la independencia de 1810, los vocablos: real y pontificia fueron suprimidos para quedar tan sólo como Universidad de México. Hace 80 años, el 26 de julio, se daba a la universidad su autonomía.
Pero la UNAM, nuestra UNAM, con sus casi 460 años de historia, no es tan sólo los más de 305 mil 969 alumnos, sus 35 mil 57 académicos, sus 40 programas de posgrado, sus 82 carreras, los tres planes de estudio de bachillerato, sus 13 facultades, 5 unidades multidisciplinarias y 14 escuelas de bachillerato; sus 29 institutos, 16 centros y 8 programas universitarios de investigación. Sus 3 mil 374 académicos en el Sistema Nacional de Investigadores, el 35 por ciento de artículos científicos publicados en nuestro país; sus mil 700 actividades artísticas y culturales, sus 18 museos y 18 recintos históricos, sus cerca de 330 mil grabaciones varias. No es el Servicio Sismológico Nacional, el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico, la Biblioteca y Hemeroteca Nacional; el Servicio Mareográfico, el Herbario Nacional, las cuatro reservas ecológicas y el monitoreo del volcán Popocatépetl que tiene bajo su resguardo. No es los más de 2 millones de m2 de área construida; sus 2 mil 91 edificios, 3 mil 587 aulas, 3 mil 664 cubículos, 2 mil 757 laboratorios y 413 talleres; sus 139 bibliotecas con un acervo de un millón 24 mil 597 títulos, y 6 millones 220 mil 341 volúmenes y las 54 mil 154 computadoras conectadas a la Red UNAM. No es una Ciudad Universitaria declarada por la UNESCO "Patrimonio Cultural de la Humanidad". Es esa conciencia crítica de esta nación, que evocara el rector Barros Sierra en aquel emblemático 68 y que hoy sigue siendo indispensable en el devenir nacional. Es el alma de México. Reconocida con el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades la tarde del viernes 23 de octubre en un Teatro Campoamor asturiano pletórico y en salas, auditorios y aulas universitarias mexicanas llenas de orgullo, satisfacción e incertidumbre. Orgullo y satisfacción por todo lo que nuestra universidad es y por lo que construye en la cotidianidad de sus labores. Incertidumbre por las constantes embestidas, los pesos de menos, las felicitaciones escuetas.
La discusión del Presupuesto de Egresos de la Federación sigue. Los impuestos reales y disfrazados así como la factura del costo político que llevan consigo aún están en el aire.
Mientras que en países como Estados Unidos, Francia, España y Brasil el nuevo gigante latinoamericano, se privilegian los recursos destinados a la educación y la investigación científica, a pesar de la actual crisis económica mundial, como herramienta fundamental en términos de desarrollo a mediano y largo plazo, en México se prevé, para el 2010, un recorte a la educación superior de al menos 7 mil millones de pesos.
La inversión en educación tendría que ser una política de Estado, privilegiada, indispensable. El presupuesto destinado a esta actividad debe ser esencia y sustento de todo aquello que queremos ser como nación, y no responder irresponsablemente a la triste coyuntura del año tras año.
En el 2006, un diputado panista se congratulaba de la disminución presupuestal a la UNAM. Hoy este triste personaje ha quedado en el olvido, pero de nueva cuenta el Ejecutivo Federal envía, para su discusión en las cámaras, una Ley de Egresos poco favorable para la educación superior mexicana.
Escamotearle el reconocimiento a nuestra universidad, la más importante de Iberoamérica, con un risible comunicado presidencial de dos párrafos, enardece. Pero quitarle recursos pone en peligro ese delicado equilibrio social que prevalece en nuestra nación. Cuidado.
No faltarán vivas, aplausos, reconocimientos y muestras de apoyo para la UNAM. Seguirá en pie, trabajando, alzando la voz, ganando las batallas cotidianas. Esa es su tarea.
ticobrae@gmail.com
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