Opinión / Columna
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Bernard Henri Levy
Sobre el caso Polanski
El Sol de México
27 de octubre de 2009
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Abusar sexualmente de una adolescente de 13 años de edad es en verdad un crimen grave.
Y el genio artístico del perpetrador nunca ha constituido una circunstancia atenuante para ningún crimen.
Dicho esto, y a la luz de la oleada de demencia acusatoria que recorre actualmente a Estados Unidos (el país al que Roman Polanski puede ser extraditado después de su sorpresiva detención en Suiza el 26 de septiembre) también debemos recordar lo siguiente:
1. La "ley de relación sexual ilegal" a la que Polanski se declaró culpable de transgredir hace 32 años no es, pese a lo anterior, el crimen letal, incluso crimen contra la Humanidad, que claman los vengadores que lo persiguen tenazmente estos últimos días.
Sí, es un crimen. Pero la enormidad de un crimen puede medirse por grados. Es un insulto al sentido común, un ataque a la razón, negar esto, embrollar todo, tratar de persuadir a todos de que una violación es un crimen en la misma escala de atrocidad que, por ejemplo, el asesinato brutal en 1969 de la esposa embarazada de Polanski, Sharon Tate. E igualar los dos actos es correr el riesgo de ver a Polanski obligado a acompañar a Charles Manson, arquitecto del asesinato de Tate, en la misma prisión estatal de California donde Manson actualmente cumple su sentencia, y donde, a partir de 1 de enero de 2010 --a diferencia de Polanski-- tendrá la posibilidad de salir en libertad bajo palabra.
2. Este asunto es aún más carente de sentido dado el hecho de que la acusadora principal, ahora de 45 años de edad, ha elegido perdonar a Polanski, dar vuelta a la hoja y, de ser posible, olvidar. Cada vez que este espectáculo judicial centra su luz en esta parte de su pasado, ella no sólo ruega ser dejada en paz sino declara que en su opinión, el abusador ha pagado suficiente. Pero no: estos implacables defensores de los derechos de las víctimas saben mejor que la propia víctima lo que ella desea y siente. Aquí estamos tratando con gente que pasaría por encima de la víctima para no abandonar su presa y su deseo casi intoxicado de ver que se aplique el castigo. Es vergonzoso.
3. Uno podría preguntar: si la víctima retira su denuncia, ¿no corresponde a la sociedad --o sea, el juez-- seguir adelante con el asunto? Sí, indudablemente. Desde un punto de vista estrictamente judicial, corresponde efectivamente a una sociedad justa asegurarse de que eso suceda. Pero este caso particular no es la primera ni la última vez que una perspectiva judicial estricta deja de lado las demandas de compasión, así como de inteligencia.
Nunca me he abstenido de señalar que las leyes de Estados Unidos, un país al que amo, incluyen costumbres y castigos que distorsionan el ideal democrático puro. Dado lo cual, no hay razón para no decir lo mismo de los siguientes sucesos: la detención de un hombre en 2009 después de evaluaciones psiquiátricas realizadas --durante su sentencia de 42 días en la cárcel-- en 1977 determinaron que no era un pederasta; la persecución de este hombre como si fuera un terrorista antes de ser detenido; y el intento de extraditarlo, como si fuera un exnazi; estas acciones son quizá correctas según la letra de la ley, pero no según las éticas más profundas de la justicia.
4. ¿Acaso la celebridad de Polanski le ha proporcionado refugio, como algunos han declarado? Por supuesto que no. He dedicado mi vida a tratar de iluminar la injusticia sufrida por víctimas sin nombre y sin rostro, y tendría exactamente la misma opinión de la situación de Polanski, incluso si no fuera quien es... .
Excepto que no tendría que mantener esta postura. Porque Polanski no hubiera sido detenido. Su expediente hubiera yacido enterrado durante años. La celebridad no está protegiendo a Polanski; lo está perjudicando. Lejos está el que Polanski se oculte tras su nombre, es su nombre lo que atrae atención hacia él. Si hay una doble regla en este asunto, es que Polanski no es un acusado común, sino un símbolo. Su eventual comparecencia ante un tribunal será más un "gran bazar" político y de medios que un juicio justo.
5. La raíz del asunto se encuentra en una nube de justicia vengadora que enmascara los motivos verdaderos subyacentes y transforma a los comentaristas, los "bloggers", los ciudadanos, en otros tantos jueces jurados en el gran tribunal de la Opinión, algunos sopesando el crimen, otros el castigo... Una forma extraña de indignación por parte de aquellos que no encuentran culpa cuando un personaje verdaderamente poderoso hace presa de jóvenes --ah, las correrías de Silvio Berlusconi--. Parecen tornarse implacables sólo enfrentados a una persona como Polanski, quien no tiene más arma salvo su talento. Son un tipo raro de moralistas (el tipo que siente un placer malvado en recrear constantemente los detalles de este asunto sórdido con el fin de arrojar piedras).
Esos dudosos clamores por justicia. Este linchamiento, plantea un una amenaza mayor para el orden público que si Polanski queda en libertad.
Esta tenacidad por parte de los chismosos, este deseo de ver la cabeza del artista en la punta de una lanza, es la esencia misma de la inmoralidad.
Una de dos cosas es verdad, Sus señorías. O Polanski es un monstruo y nunca debió haber recibido un Óscar o un César; debimos haber boicoteado sus filmes; debimos haberlo entregado a las autoridades cada vez que vacacionaba con su familia en Suiza.
O no lo es, y si usted, como yo, nunca ha tenido problema con sus apariciones en las carpetas rojas de festivales en todo el mundo; si siente, como yo, la hipocresía formidable de los fiscales que, ansiosos de fama, despertaron una mañana para planear cómo podrían entregarlo como trofeo ante la corte de la condena pública: entonces debemos, como su víctima, rogar que él finalmente sea dejado en paz.
(El nuevo libro de Bernard-Henri Levy, "Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism", fue publicado en septiembre 2008
por Random House).
(Traducción de Héctor Shelley).
The New York Times Syndicate.
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