Opinión / Columna
 
Enrique Hett 
Cuarta reelección (El mundo al vuelo)
Organización Editorial Mexicana
27 de octubre de 2009

  Ciento cuarenta y cinco mil policías; un partido que pretende tener dos millones de miembros y cinco por ciento de crecimiento durante dos decenios, todo en un país de 10 millones de habitantes que sólo ha tenido dos presidentes desde 1957. Son algunos de los datos de Túnez donde hubo elecciones presidenciales y legislativas del domingo pasado.

El primer presidente fue un personaje histórico, Habib Bourguiba, artesano de la independencia nacional y de un Estado laico. Gobernó durante 30 años, hasta que la edad afectó sus facultades mentales y que el así llamado "golpe de Estado médico" puso fin a su mandato vitalicio en 1987.

El ingeniero del golpe fue el actual presidente Zine el Abidine benAlí. Recibió una primera confirmación en las urnas en 1989. Se ha reelegido cuatro veces. En 1999, obtuvo más de 99 por ciento del voto. En 2004, más del 94 por ciento, el domingo pasado únicamente 89, 62 por ciento.

Las cifras descendientes no indican pérdida de popularidad. Es decir, eso es poco probable, aunque en realidad es imposible saberlo. La explicación más verosímil es que, con el tiempo y la madurez personal y política, benAlí puede permitirse admitir que el 100 por ciento de la gente no está a su favor. Por eso puede reservarle a la oposición 20 por ciento de la Cámara de Diputados.

Ese tipo de resultados electorales, no tiene nada de cómico. En cualquier país donde el jefe del Estado los ostenta son el sello de su poder, la prueba que el hombre fuerte controla realmente la totalidad del país.

Es el caso de benAlí. Es un dictador. Pero no un dictador sanguinario, aunque sea ciertamente represivo. Fue feroz al principio, en particular contra los islamistas.

Actualmente, no hay realmente libertad de expresión, de reunión ni de prensa, hay todavía prisioneros políticos y de opinión, el judicial es un instrumento del ejecutivo y desde luego el respeto de los derechos humanos no es un criterio válido para el régimen que, sin embargo, practica un autoritarismo relativamente blando. La gente puede vivir su vida con tal de que no manifieste una auténtica oposición al régimen.

Por otra parte, de cierta manera, benAlí es un dictador ilustrado. Ha mantenido, en lo que cabe, la obra a de secularización y de desarrollo de la sociedad tunecina iniciada por Bourguiba. Pero, contrariamente a este, ha sabido mostrarse flexible con los musulmanes conservadores, lo cual es indispensable en una época de resurgimiento de la religión.

Su obra de desarrollo es auténtica, aunque, como toda dictadura y particularmente las que se perpetúan varios decenios, la de benAlí está corroída por el favoritismo, el clientelismo y la corrupción.

Mas, las notables inversiones en infraestructura benefician al conjunto de la sociedad.

La economía, afectada por la crisis, sólo alcanzará 3 por ciento este año. A pesar de ello y de una distribución de riquezas tan desigual como en el resto de la región, y en la mayor parte del mundo, un desempleo de 14 por ciento, que para los jóvenes puede llegar a 50 por ciento, los tunecinos viven mejor que los vecinos, que son los que utilizan como punto de comparación.

Por eso, no es nada seguro que, en caso de elecciones libres, benAlí no las ganaría con un muy buen resultado. Pero, si no ha sido, ni con mucho una plaga para su pueblo, su sucesión plantea problemas ominosos, como las de todos los poderes personales.

Su régimen está basado en un aparato de seguridad enorme que está esencialmente a su servicio; el partido-Estado no tiene nada de un partido, es el movimiento personal de benAlí y la corrupción de su entorno, en particular, de la familia de esposa, complicarán una transición que desde luego benAlí no ha preparado -es la mejor receta para un golpe de Estado contra él- y cuya hora no tardará mucho en sonar: el Presidente tiene 73 años.

mehcbv@email.com
 
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