Opinión / Columna
 
Bernard Henri Levy 
Cómo y por qué los talibán pueden ser derrotados en Afganistán
El Sol de México
25 de octubre de 2009

  Regreso a Afganistán con un grupo de periodistas escoltados por el ministro de Defensa, Hervé Morin. Una mirada limitada dado que sólo vimos los valles Surobi y Kapisa. Pero son observaciones invaluables, porque contrarrestan lo que he oído en casi todas partes.

Primer capítulo, Tora, un fuerte pequeño asentado sobre grandes piedras, a veinte kilómetros de Kabul. Bienvenida a cargo del coronel Benoit Durieux, líder del regimiento e intelectual y autor del excelente "Releyendo 'En Guerra' de Clausewitz". Movimiento hacia Surobi, donde una asamblea de malek, los sabios de la región, nos espera para la inauguración de una pequeña escuela para niños. Intercambio de discursos sobre el tema de la alianza franco-afgana que combate la ofensiva talibán. El número de vehículos blindados movilizados para el viaje, el nerviosismo extremo de los hombres así como el helicóptero Caracal que nos llevó allí esta mañana, volando en ocasiones a 10 metros del terreno -- todo esto no deja dudas acerca de la seriedad de la amenaza. Sin embargo, tampoco hay duda del hecho de que la estrategia militar depende de una idea sencilla que poco tiene que ver con la caricatura trazada por los medios: demostrar que estamos allí para librar una guerra, por supuesto, pero también que en este conflicto se juegan la seguridad, paz y acceso al cuidado y la atención de una población para la cual la coalición es una aliada.

Fort Rocco, en el corazón del valle Uzbeen, 10 kilómetros río arriba del lugar donde fueron muertos, en agosto de 2008, 10 elementos de las Fuerzas Especiales Francesas del Regimiento de Paracaidistas de la Infantería de Marina.

Es otro fuerte occidental, aún más aislado y cercado por montañas. Los 150 hombres del capitán Vacina acampan en tiendas de campaña reforzadas con madera, anticipando el invierno. Apenas habían instalado el campamento, me dice Vacina, cuando llegaron las elecciones, junto con los bombardeos talibanes de los lugares de votación, la respuesta de las fuerzas regulares afganas apoyada por las tropas, y el espectáculo increíble de gente del campo acudiendo a votar entre bombas y fuego de ametralladoras. ¿Una fuerza de ocupación, realmente? ¿El neocolonialismo, como dicen los idiotas útiles del islamismo progresista? Los ejércitos, como las personas, tienen un subconsciente. Y no niego que la tentación pueda existir. Pero lo que veo allí es, por ahora, una fuerza militar que ha llegado, literalmente, para permitir votar a la gente y por tanto está allí, no menos literalmente, como refuerzo para un proceso democrático.

Tagab, en el corazón del valle Kapisa, aún más al norte, es donde encuentro al coronel Chanson, quien, como un joven Boina Azul en Sarajevo, recuerda haberme negado acceso al monte Igman hace quince años. El mismo paisaje montañoso, aunque al pie de la montaña hay un valle verde infestado de grupos armados. El fuerte fue bombardeado ayer. Dos días antes, un ataque más intenso provocó una escaramuza. Y Chanton narró la ascensión hacia las posiciones enemigas, la ocupación del risco, el ataque de una unidad de combate yihadista contra la columna en el trayecto de regreso, el combate sumamente difícil y, finalmente, la desbandada de los atacantes. ¿El resultado final de la operación, preguntamos? ¿El número exacto de víctimas? Precisamente ... El sonríe. "Soy, y seguiré siendo, el único que lo sabe. Ese es otro principio. Cualquier talibán caído equivale al nacimiento de otro talibán. Cada victoria que se proclama provoca, mecánicamente, más humillación y una vendetta. De forma que triunfar ya no significa matar, sino permanecer aquí, sólo permanecer aquí -- sólo ser el último en permanecer en el terreno, y demostrarlo".

Nijrab, 18 kilómetros al norte, también en el valle Kapisa. Es en este cuarto valle donde está emplazado el Tercer Batallón del ejército nacional afgano, bajo el mando del coronel Khalili. Recuerdo cuál fue mi primera recomendación en mi "Informe Afgano" comisionado por Jacques Chirac: ayudar a la construcción del ejército nacional afgano y permitirle, tan pronto como fuera posible, asumir la responsabilidad por aislar, y luego derrotar, a los neofascistas talibán. Y ahora eso es exactamente lo que está ocurriendo, si he de creer en las explicaciones de Khalili. Es él quien es responsable, en última instancia, por las escaramuzas. Es él quien solicita, o no, refuerzos del batallón francés. Y también bajo su mando están los notorios "asesores" estadounidenses de los que el coronel estadounidense Scaparotti me informó un poco antes. Una vez más, lo opuesto del cliché aceptado de una guerra franco-americana, en la que los afganos son sólo protagonistas menores.

Finalmente, Bagram. La base estadounidense en Bagram. La prisión terriblemente secreta, imposible de acercarse a ella, a 200 metros de donde me encuentro. Y los 42 hombres del destacamento francés Harfang encargados ahora de dos aviones no piloteados SIDM, dirigidos desde tierra por navegadores adiestrados en reactores Mirage y abasteciendo a las tropas con toda la información que pueda reducir los riesgos de sus operaciones. El retrato de una guerra "técnica" basada en una economía de medios. El conflicto de "baja intensidad" cuyo resultado, como todo mundo sabe bien, nunca es sólo militar. Y la tendencia a "cero muertes", tanto para el adversario como para los soldados de la coalición. No vi todo, por supuesto. Pero lo que vi es esto. Una guerra fea; pero una guerra justa; menos pobremente dirigida de lo que se dice; y que los demócratas afganos pueden, con sus aliados, ganar.

(El nuevo libro de Bernard-Henri Levy, "Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism", fue publicado en septiembre 2008 por Random House.)

(Traducción de Héctor Shelley.)

The New York Times Syndicate
 
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