Opinión / Columna
 
Enrique Hett 
Un error incomprensible (El mundo al vuelo)
Organización Editorial Mexicana
24 de octubre de 2009

  Finalmente, no se atrevió. Jean Sarkozy, de 23 años, en segundo año en la facultad de Derecho, afirmó que no sería candidato a la presidencia del Consejo de administración del organismo público de fomento y planificación del distrito de La Defense, el EPAD.

Jean Sarkozy será de todas maneras electo al Consejo de administración. Fue el precio que se pagó para evitar que su padre perdiera totalmente la cara, es decir, para permitirle recular.

La Defense está junto a París. Es uno de los centros de negocios más importantes de Europa. El EPAD es un organismo público administrado por el Estado francés y las autoridades locales. El EPAD tiene funciones industriales y comerciales, en particular, vender permisos de construcción y atraer inversores. Es un organismo que maneja miles de millones de euros.

La Defense es la joya de la circunscripción administrativa de los Hauts-de-Seine, la más rica de Francia y la onceava potencia económica mundial. Alberga la ciudad de Neuilly, donde vive parte de la alta burguesía, de la que Sarkozy fue alcalde durante 30 años. Hauts-de-Seine es su dominio.

Como de casualidad, Nicolás Sarkozy fue presidente del Consejo de administración del EPAD en 2005 y 2006, es decir, poco antes de iniciar su campaña presidencial. Lo cual sugiere a los mal pensados que, dadas sus características, el EPAD es la principal fuente de recursos para las campañas electorales de Sarkozy y su partido, y que la promoción del hijo a la presidencia de su Consejo de administración no era ajena a la voluntad del padre de reelegirse en 2011.

La operación suscitó un escándalo mayor. El nepotismo era flagrante al punto de ser insolente, y sin paralelo en la historia de la República francesa. Por otra parte, la edad y el nivel de estudios, la impericia política y administrativa del hijo, se prestaron a todo tipo de críticas justificadas. La naturaleza del puesto que debía ocupar también.

Todo ello dio a esta tentativa un cariz de suma gravedad. Fue enorme error. No sería exagerado decir que todo el mundo lo percibió como tal, inmediatamente.

Todo el mundo, excepto Nicolás Sarkozy. Se empecinó contra críticas y consejos, contra la clase política y contra la prensa casi hasta el último momento.

Los daños son enormes y evidentes. En primer lugar, para su país, que Sarkozy convirtió durante 15 días en motivo de críticas y caricaturas de la prensa internacional.

Internamente, no sólo Sarkozy vulneró su imagen, sino que también debilitó a su partido. Este asunto fue pésimamente recibido por las capas populares que había logrado integrar a su electorado, y que son sumamente adversas a los privilegios. Por otra parte, molestó a la derecha tradicional republicana, apegada a la meritocracia. Al grado que la mayoría de sus simpatizantes pensó que "estaba mal" que promoviera así a su hijo.

Por todo eso, ese asunto, que nadie duda fue concebido y operado por Nicolás Sarkozy, inspira dudas sobre su capacidad para gobernar.

Porque, además, escogió el peor momento. En pleno proceso Clarestream, en el que se está sometiendo a juicio, entre otros, a su enemigo, el exprimer ministro de Villepin, y cuya instrucción y desarrollo suscitan graves reservas en cuanto a la separación de los poderes.

Por otra parte, Sarkozy se empeña actualmente en forzar a su mayoría en la Cámara a votar por proyectos de ley sumamente impopulares, incluso en la derecha, lo cual, sobre todo en época de crisis, cuesta caro.

Este asunto, Sarkozy, independientemente de sus cualidades, mostró, una vez más, una gran rigidez para corregir errores de juicio causados por su impresionante sobre estimación de su talento y su fuerza, y una carencia total de la capacidad de escuchar opiniones contrarias.

Y objetivos y métodos que no son propios de un hombre de Estado.

mehcbv@email.com
 
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