Opinión / Columna
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Feng Shui
Diana Bayardo
En el trabajo
El Sol de México
24 de octubre de 2009
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A mis nuevos compañeros de trabajo de Jus.
Comenzar la mañana en el trivial continente del alba, agradecer que se vive y se respira la intensidad y los esplendores. Llegar al trabajo después de esquivar multitudes rodantes, combatir la fatiga, tirar las dudas y recrearte en un mundo laboral de cuatro paredes y un ordenador. Han cambiado los murmullos que guardaban nuestros pasos: rojos y brunos que explotaban en los atardeceres en los que la pasión y el sexo hacían cabriolas con los quejidos ocultos. Sumida entre la máquina y sus teclas divago: recuerdo la piel, que se erizaba en los inicios del día retozando sudores entre los pliegues abiertos de la lujuria, o entre los huecos anhelantes del deseo.
En el trabajo, las paredes hablan y las manos buscan tesoros escondidos detrás de cada gesto, en los estantes, en los libreros repletos de hojas por leer y entender su verbo, que recitan contrafuertes del placer y miedo, acariciando estrellas de porcelana y almíbar hasta convertirlas en fugaces designios de la locura.
En el trabajo se traga frío y se consumen los huesos, aunque hay un momento de calidez cuando viene la inspiración y entonces existe un renuevo, así como los besos, arrebolando misterios encendidos en la voracidad de unos labios de tierra abierta, despejando auroras que se duermen en el roce pegajoso de los cuerpos unidos bajo las sábanas dulces.
Aquí, en el trabajo han cambiado los arrojos del mar ardiente, los futuros, atragantados de sendas vírgenes, la voz, ahora musitando deudas para alargar el concilio de las "arrugas en las arrugas", el imperdurable tiempo que se escapa como una babosa húmeda de lágrimas.
En la oficina los ojos se acostumbran ya a los rincones, al café de en medio, a los pasillos, a los libros y libros, y a las risas; para reconocer el cómputo de los silencios y de las entregas a cuenta, resbalando horizontes que se han hecho convexos de tanto archivarlos.
En el trabajo se apaga o se refresca la vida con cada golpe de tiempo, con cada sístole, con cada coito de ternuras que avanzan con Pasos de Diamantina desmelenadas esperando que la noche sucumba con el viento.
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