Opinión / Columna
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Mario I. Alvarez Ledesma
La CNDH que debe ser
Organización Editorial Mexicana
13 de octubre de 2009
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El pasado 24 de septiembre, la Cámara de Senadores emitió la convocatoria para la sucesión a la presidencia de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Luego de 10 años de una Comisión caracterizada por su falta de convicción y conocimiento en estos derechos, oficio jurídico y político, dispendio, pérdida de legitimidad, escándalos y hasta frivolidades, ha llegado el momento del giro copernicano, para de una parte volver a los orígenes y de la otra incorporar la modernidad política, jurídica y administrativa a dicha institución.
Para empezar, resulta menester repensar los derechos humanos, lo que de ellos hemos hecho en México, sopesar los errores y la existencia en los haberes. Siempre he creído, luego de casi 25 años de experiencia en estos temas, que es en los orígenes de su última recepción en 1990 donde se encuentran muchas de las causas de sus dificultades y muchas de las respuestas al porqué la instauración de un sistema no jurisdiccional de protección a los derechos humanos ha tenido que enfrentar tantos óbices para caminar y ser eficiente. Lo único cierto es que hoy tenemos una CNDH que es en su género una de las más grandes del mundo, la más en América Latina y con mayor presupuesto. Sin embargo, la situación de los derechos humanos no ha corrido la misma suerte, sería irresponsable imputar a la ineficiencia y defectos de la CNDH el grave deterioro que los derechos humanos padecen en México, pero igualmente irresponsable sería no decir que la contribución de tal institución ha dejado muchos pendientes y dudas en el tintero, demasiada superficialidad para un tema tan serio.
Al repensar los derechos humanos tenemos que partir de un concepto mucho más rico y eficiente al mismo tiempo. Y aunque a algunos les desagrade el discurso teórico, debemos al concepto y concepción que tengamos del mundo la actitud que adoptemos frente a él. Por eso, los derechos humanos deben entenderse como una de las diversas teorías que de la justicia existen, es decir, un modo de concebir cómo debe ser tratada la persona humana en el contexto social, qué determina la legitimidad política del poder y cuáles son los derechos y deberes básicos de los individuos y las sociedades, entre otros aspectos centralísimos.
Además, los derechos humanos deben ser concebidos con una triple personalidad: son una noción ética que alude a los valores en que se sustenta una idea de persona humana; política, porque sirve para medir el funcionamiento de las instituciones sociales; y jurídica, porque para que los derechos humanos sean eficientes deben estar reconocidos y protegidos por la ley, interpretados como parte de un ordenamiento jurídico cuya misión no es regodearse en sí mismo, sino lograr que las personas tengan efectivo acceso a la justicia. En México, al adoptar una visión unidimensional de los derechos humanos que sólo los concibe reduccionistamente en una u otra de sus personalidades, les cortamos las alas.
Precisamente por ello tampoco se entiende el papel orientador que debe adoptar el ombudsman, hoy politizado y metido con pocas razones y argumentos en infinidad de cuitas, relevantes y no, cuando lo que debería hacer es ocuparse de los asuntos torales de la injusticia endémica que vive nuestro país -y que están a la vista de todos- fijando horizontes de certidumbre, estableciendo con autoridad moral y jurídica cómo hacer para prevenir nuestros problemas y qué remedios urgentes adoptar para hacer frente al maltrato sistemático que algunas instituciones de poder (en su más amplia acepción), públicas y privadas infligen a las personas.
Por eso, entre los temas centrales que la agenda del nuevo ombudsman debe contemplar está una cruzada nacional de educación en derechos humanos, que es una educación en la libertad, la igualdad, la democracia, la tolerancia y el respeto a las diferencias; la urgentísima atención a las víctimas del delito y de abuso de poder y, por supuesto, un protagonismo, aquí sí decidido, en la construcción del Estado de Derecho del que somos deficitarios y justo de la mano del Poder Judicial, y no a pesar de él.
Por descontado está la reingeniería presupuestal y administrativa, la búsqueda de la calidad y la eficacia que la CNDH como institución debe perseguir. Todo lo cual deberá estar adornado con la demandada cereza de la transparencia.
Sí, llegó el momento de que la CNDH vaya a la gente.
EL PESO DE LA PLUMA
m.alvarezledesma@yahoo.com.mx
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