Opinión / Columna
|
Bazar de la Cultura
Juan Amael Vizzuett Olvera
La decadencia de los libros de texto
El Sol de México
7 de octubre de 2009
|
En la portada de un viejo libro de texto gratuito, "La ofrenda" (1913), el espléndido óleo de Saturnino Herrán, les mostraba a los alumnos de primaria una procesión del Día de Muertos por los canales de Xochimilco: la armonía de colores, la luz crepuscular que se reflejaba en las aguas, los deudos, dignos y meditabundos, con sus atuendos tradicionales y su cargamento de cempasúchil. Todo ello les entregaba a los escolares un temprano acercamiento a la expresión artística.
Las ilustraciones interiores, coloristas e inspiradas, formaban una unidad estética con las lecturas para brindarle al niño, a lo largo del año lectivo, una serie de experiencias sensibilizadoras. Aquellas láminas que desde los años 90 y hasta hace poco tiempo enriquecían los libros de texto oficiales, representaban para incontables menores una oportunidad para conocer la creación plástica. Esta vivencia era especialmente importante para todos aquellos alumnos que crecían en las comunidades que no contaban con museos, galerías ni murales.
Se trataba de una tradición que se conservaba desde los tiempos de los "libros de lectura", que componían los profesores normalistas durante las primeras décadas del siglo XX para las escuelas primarias: "Alegría del hogar" (tercera edición, 1926), del doctor Manuel Rodríguez Navas, en el que se alternaban los grabados de la era porfiriana con las viñetas modernistas, donde las niñas ya usaban el flequillo de los años 20; "Iris" (1927), de don Atenógenes Pérez y Soto, con las magníficas ilustraciones art nouveau de Antonio Gedovius; "Marte" (1926), para los alumnos del segundo año de las escuelas de tropa del Ejército, por el profesor Francisco Cuervo Martínez, cuyas estupendas viñetas modernistas, sin firma, quizás se deban a Bolaños Cacho; "Infancia" (XVI edición, 1933), de los profesores normalistas Abel Ayala y Antonio Pons, con las admirables creaciones de Islas Allende y de Audiffred.
"Lecturas selectas", de María Luisa Ross (1919), contaba con las exquisitas pinturas de Antonio Gedovius; el mismo artista creó la admirable portada y las ilustraciones de "Trabajo" (1918), del profesor normalista Benito Fentanes. A diferencia de los antiguos libros porfirianos, la cubierta de "Trabajo" mostraba a un típico labrador mexicano, con rasgos indígenas, ropa de manta y jorongo; el campesino se dirigía a su labor mientras el sol apenas surgía del horizonte.
"El alma de la patria" (décima edición, 1933), de la profesora normalista Manuela Contreras de Carballo, iba dirigido a las alumnas de tercero de primaria y también contaba con las vanguardistas ilustraciones de A. Gedovius, quien elaboró asimismo las del célebre "Rosas de la infancia" (1942), de María Enriqueta. "El porvenir", libro de lectura para las escuelas rurales (1937), del profesor Rafael Ramírez, le debe sus notables viñetas a J. S. León, R. Lombera y un tercer artista que no firmaba sus trabajos, pero que recuerda por su estética las composiciones de Diego Rivera, por lo que pudo tratarse de uno de los ayudantes del muralista.
¡Es una de las tantas investigaciones pendientes en nuestra historia!
Lo cierto es que, en las páginas de sus libros de educación básica, los alumnos no solamente conocían la experiencia de la lectura -a través de la prosa y la poesía-, sino también las artes visuales.
Los actuales libros de texto gratuitos han cancelado esta oportunidad, porque a los señores pedagogos -que suelen guiarse por la imitación entusiasta de las corrientes de moda- se les ha ocurrido que los niños son incapaces de apreciar el arte. Así que en lugar de Antonio Gedovius y Saturnino Herrán, los flamantes libros de primaria se adornan con caricaturas, supuestamente chispeantes, ingeniosas y divertidas. Estas caricaturas ocupan además gran parte de cada página, con lo que el volumen de la lectura se encoge. En consecuencia, se predispone al alumno para que considere "pesados" los libros de narrativa y de poesía.
La conclusión es obligada: Los pedagogos actuales creen que los escolares solamente aceptan los dibujos caricaturescos, porque las viñetas artísticas están más allá de la capacidad infantil. De ribete, estos libritos contienen una información muy escueta y unas lecturas muy magras.
No es el primer error que cometen los brillantes pedagogos que llegaron a remplazar en estas tareas a los profesores normalistas de antaño: ¿No eliminaron en alguna época la enseñanza de la letra manuscrita? ¿No presentaron el programa "Enciclomedia" como la gran panacea educativa?
Ahora privan a millones de niños en toda la República de un temprano encuentro con el arte. No admiten que son incontables las comunidades donde no hay museos ni murales ni galerías y que las ilustraciones de los libros de texto les ofrecían a los escolares una experiencia que el entorno jamás les iba a ofrecer.
Nuestros libros de texto gratuitos, como tantas otras manifestaciones, expresan la decadencia de un país que perdió el rumbo y la identidad.
Columnas anteriores
Columnas anteriores