Opinión / Columna
 
Francisco Fonseca 
Ciencias políticas y sociales
El Sol de México
30 de septiembre de 2009

  Pronto se cumplirán 60 años de que abriera sus puertas la Escuela (hoy Facultad) de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su programa de estudios ofrecía entrar de lleno al modernismo intelectual y al mundo apasionante de la administración pública.

Cuatro carreras (Diplomacia, Sociología, Periodismo y Ciencias Políticas, propiamente) reforzaban nuestra convicción de que entrábamos -sin malicia, con nobleza de miras- al mejor de los mundos posibles de la enseñanza universitaria.

Quienes ingresamos deslumbrados a sus aulas, allá por el rumbo de San Cosme de la Ciudad de México, pensábamos en la oportunidad de servir a nuestro país con instrumentos más adecuados a la dinámica del desarrollo.

Se hablaba entonces de despegue, de estructuras y roles sociales, de métodos avanzados de investigación de la comunidad. Nos enfrascábamos en el análisis profundo de tratados marítimos y espaciales y nos atraía la intrincada telaraña de los acuerdos bilaterales, el universo geométrico de los medios de comunicación masiva y reflexionábamos seriamente sobre el papel del Estado como el coordinador eficaz de las actividades públicas.

Pertenezco a una generación cuyos sueños fueron alimentados por la aparición de importantes sucesos y fenómenos mundiales: el triunfo de la Revolución Cubana, los increíbles avances de la ciencia y la tecnología, la consolidación de la carrera espacial, el resquebrajamiento del sistema colonial en Asia y Africa, sobre todo.

Cómo no recordar con emoción el lanzamiento del "Sputnik" y los nombres de Yuri Gagarin, Alan Shepard, John Glenn y tantos otros valiosos pioneros de los viajes espaciales; cómo olvidar las hazañas del ejército rebelde de la Sierra Maestra, el sacrificio de Patricio Lumumba, los esfuerzos de Sekou Turé, Julius Nyerere, Ben Bella y Ahmed Sukarno, por construir naciones libres y soberanas. Cómo no evocar los discursos promisorios del estadista norteamericano John F. Kennedy, los sueños y premoniciones de Martin Luther King, el separatismo indigno del muro de Berlín. Cuántos temas que le dieron consistencia moral a nuestras discusiones en el seno de la escuela.

Cómo no tener presente, si fueron punto de partida del quehacer intelectual nombres como Talcot Parsons, Marshall McLuhan, Herbert Marcuse, Charles Mills y Vance Packard, modernos aprendices de brujos que hicieron estallar su polvo de luces de la inteligencia ante nuestros ojos asombrados por lo que ya se anticipaba en cascada incontenible de acontecimientos.

La vida está poblada de nombres. Yo guardo -como recuerdo grato e imborrable- el de mis maestros de Ciencias Políticas y Sociales, con quienes conviví los mejores años, los del impulso y la palabra, los de la acción y el pensamiento.

Luis Recasens Siches, Martín Luis Echeverría, Pablo y Henrique González Casanova, Modesto Seara Vázquez, Carlos Tornero Díaz, Margarita de la Villa de Helguera, Arturo Arnaiz y Freg, Guillermo Garcés Contreras, Fedro Guillén, Jesús Vázquez y Vázquez, Francisco López Cámara, Raúl Cardiel Reyes, José Antonio Murguía Rosete, Moisés Ochoa Campos, Germán Parra, Francisco González Díaz Lombardo, Alfonso García Ruiz, Salvador Chávez Hayhoe, Jacques Verrey, Johanna Faulhaber, el embajador Luis Quintanilla, Carlos Bosch, Ricardo Pozas, Jesús Aguirre, Juan Pérez Abreu, entre otros lúcidos y modestos conductores de hombres, que eso son los maestros universitarios. Si omito mencionar algunos nombres es porque años después la memoria no es la misma; sin embargo, los cariños y los afectos permanecen.

En otra oportunidad hablaré sobre la valiosa y prolífica que ha sido la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales para el desarrollo de México. Hombres y mujeres surgidos de sus aulas han allanado el camino para acercarnos en mejores condiciones al tercer milenio.

Hoy que el escenario de la patria desmejora, hoy que enfrentamos guerrilla, secuestros, asesinatos, impunidades y fraudes, evoco con la mayor dulzura los años del adolescente en la querida Escuela de Ciencias Políticas y Sociales, donde soñamos que tendríamos un México de azúcar y de canela. Qué lejos estaban nuestros mentores de pensar en que el desasosiego y la esperanza fluyeran sobre México. Sus enseñanzas quedaron y quedarán grabadas para siempre en el corazón y en el entendimiento: ¡Amar a México!

Esa es la verdad. Nuestros gobernantes -me refiero a la cúpula gubernamental- deberían ser los mexicanos que más quieren a México, que más lo sienten, que más lo extrañan. ¿Qué puede haber más digno y más comprometedor que amar al cielo inmenso de la patria y el suelo querido que uno pisa? Nada. Lo repito: nuestros gobernantes deberían ser los mexicanos que más quieren a México. ¿Cuántos han cantado en la letra las epopeyas históricas de México? La respuesta debe ser miles. ¿Dónde están? ¿De dónde vamos a sacarlos?

Alturas insospechadas. Ese es nuestro destino. Ese debe ser nuestro objetivo. Lo alcanzaremos. Somos de una raza especial y única: somos mexicanos.

pacofonn@yahoo.com.mx
 
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