Opinión / Columna
 
Alejandro Díaz 
Honduras: asilo a la inversa
El Sol de México
29 de septiembre de 2009

  La decisión del Presidente hondureño Manuel Zelaya de regresar del exilio para refugiarse en la embajada brasileña sorprendió a todos, tanto al interior del país como a la comunidad internacional. A casi tres meses de ser expulsado por elementos del Ejército, y de recibir un amplio apoyo -eso sí, sólo verbal- de la comunidad internacional, tomó la iniciativa de regresar a su país en forma subrepticia, para buscar asilarse en una embajada en Tegucigalpa. El caso parece más de novela de García Márquez que del mundo real: un Presidente proveniente de un partido que agrupa a la clase pudiente de ese país, y siendo él mismo un acaudalado comerciante, introdujo medidas populistas que le hicieron perder el apoyo de electores, partido y medios, distanciándose de los legisladores -tanto de su partido como de la oposición- para, finalmente, intentar destituir al jefe del Ejército, originando una reacción que aún no termina.

En un proceso muy poco cuidado desde el punto de vista legal, la Suprema Corte de ese país ordenó suspender varias acciones ordenadas por el Presidente, restituir al jefe del Ejército, y destituir a Zelaya. La Cámara de Diputados ratificó la destitución, y lo sustituyó por quien prevé su Constitución: el presidente de la Cámara de Diputados. Si bien no está claro quién ordenó el exilio de Zelaya, es evidente que fue una acción ilegal e imprudente. Una crisis de poder que debió solucionarse dentro de los cauces constitucionales se convirtió en un serio problema internacional al expulsar al depuesto Presidente.

Fue la antigua Grecia la que creó la institución del asilo, mismo que otorgaba protección a quien se refugiara en los lugares sagrados, en los templos, donde las autoridades no tenían derecho a entrar. La protección del asilo originalmente fue aprovechada por igual por quienes cometieron delitos y por quienes se enemistaron con la autoridad por sus ideas, pero con el tiempo, el asilo se limitó a proteger a quienes son perseguidos por tener ideología distinta a quien ejerce el poder. Éste existe otorgando asilo diplomático como emitiendo el estatus de refugiado. En la actualidad, el asilo diplomático sólo ha sido acordado por España, Portugal y los países de América Latina, por lo que pudiera decirse que es ahora sólo una tradición regional aunque la realicen también otros países.

Recurrir al asilo diplomático cuando ha habido un golpe de Estado fue la norma en América Latina por muchos años. Presidentes depuestos, quienes fracasan en intentos de golpe de Estado, y los seguidores de ambos, fueron quienes en el pasado recurrieron al asilo acudiendo a una sede diplomática o huyendo del país, aunque también haya habido casos de quien recibió asilo en un barco extranjero anclado en puerto.

Ejemplos de asilo diplomático se han dado en casi todos los países, tanto a integrantes de gobiernos depuestos como a aquellos que atentaron contra su gobierno. En toda Latinoamérica, los numerosos golpes de Estado que se dieron en el siglo XX permitieron a muchos países dar asilo a los disidentes de otras naciones. México se ha distinguido en la región no sólo por haber otorgado asilo diplomático al número más grande de solicitantes (unos 350 perseguidos el día del golpe de Estado en Chile en 1973), sino también por haber dado refugio a varias decenas de miles que huían de la violencia originada por el conflicto entre guerrilla y contrainsurgencia guatemaltecas en la década de los 80.

Refugiarse en una embajada ha sido el camino con el que muchos disidentes políticos salvaron la vida o una larga estancia en prisión, pero sólo como paso previo a salir del país para ir al exilio. Nunca se había dado el caso de que un disidente político que estuviera en el extranjero regresara a solicitar asilo en una embajada. Zelaya ha practicado un asilo a la inversa: proveniente del exilio, cruzó a su país por tierra siguiendo caminos no transitados, y no controlados por autoridad alguna, para llegar a su capital a solicitar asilo en la embajada de Brasil.

Es evidente que Zelaya no busca ir a Brasil como exiliado, por lo que habrá que esperar a ver si su audaz iniciativa tiene éxito o sólo complica la solución diplomática. Si su llegada a Tegucigalpa es para motivar a partidarios y simpatizantes para que presionen al gobierno impuesto para que dimita, faltará por ver la reacción de ese gobierno; si es para apoyar la campaña de alguno de los candidatos a Presidente, falta por ver que no sea el beso del diablo. Pero si como escribe "el compañero Fidel", ahí se engendra una revolución, el pronóstico es más que reservado. La salida diplomática sólo tendrá éxito si los países de la OEA reconocen los resultados de la elección.

alediaz@elsoldemexico.com.mx
 
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