Opinión / Columna
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Bazar de la Cultura
Juan Amael Vizzuett Olvera
Eppens Helguera en el Museo de los Ferrocarrileros
El Sol de México
10 de septiembre de 2009
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Desde hace generaciones, en cada volado y en cada pequeña transacción comercial, la obra del maestro potosino Francisco Eppens Helguera acompaña a los mexicanos: él diseñó el Escudo Nacional que data de 1968 y durante décadas las creaciones del artista formado en la Academia de San Carlos circularon por toda la República en forma de timbres del correo y estampillas fiscales, que llegaron a ser familiares para toda la gente.
En contraste con aquellas creaciones de Eppens Helguera, que podían sostenerse entre el índice y el pulgar, sus murales cubrieron extensas áreas de los edificios públicos. Era aquélla una obra concebida para el transeúnte; arte público destinado a los ámbitos de vida cotidiana: la calle, la vivienda, la escuela. Eppens Helguera aplicaba para esta obra la técnica laboriosa del mosaico; a diferencia del fresco, procedimiento propio para los recintos amparados contra la intemperie, el mosaico preserva el mural contra los elementos.
La gente que no acostumbraba acudir a las galerías ni a los museos, se encontraba con la expresión artística durante sus actividades cotidianas; eran aún los tiempos en que la comunicación a distancia dependía del correo porque pocos eran los mexicanos que contaban con teléfono particular. Las viejas películas de la "Época de Oro" dan testimonio de que incluso las familias acomodadas carecían de línea y los estanquillos obtenían unos centavos extras con el servicio que prestaban sus auriculares de baquelita.
Naturalmente, no existía la red informática, así que los carteros llevaban en sus valijas, junto con las misivas manuscritas o mecanografiadas, las creaciones de Eppens Helguera hasta los domicilios y centros de trabajo de incontables mexicanos; cuando la correspondencia personal o de negocios viajaba a otras naciones, la obra de Eppens Helguera oficiaba de emisario del arte moderno de nuestro país.
Aquellos trabajos se caracterizaban por su estética futurista, con cuerpos humanos vigorosos y máquinas de líneas depuradas, que dentro del diminuto espacio bidimensional y estático parecían viajar a velocidades vertiginosas.
Mientras Diego Rivera, como los cineastas de la era silente, ponía énfasis en los ojos de sus modelos, Eppens Helguera en ocasiones los reducía o los ocultaba con maestría; esta elipsis visual volvía más enigmáticos y universales a sus personajes, que se convertían en símbolos de la actividad que ejecutaban, en particular el esfuerzo físico, el trabajo de los obreros y los campesinos, que para la generación del artista era objeto de admiración y reverencia.
Hoy los carteros, por una de tantas ocurrencias sexenales, se ven obligados a portar los uniformes más lamentables de la historia; los correos nacionales perdieron su tradicional símbolo del águila real para adoptar una palomita cursilona y las valijas ya no llevan epístolas en hojas rayadas ni postales con dedicatorias manuscritas; el correo electrónico se encarga de esos quehaceres. Las estampillas son ahora más vistosas, pero han dejado de ser un espacio para el arte contemporáneo; los muralistas formados en la academia se extinguieron y las paredes se llenaron de graffiti.
Uno de los murales de Eppens Helguera, el que simboliza a los trabajadores del riel y que decora la fachada del Deportivo Ferrocarrilero, en la avenida Ceylán de la colonia Industrial Vallejo, se deteriora, pierde paulatinamente sus mosaicos sin que ninguna autoridad cultural se dé por enterada. La obra sufre de la decadencia general del otrora admirable parque. Del área de juegos infantiles ya desapareció la pequeña locomotora de vapor, que en otros tiempos se podía ver a través de las rejas que luego se remplazaron por una hostil barda de concreto gris. ¿A dónde se fue aquella histórica máquina de vía angosta?
Los directivos tienen que dar explicaciones, porque tanto el mural de Eppens Helguera como la antigua locomotora son un patrimonio cultural de nuestro país, como lo es también la arquitectura modernista del propio deportivo, aunque ahora los ferrocarriles sean privados, aunque los sindicatos sean autónomos.
¿Algún funcionario del sector cultural tomará nota de que hay un legado en riesgo? Casi nunca suelen contestar a estos llamados.
Entre tanto, Eppens Helguera es objeto de un homenaje en el Museo de los Ferrocarrileros, en la antigua estación de La Villa, última superviviente de las terminales porfirianas de su tipo en la capital. Se ubica en Alfonso Herrera y Calzada de Guadalupe, muy cerca de la estación del Metro La Villa. La entrada es gratuita.
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