Opinión / Columna
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René Arce Islas
¿Realmente hacia un acuerdo nacional?
El Sol de México
9 de septiembre de 2009
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La semana pasada se cumplió la mitad del sexenio. La noticia en sí, a diferencia de otros años, no radicó en la lista de "los grandes logros" que ha tenido esta administración, ni en el recuento de lo hecho. El Ejecutivo federal decretó el agotamiento de su estrategia inicial y defendió la necesidad de un cambio sustancial. Para algunos analistas tal posición se interpreta como una invitación a acelerar el paso y a profundizar las acciones de la primera mitad del gobierno; para otros el discurso del pasado miércoles fue el reconocimiento de que la estrategia inicial es ya inservible, por lo que se necesitan de nuevas acciones. La pregunta que surge es ¿hasta dónde el decálogo del Ejecutivo es una estrategia para reposicionarse o realmente quiere generar el gran acuerdo nacional que el país necesita?
No es asunto menor el planteamiento del Presidente de la República. Si se ve sin prejuicios su mensaje, en él se propone dejar atrás la mediocridad de las reformas posibles y hace un intento de llamado al consenso para entrarle a las reformas profundas y necesarias. Es una convocatoria para cambiar a fondo, el problema es porque se hace la invitación a mitad del sexenio cuando el cambio verdadero lo debió convocar, mínimo, desde el inicio de su mandato. Hoy, muchas situaciones le son adversas y no asume con claridad su responsabilidad en el actual estado de las crisis que vivimos como país, de ahí la desconfianza hacia el acuerdo.
Si bien es cierto que tal posición se puede interpretar como un "golpe de timón" para evitar el naufragio, también lo es el hecho de que el sistema ya está agotado y México necesita un cambio estructural que le permita competir y volver a obtener un liderazgo en América Latina. Por esta razón, habrá que dejar atrás las diferencias políticas, los cálculos interesados y exigir que el llamado pase del discurso puro a los hechos. Si no nos involucramos todos los actores en este cambio de rumbo, volveremos a caer en los cambios disfrazados y capitalizados a conveniencia.
Son muchas las interrogantes que surgen de este llamado presidencial, cierto. Pero parece que el tiempo juega en contra. Es inevitable el cambio táctico. Improrrogable transitar de los propósitos a las realidades. Por ello el Ejecutivo planteó su decálogo en donde se plantean las tareas: enfrentar la crisis económica; tapar los hoyos de las finanzas públicas; reestructurar el sistema económico; brindar cobertura universal de salud; mejorar la educación; reglamentar telecomunicaciones y monopolios; convocar a una reforma laboral; procurar la equidad de oportunidades para mujeres y jóvenes; promover una reforma regulatoria para evitar todo trámite innecesario a ciudadanos y empresas; fortalecer la lucha contra el crimen; adelgazar al Estado. La lista podría ser mayor, el problema estribará hasta dónde el Ejecutivo y el Congreso de la Unión profundizarán en las famosas reformas estructurales del hoy fracasado modelo neoliberal o en verdad habrá una disposición para lograr la construcción de un nuevo modelo de desarrollo nacional.
Si la demanda de la alianza para transformar al país va encaminada a cambiar el modelo que fracasó aquí y en el mundo al cabo de un cuarto de siglo, bienvenido el llamado al diálogo y a la construcción de un gran acuerdo nacional que nos permita remontar esta crisis y asomarnos al bienestar de la mayoría. Dicho acuerdo tiene que empezar a trabajarse ya. Será necesario empezar a condensar las acciones para que no queden en ocurrencias del mandatario federal, o peor, en un acuerdo no alcanzado porque no hubo disposición de parte del legislativo.
No tendremos que esperar mucho para ver si la autocrítica reencauza realmente al gobierno y si, efectivamente, hay determinación e inteligencia para impulsar las reformas necesarias. Lo comprobaremos en las propuestas que se disponga a mandar al Congreso y en su voluntad de diálogo para alcanzar los acuerdos; en la determinación que muestre para imponerse sobre las resistencias. La intención del acuerdo nacional no servirá si no se concreta en iniciativas y definiciones concretas.
La convocatoria fue abierta a poderes, gobiernos de todo nivel y la sociedad entera. Tardía es la convocatoria, pero a como está el país más vale tarde que nunca; por lo tal se le puede dar la bienvenida. Ello no quiere decir que nos quedemos de admiradores. No. Tenemos que exigir que el planteamiento no se quede en el terreno de la demagogia y que haya acciones precisas para sacar adelante este acuerdo nacional, que si se concreta sin mediocridades y criterios de interés grupal, puede resultar la salida que México espera para entrar en la ruta del desarrollo y el crecimiento.
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