Opinión / Columna
 
Bernard Henri Levy 
Un griego americano
El Sol de México
7 de septiembre de 2009

  ¿Por qué, fundamentalmente, tanta emoción?

Sé que Ted Kennedy fue un hombre notable. Estuvo, particularmente en años recientes, entre los políticos estadunidenses más rigurosos, honestos y valientes. Fue uno de los primeros, por ejemplo, en romper con el seudopatriótico consenso que surgió a raíz de la decisión de George W. Bush de intervenir militarmente en Irak.

Fue, si no el primero, si entre los primeros en reconocer el poder de Meteoro Obama e, incluso cuando la mayoría de los líderes partidistas demócratas se alineaban obedientemente tras Hillary, confiaba en la victoria del senador de Illinois.

Y en cuanto a las grandes elecciones de la sociedad -las grandes preguntas que yacen en el corazón del sueño americano, las que ofrecen revivir el sueño donde se ha mancillado, decepcionado o incluso destruido; en Guantánamo, por ejemplo, o en los sin techo o en los nuevos pobres que encarnan la reversa del sueño; en el estado del sistema de atención médica: el estado del sistema carcelario; y muchas más cruciales y enormes que están siendo planteados a Estados Unidos- él estaba entre los muy pocos que sistemáticamente adoptó las posiciones más audaces.

Pero eso no es suficiente.

Estas cualidades obvias no pueden, por sí solas, explicar la fuerza del impacto que causó la noticia de su muerte en todo el país -ni la sinceridad del dolor que me parece detectar en todas partes. Tampoco explican este velo extraño que la sociedad estadunidense- desde el miércoles en la mañana e incluso durante los últimos meses -parece dispuesta a tender sobre lo que sólo, decentemente, podemos llamar el lado oscuro de su carácter.

Como sucede cada vez con los Kennedy- cada vez que esta familia que es, a la vez, singular y común, legendaria y perfectamente banal -choca con el destino, nos vemos obligados a considerar lo caprichoso, las cualidades enigmáticas, los mecanismos emocionales extraños e incluso singulares, cuya semejanza no he encontrado en ninguna otra situación, ni en ningún otro país, que se aferran a ese apellido. Yo describiría la paradoja como sigue:

1. Estas imágenes son lugares comunes. En esta película de la vida de Teddy que ha estado repitiéndose una y otra vez desde la noticia de su muerte, vista y vuelta a ver, no sucede nada sorprendente. No es la comedia de la repetición, sino la tragedia que se deriva.

2. Ha pasado un largo tiempo desde que el mito Kennedy dejó de ser un mito. O, para decirlo de otra forma, pocos mitos han soportado 40 años como objetos de una avalancha de desmitificación tan radical y formidablemente eficiente -escándalo tras escándalo, y best seller tras best seller- como la que ha abrumado a los Kennedy. Estoy preguntando en todas partes. Estoy hablando con los fetichistas de la memoria y la leyenda que en estos momentos están tejiendo y uniendo los detalles más ínfimos de la vida y destino del último de los Kennedy. Todos, o casi todos, saben que este héroe estadunidense fue, como sus asesinados hermanos, un hombre como cualquier otro, frágil y falible como otros, con debilidades, fracasos y quizá cosas peores.

3. Pese a esto -pese a esta reserva de información accesible a quien quiera hacer uso de ella; este lado oscuro que es, a final de cuentas, oculto a prácticamente nadie; pese al desencanto metódico al que el mito Kennedy ha estado sujeto durante 40 años- se necesita tan sólo una imagen de este hombre en su mejor época, se necesita sólo una fotografía del sonriente y encantador príncipe en un tabloide estadunidense para transmitir ciertas ideas: desde Washington hasta la luna, opulencia, felicidad, una nueva frontera , desparpajo. Todo lo que se necesita es una imagen de él y sus hermanos, insolentes y bronceados, en el momento de su gran mentira de los medios de comunicación. Se necesita sólo una imagen diferente, de tiempos posteriores, con un nuevo sombrero en la cabeza, combatiendo a la muerte, valiente, admirable en su carácter y valor. Eso es todo. Sólo una de esas viñetas. Y una disonancia nos ocurre para lo cual no estoy seguro que haya una equivalencia- un duelo no solo nacional sino planetario, que aumenta a medida que pasan las horas y hará de los ritos funerarios un suceso colosal, global.

¿Qué, después de todo, si no un cliché, nos hace llorar?

¿Qué es un mito en el que ya no creemos, y, sin embargo, todavía funciona?

Es eso. Está claro.

Es el interrogante planteado por los amantes de la antigüedad que se preguntan si "los griegos creían en sus mitos". André Gide respondió que es menos creencia que consenso. El hecho es que en los grandes sentimientos sencillos movilizados por la saga Kennedy -en esta muerte en -vivo-por-televisión que vivimos de nuevo, sin cansarnos, a través del tercer hermano, en la proximidad del sufrimiento y el amor, en este cuento real de una familia ilustre y maldecida, bendita por los dioses y perseguida por un destino al mismo tiempo inconcebible y necesario- se desarrolla una tragedia, evocando, como dijo Aristóteles, "terror y piedad". Nos hace temblar.

Los Kennedy no son, como algunas veces se dice, el equivalente estadunidense de una familia real.

Son hermanos en destino de Edipo, Aquiles, Teseo, Narciso o Prometeo.

Son los miembros trágicos de un pueblo que pensaba que había evitado la tragedia y encontrado una fórmula cuantificable para la felicidad, accesible a todos.

Son los griegos de los estadunidenses.

(El nuevo libro de Bernard-Henri Levy, "Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism", fue publicado en septiembre por Random House.)

(Traducción de Héctor Shelley.)

The New York Times Syndicate
 
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