Opinión / Columna
 
Alejandro Díaz 
Fin de una era
El Sol de México
1 de septiembre de 2009

  El pasado domingo 30 marcó el fin de un largo, un muy largo periodo de un partido triunfante. El Partido Liberal Democrático de Japón (PLD), en el poder por más de 50 años, excepto por un intervalo breve, dominó la escena política del país del Sol Naciente desde el fin de la ocupación militar al término de la II Guerra Mundial. Un partido al estilo de muchos otros hegemónicos en donde la lucha por el poder se da a su interior, mientras que al exterior se presenta un frente unido que arrasa con casi todos los puestos en cada elección. Un partido pragmático donde conviven formas de pensar encontradas que en otros países serían partidos distintos: liberales, conservadores, derechistas, centristas e izquierdistas moderados. Una organización que más que partido es un movimiento que ha dominado la escena política de Japón durante medio siglo.

A diferencia de otros partidos hegemónicos, el PLD no recurrió de forma sistemática a la manipulación electoral, aunque sí hubo al respecto algunas acusaciones. El PLD participó siempre en forma democrática, arrasando en cada elección al lograr identificarse con la forma de pensar de amplias mayorías de ciudadanos. Supo combinar el pensamiento tradicional de las organizaciones de agricultores con el más avanzado de los sindicatos urbanos y el aún más sofisticado de industriales y de intelectuales. El PLD logró encarnar increíblemente el sentir, el pensar y el actuar japonés durante cinco décadas en las cuales Japón logró ser la segunda economía del planeta y el primer exportador mundial. Con los Gobiernos del PLD, Japón alcanzó un alto nivel de vida rápidamente y satisfizo los anhelos económicos de sus ciudadanos.

Pero cuando los resultados de la economía dejan de ser lo bueno que llegaron a ser, en todo el mundo los ciudadanos se cuestionan los apoyos que otorgaron en el pasado. Si la economía falla, los ciudadanos critican todo lo que realizan sus autoridades, no sólo en economía, sino en sectores tan poco relacionados como son los culturales. A pesar de las varias décadas de "vacas gordas" en Japón, nadie ha perdonado la década de estancamiento económico que se ha vuelto, como "boomerang", un arma política en contra del mismo PLD, ahora centro de la crítica de agricultores, sindicalistas, industriales e intelectuales.

El sistema político de Japón obliga a los políticos a sujetarse al voto popular. Sólo diputados electos pueden llegar a ser ministros o Primer Ministro, y participar en el Gobierno del país. Es un sistema parlamentario democrático que se caracteriza porque una mala situación política o un escándalo pueden llegar a la dimisión del Primer Ministro. Mientras en la mayoría de las democracias parlamentarias la dimisión del Primer Ministro lleva a nuevas elecciones, en Japón sólo conduce al cambio de Primer Ministro. Un ministro es escogido y su nombramiento ratificado por el Parlamento, pero gracias a que la mayoría automática del PLD siempre estuvo garantizada, este partido permanecía en el poder. De esa manera, en medio siglo Japón tuvo más Primeros Ministros (25) que Italia, que en Europa ha sido el campeón en cambios de Gobierno (22).

Pero la sorpresa de esta elección es que el PLD ha quedado reducido a la mitad de los asientos de la última elección. Al perder muchos de los asientos que tenía, con los que le quedan no podrán impedir los cambios que proponga el nuevo partido en el Gobierno. No es la primera vez que el PLD pierde una elección nacional (en 1993 la perdieron, pero recuperaron el Gobierno en 1996 después de tres desastrosos Gobiernos sucesivos de sus opositores), pero la forma en que ahora perdió va a hacer muy difícil que pronto pueda volver a gobernar.

El Partido Democrático de Japón, victorioso en esta ocasión, deberá mostrar más inteligencia, astucia y capacidad que la mostrada por los partidos que gobernaron entre 1993 y 1996 si quiere mantenerse al frente de las preferencias populares. Deberá ofrecer al pueblo japonés la determinación de llevarlo a los niveles más altos en todos los campos, en especial en el económico. Debe recordar aquellas palabras que aún retumban de la exitosa campaña presidencial de William Clinton en 1992, cuando un asistente imprudente le preguntó por el tema por el que debían preocuparse para garantizar el triunfo: "Es la economía, estúpido". Una regla que se aplica en todo el mundo, por la inconveniencia de entrar a una elección con la economía en picada.

alediaz@elsoldemexico.com.mx
 
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