Opinión / Columna
|
Christopher Hitchens
Capitula la Yale University Press ante el extremismo religioso
El Sol de México
24 de agosto de 2009
|
La capitulación de la Yale University Press ante amenazas que ni siquiera habían sido emitidas es el episodio más reciente y quizá el peor en la constante rendición ante el extremismo religioso -particularmente el extremismo religioso musulmán- que se está extendiendo a lo largo de nuestra cultura.
Un libro llamado "The Cartoons That Shook the World" (Las caricaturas que sacudieron el mundo), por Jytte Klausen, catedrático danés de Política de la Universidad Brandeis, narra la historia de la escandalosa y preplaneada campaña de "protesta" y boicot que fue orquestada a finales de 2005 después de que el diario danés Jyllands-Posten lanzó una competición de caricaturas del Profeta Mahoma. (La competición en sí fue una respuesta al súbito rechazo de un editor danés a publicar un libro para niños acerca de la vida de Mahoma, ante la posibilidad, también, de que fuera ofensivo). Para cuando la histeria había sido apagada por aquellos que la habían incitado, quizá tantas como 200 personas habían sido asesinadas sin motivo.
La Yale University Press anunció la semana pasada que seguiría adelante con la publicación de "Las caricaturas que sacudieron al mundo" pero eliminaría del libro las 12 caricaturas que originaron la controversia. No contenta con esto, la editorial también está eliminando del libro otras ilustraciones históricas con la imagen del Profeta, incluyendo una de Gustave Dore del pasaje en "Inferno", de Dante, que muestra a Mahoma siendo destripado en el averno. (Esas stanzas de Dante también han sido representadas por William Blake, Sandro Botticelli, Salvador Dalí y Augusto Rodin, así que hay abundante censura artística en nuestro futuro si se permite que este tipo de cosa siente un precedente.)
Ahora bien, la intención original de limitación en cuanto a la representación de Mahoma por los musulmanes (y las fatwas islámicas, no debemos olvidarlo, no tienen fuerza alguna cuando se aplican a alguien ajeno a lo fe) fue la muy admirable de impedir la idolatría. Se temía que la gente empezara a adorar al hombre y no al Dios del que se consideraba el mensajero. Esta es la razón de que sea un grave error referirse a los musulmanes como "mahometanos".
No obstante, el arte islámico -particularmente en Irán- contiene muchos ejemplos de pinturas del Profeta, y aun cuando el ejemplo de Dante es en realidad sumamente inquietante, un ejemplo quizá del sadismo y sectarismo cristiano, nunca ha habido ninguna protesta musulmana acerca de su representación pictórica en el arte occidental.
Si eso cambia alguna vez, lo cual es fácil imaginar que puede suceder, entonces Yale ya ha planteado el argumento que pueden usar los directores de galerías para justificar el retiro de esas obras y su encierro. Según la lógica de Yale, podría suscitarse violencia al mostrar esas imágenes -y no sólo eso, sino que aquellos que mostraron esas imágenes serían responsables por esa violencia.
Permítanme ilustrar lo anterior: el New York Times del 13 de agosto publicó informes de la capitulación de la editorial de la universidad, en los cuales se citaba a su director, John Donatich, diciendo que en general él nunca "ha parpadeado" al enfrentar controversia, pero "entre eso y tener sangre en mis manos, no hay duda".
Donatich es amigo mío y en un tiempo fue mi editor, así que le escribí y le pregunté, cómo si alguien dinamitaba una librería por poner en venta el liro Klausen, la sangre estaría en las manos del editor en lugar de las del dinamitero. Su réplica adoptó la forma de un comunicado oficial del departamento de asuntos públicos. En él se me informaba que Yale había consultado una amplia gama de expertos antes de tomar su decisión y "todos confirmaron que la reedición de las caricaturas por la Yale University Press corría el grave riesgo de incitar a la violencia".
Así que hay otra cosa deprimente: ni los "expertos en inteligencia, seguridad nacional, cuestiones policiacas y en los campos diplomáticos, además, de los principales académicos en estudios islámicos y del Oriente Medio" que supuestamente fueron consultados, ni los voceros de prensa de una de nuestras más destacadas universidades, comprenden el significado de una palabra común y útil: "instigar". Si alguien instiga algo, significa que desea y tiene la intención de que suceda. Si es un motín, entonces al instigarlo, lo ha fomentado. Si es un asesinato, entonces, al instigarlo, se ha coludido en su comisión.
No hay otro uso que se dé a la palabra en cualquier diccionario, con la posible excepción de provocar, que no tiene una connotación pasiva. Después de todo, hay personas que argumentan que las mujeres que rehúsan usar el velo han "provocado" a aquellos que las violan o las desfiguran... y ahora Yale ha adoptado esa "lógica" como propia.
Bastante malo era ya durante la controversia original, cuando la mayoría de los medios noticiosos -y en la edad de "la imagen" nada menos -rehusaron mostrar la imagen por simple miedo-. Pero ahora la pudrición ha llegado a un grado adicional en la estructura social. Ahora tenemos que decir que la violencia desatada que tememos es también culpa nuestra, si es que no nuestra responsabilidad directa. Esta es la peor forma de masoquismo, e involucra invertir el significado honesto de nuestro lenguaje, así como lo que hasta ahora se había considerado nuestro concepto de responsabilidad moral.
Durante la controversia en 2005, yo establecí un link a Danish Cartoons online, en HumanEvents.com para que ustedes pudieran formarse su propio criterio acerca de ellas. He proporcionado el mismo link ahora en Slate. Nada pasó la última vez, pero quién puede saber cuál teócrata homicida puede ofenderse ahora. Yo niego absolutamente que lo habré instigado a hacerlo, y declaro por adelantado que él es directa y únicamente responsable por cualquier sangre que esté en cualesquiera manos. El se convierte en la responsabilidad de nuestra policía y agencias de seguridad, las cuales operan en defensa de una Constitución que no poseeríamos si no estuviéramos dispuestos a derramar sangre -la nuestra y la de otros- para tenerla. La Primera Enmienda a esa Constitución prohíbe cualquier restricción previa a la libertad de prensa. Qué causa de vergüenza que el campus de Nathan Hale haya tenido que izar en forma preventiva la bandera blanca y después asumido temerosamente la culpa de sangre de asesinos y tiranos potenciales.
(Christopher Hitchens es columnista de Vanity Fair y Slate Magazine, donde apareció originalmente esta columna. Es receptor de la beca de medios de comunicación Roger S. Mertz de la Institución Hoover de Stanford, California. Para más artículos como éste, visitar la página www.slate.com.) The New York Times Syndicate
Columnas anteriores
Columnas anteriores