Opinión / Columna
 
Bazar de la Cultura 
Juan Amael Vizzuett Olvera 
El ritual de la elegancia
El Sol de México
13 de agosto de 2009

  Contaba Dolores del Río que Rodolfo Valentino siempre salía a la calle impecable en su arreglo personal porque no quería desilusionar a sus admiradores, pero además, como lo constató el historiador Michael Morris, porque en verdad disfrutaba del ritual de la elegancia. Pese a su origen italiano, el gran amante de la pantalla prefería el estilo inglés, ya que para los caballeros, Londres equivalía a lo que París representaba para las damas. ¿Qué hubiera pensado el héroe de "El Caíd" ante los galanes andrajosos de hoy?

Durante las épocas doradas de Hollywood, en las revistas de cine las estrellas -Gloria Swanson, el joven Gary Cooper, Louise Brooks, el sueco Nils Ashter y la diva duranguense- modelaban las nuevas creaciones y animaban al público a seguir su ejemplo.

* La moda de las estrellas

Hubo estrellas que convirtieron a la elegancia en parte esencial de su personalidad, como el comediante francés Max Linder y el seductor Adolphe Menjou; incluso Charles Chaplin, cuando no personificaba a su famoso vagabundo "Charlot", era un dandi, como lo mostraban las fotos que ilustraban una entrevista publicada en Films (volumen II, número 6, junio de 1927, Nueva York, N.Y.), donde el cómico londinense vestía abrigo de cachemira, traje cruzado, corbata de seda, calzado resplandeciente, bombín y bastón. La sonrisa cordial de Chaplin coronaba su grata presencia.

"Modas de Hollywood" (revista Cinelandia), "Elegancias" (revista Films) y "Lo que visten las estrellas" (revista Cine Mundial) eran las secciones donde se difundía la galanura de aquella meca del cine, que ejercía su influjo en gran parte del orbe. No en balde la ya extinta sombrerería de don Sergio González en Peralvillo, donde se vendían modelos "Stetson", de Filadelfia, y "Mallory", de Nueva York, ostentaba el nombre de "Hollywood".

El cine francés no se quedaba atrás: Jean-Paul Belmondo, su rival en la taquilla, el bello Alain Delon y la diva Catherine Deneuve llevaban por el mundo las creaciones de París. En la industria fílmica mexicana, los personajes de las condiciones sociales más distintas se engalanaban cuando la ocasión lo ameritaba: los muchachos del barrio que encarnaba David Silva, como el chofer don Gregorio del Prado y el boxeador Kid Terranova, se ponían saco y corbata para llevar a sus novias al salón de baile, mientras los caballeros de alcurnia que personificaba Arturo de Córdoba se vestían de etiqueta para asistir a la ópera o a una recepción. Incluso el entrañable gángster del cine mexicano, Juan Orol, se vestía con traje de casimir cortado a la medida y se tocaba la cabeza con un "Borsalino" flamante para vivir sus correrías por el bajo mundo: "Yo era el gángster fino, elegante, de categoría", declaraba el cineasta.

Cuando nació la leyenda fílmica del Agente 007 (Sean Connery), el esmoquin se convirtió en su uniforme, como el traje azul y rojo lo era del hombre de acero. En las pantallas caseras de los 60, Simón Templar (Roger Moore) y el Avispón Verde (Van Williams) impartían justicia al tiempo que daban cátedra de galanura.

* El uniforme del ciudadano

Las fotografías de las calles urbanas de la primera mitad del siglo XX son elocuentes: los ciudadanos circulaban siempre en atuendo formal. El uniforme del ciudadano era el traje de dos o tres piezas, con corbata, a veces de moño. El atuendo citadino se completaba con el sombrero de fieltro -de merino, nutria o castor- para el otoño-invierno y "Panamá" o carrete en primavera-verano.

Las ciudadanas del mundo portaban el traje sastre o el vestido primaveral y también se tocaban con sombreros, mucho más variados y divertidos que los varoniles.

En su libro testimonial "De cadenas y de hombres" (Siglo XXI, México, 1979), Robert Linhart deja en claro que los obreros de la industria automotriz francesa, allá por los 60 y 70, una vez cumplida su dura jornada de trabajo, se esmeraban en el aseo personal, hasta que el olor a fábrica dejaba su sitio al olor a limpieza: "Finalmente, con cautela, cada uno despliega su traje civil y se lo pone: camisa inmaculada, a menudo corbata" (p.79). Con sus zapatos lustrosos, el cuerpo erguido y el peinado perfecto, los trabajadores dejaban atrás el taller para reclamar en la calle, cotidianamente, su lugar como ciudadanos, a quienes los dependientes debían dirigirse con el respetuoso 'señor'".

Los alumnos de las primarias, todavía durante los años 70, estábamos habituados a ver a nuestros profesores con saco y corbata; las maestras asistían también arregladas, las más jóvenes con vestidos de estampados psicodélicos, pero siempre irreprochables. Jamás decían alguna palabra altisonante y los discípulos podíamos contar con los mentores para consultar nuestras dudas o para solicitarles una orientación, más allá del programa de estudios.

* Los rituales del arte

La afición asistía a los espectáculos deportivos con atavíos tan elegantes como se lo permitían sus medios: las fotos de los antiguos parques España, Asturias y Delta de la capital mexicana, al igual que las imágenes del estadio de los Yanquis neoyorquinos, dan testimonio de que aquellos fanáticos populares no desmerecían junto a los aristócratas que acudían a las pruebas de polo, esgrima y tenis.

La mercadotecnia no había inventado las costosas camisetas "originales", que ahora los partidarios de los equipos se sienten obligados a portar, no sólo en las tribunas, sino también en las calles, cines y centros comerciales.

Quien asistía a una función de ópera, a un concierto o a un estreno teatral en el Palacio de Bellas Artes, se arreglaba con el mismo esmero que ponían los artistas que habían de actuar en el escenario. Las revistas masculinas -como la célebre Squire Gentleman, editada en Chicago- les sugerían a sus lectores las prendas adecuadas para cada ocasión. Se daba por un hecho que los caballeros debían acudir a la ópera de frac o esmoquin, mientras que las damas tenían la oportunidad de lucir sus vestidos de noche, sus pieles y alhajas. La cita en el salón de belleza era obligada.

Era la forma en que se expresaba el respeto hacia los artistas que se prodigaban en los escenarios. El pueblo, que prefería los teatros de revista y los teatros-estudio de las radiodifusoras, cumplía también con el ritual de la elegancia, porque ir a un espectáculo era un acontecimiento que permitía trascender por unas horas las rutinas cotidianas.

En términos generales, los elegantes que asistían a la ópera no le causaban molestia al pueblo trabajador, eran más bien un espectáculo por sí mismos; Si se trataba de las estrellas del cine, incluso los admiradores más modestos consideraban que las figuras de la pantalla tenían la obligación de presentarse invariablemente impecables. Solamente a los cómicos les estaba permitida la extravagancia.

Algunas prendas tenían todo un protocolo: el abrigo daba ocasión para que los caballeros auxiliaran galantemente a las damas, y el sombrero masculino, amén de proteger a su dueño contra el sol, la lluvia y el polvo, era un aliado en el trato social cuando se levantaba respetuoso o coqueto ante las señoras. El sombrero, fino o modesto, le daba, asimismo, ocasión al ciudadano de expresar su civismo en presencia de la bandera y el Himno Nacional

* Hacia el declive

Cuando empezaron a descuidarse el arreglo personal y la pulcritud, se fueron extendiendo otros síntomas de decadencia que los despistados tomaron por avances libertarios: si tradicionalmente los señores se cuidaban de no proferir alguna palabra ruda frente a las mujeres, ahora las mozuelas de rostros candorosos eran incapaces de platicar sin que su parloteo se saturase de procacidades; los profesores de escuela dejaron atrás su antigua mística y los padres de familia, convencidos de que tenían que ser amigos de sus hijos, perdieron el control sobre ellos.

Las nuevas estrellas de cine, empeñadas en lucir espontáneas y auténticas, se volvieron andrajosas, mientras el público que asistía a la ópera y a los conciertos se habituó a llegar a las salas enfundado en sudaderas deportivas. Las nuevas generaciones de parisinos, producto de la ola hippie, se convirtieron en motivo de sátira para la caricaturista francesa Claire Bretécher, que los dibujó desmelenados y casi amorfos, llenos de contradicciones a causa de sus trasnochadas actitudes. Paradójicamente, como lo mostraba Bretécher, aquellos personajes, que pretendían ser más libres que sus mayores, parecían mucho menos felices que sus padres.

Todas las culturas tienen sus rituales y todas crean atavíos especiales para cada ocasión, incluso los pueblos que solemos considerar arbitrariamente como primitivos, como los nómadas de Mongolia y los masai del África. Hoy nosotros no somos "más libres" que ellos o que las generaciones de antaño, simplemente sentimos menos respeto por nosotros mismos y por nuestros semejantes.
 
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