Opinión / Columna
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Fernando H. Cardoso
Los límites de la tolerancia
El Sol de México
12 de agosto de 2009
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En un artículo anterior, a propósito del encuentro entre culturas diversas sin un choque de civilizaciones, utilicé el libro de Ian Buruma, "Occidentalism".
En un libro reciente ("Murder in Amsterdam -- The death of Theo van Gogh and the limits of tolerance"), el exprofesor de Oxford se enfoca para entender lo que sucede en su país natal, Holanda, que de país calvinista, reservado y tolerante se ha vuelto teatro de acciones violentas.
Un líder populista "de derecha", Pim Fortuyn, fue asesinado en 2002 por un fanático no musulmán. Y el cineasta Theo van Gogh, que criticaba la falta de respeto a las libertades y derechos humanos por parte de algunas corrientes islámicas, cayó asesinado en noviembre de 2004 por un activista musulmán vinculado con grupos terroristas.
¿Habrá terminado el momento de la historia en que los Países Bajos se distinguían por su capacidad de absorción de culturas diversas? ¿No fue allá adonde se fueron a vivir los judíos españoles y portugueses perseguidos por la Inquisición? ¿No fue en Ámsterdam donde hubo la única huelga general de importancia contra la deportación de los judíos? ¿No fue en Holanda donde el filosofó Baruch Spinosa y, más recientemente, en 1934, el historiador Johan Huizinga decía que vivía en el país de la tolerancia, donde incluso los extremismos eran "moderados"?
¿Y no es cierto que en 1999, 45 por ciento de la población de Ámsterdam era de origen extranjero? Y el prefecto en la época de los asesinatos, ¿no se llamaba Cohen, así como un importante edil administrador llevaba el nombre de Ahmed Aboutaleb?
Por sus reglas tolerantes, los Países Bajos acogen a los perseguidos políticos. Hay millares de refugiados sirios, iraníes, marroquíes, beréberes, turcos, somalíes, tamiles de Sri Lanka.
Además de los numerosos cientos de miles de "trabajadores invitados", como son calificados quienes encuentran empleo y traen a su familia. Entre éstos, muchos son originarios de Surinam o llegados de Indonesia, educados en la lengua neerlandesa, lo que les facilita la integración.
Siendo así, ¿hasta qué punto algo específico de la cultura y de la religión musulmanas engendraría la violencia actual y las reacciones racistas que han resurgido?
Buruma procura demostrar que las diferencias de visión entre los fundamentalistas occidentales y los islámicos pueden convivir con provecho mutuo, habida cuenta de que no recurran a la fuerza y que respeten las reglas de la Constitución laica.
No desconoce los argumentos, como los de la somalí Ayan Hirsi Ali, y de algunos intelectuales de pasado izquierdista y actual pasión conservadora, que advierten los riesgos de la indulgencia en la defensa de los valores universales de la civilización occidental. Pero pondera que la incorporación de esos valores es provechosa cuando resulta de una reacción en la propia cultura islámica y no como una imposición externa.
Hay que reconocer, no obstante, piensa Buruma, que la Holanda del pasado --blanca, burguesa, liberal y tolerante-- hoy es una sociedad multirracial y multicultural, que forma parte de la Unión Europea y que sufre la influencia de las multinacionales, en suma, de la "globalización". Eso suscita reacciones defensivas aferradas a diferencias religiosas y culturales. En lugar de las identidades nacionales y de las tradiciones políticas democráticas que daban cohesión a la sociedad, se multiplican las identidades comunitarias, religiosas o no, que con frecuencia chocan con la cultura cívica anterior.
En otras palabras, la convivencia democrática ya no puede basarse en la asimilación de la cultura nacional predominante y en que los recién llegados acepten las reglas del "país legal" tal como existía antes.
La película francesa "Entre les murs" (2008) es el ejemplo vivo de las dificultades de moldear a los jóvenes de origen inmigrante a la cultura nacional, aun los nacidos en Europa. Sin embargo, la crisis que prevalece no se debe sólo a la existencia de "dos --o más-- culturas", sino a que muchos no se conforman a que "su mundo" se acabó:
"El pueblo empieza a no sentirse representado. Ya no sabe quiénes son los responsables. Eso ocurre cuando los 'oligarcas' modernos, como el socialdemócrata Ad Melkert, empiezan a perder amarras con el sentimiento popular. Más que irrelevantes, empiezan a ser el blanco de la hostilidad activa. La política de consenso contiene sus propias formas de corrupción: La política queda atorada en la rutina de una élite autoperpetuada, intercambiando los puestos entre los miembros del club, para allá y para acá."
Son numerosos los desajustados en el mundo emergente y no se limitan a los "recién llegados". Están también quienes, siendo originarios de "familias de abolengo", no se conforman con la nueva sociedad. De cierto modo, casi todos están "desarraigados"; de ahí los populismos de derecha o de izquierda (de otro modo, mutantes), el terrorismo, el apego a los diversos fundamentalismos, la violencia.
¿Qué puede tener que ver con Brasil todo eso? Poco y, tal vez, mucho. Tenemos la suerte de vivir en una cultura que también aprecia la tolerancia (a despecho de los recientes intentos de hacer nacer un "racismo antirracista", como decía Jean-Paul Sartre). Sin las diferencias religiosas y lingüísticas a las que se enfrentan los europeos, somos también un país de migraciones, aún hoy predominantemente internas. Por lo tanto, de "desarraigados". Y los desarraigados no son sólo los recién incluidos en la sociedad moderna, geográfica o socialmente. Son también los oligarcas que no se conforman con que ésta exija nuevas prácticas y no quieren percibir los cambios.
Lo más triste ocurre cuando, como ahora, los que llegaron al poder para renovarlo y adaptarlo a los nuevos tiempos se adhieren a los hábitos del "club oligárquico" y se autoatribuyen la "misión histórica" de perdonar a los transgresores y dar continuidad a las viejas prácticas.
Es en ese punto en donde cabe el paralelismo con la situación descrita por Buruma. No sólo la advertencia sobre los riesgos de violencia, sino del riesgo de nuevos populismos, de izquierda o de derecha, que puedan satisfacer con una retórica cautivante la falta de sintonía entre las instituciones (desmoralizadas) y el sentimiento de las masas.
Fernando Henrique Cardoso, sociólogo y escritor, fue Presidente de Brasil del 1 de enero de 1995 al 1 de enero de 2003.
(Traducido por Jorge L. Gutiérrez).
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