Opinión / Columna
 
Fernando H. Cardoso 
Después del real
El Sol de México
15 de julio de 2009

  Por más que el gobierno brasileño actual haya omitido conmemorar los 15 años del real y que el temor de la inflación ya esté lejos de la vida diaria de las personas, mucha gente escribió en las páginas económicas de los periódicos sobre el significado del control de la inflación desde los "remotos" tiempos de 1994. No cabe, por lo tanto, regresar al tema.

Deseo llamar la atención a las conquistas que aún no hacemos y a las que aún no parecen aseguradas. Los progresos en la construcción de un Brasil más estable y mejor - desde el cataclismo inflacionario que empezó a fines de los años '70 hasta principios de los '90 - empezaron desde antes de 1994.

La organización de la Tesorería Nacional, el fin del presupuesto monetario, la apertura comercial, la renegociación de la deuda externa en octubre de 1993 y el inicio de la renegociación de las deudas de los estados y municipios, fueron pasos previos e indispensables para la estabilización.

De la misma manera en que fue importante el saneamiento financiero, que llevó al cierre de cerca de 100 bancos conforme a las reglas del Programa de Estímulo a la Restructuración y al Fortalecimiento del Sistema Financiero Nacional (PROER) y del Programa de Incentivos a la Reducción del Sector Público Estatal en la Actividad Bancaria (PROES) fueron en su tiempo tan vilipendiados por los sectores de izquierda y de derecha que tenían aspectos anticuados.

La redemocratización de Brasil constituyó el marco de referencia en el cual ocurrieron esos procesos. Las modificaciones fueron hechas a las claras, con muchas luchas en el congreso y en los tribunales y sin "maniobras".

¿Hasta qué punto está garantizada la estabilidad? Depende. Si se mantuviera y fuera llevado adelante con consistencia el trípode de la política económica (metas de inflación, paridad fluctuante y ley de responsabilidad fiscal), poco habría qué temer. Pero, ¿ocurrirá así? Por lo que se ha visto en los últimos meses, hay riesgos: Los gastos crecientes, sobre todo gravando la hoja de pagos, con recaudación decreciente, son signos inquietantes. No son inquietantes en sí mismos, pues bien podrían estar justificados, como quiere el gobierno, por el momento difícil de la economía. Entonces, ¿por qué las dudas?

La duda surge por la falta de modificaciones en el comportamiento, que no dependen sólo del gobierno, sino para las cuales la acción pública tiene efecto catalizador. Ha vuelto a establecerse en Brasil cierto desdén en cuanto a la gravedad de los "pequeños" desvíos que, poco a poco, pueden convertirse en una avalancha.

Eso no ocurre sólo en la economía. En ella, la aceptación entre la opinión pública de un "pequeño" aumento de gastos, en personal por ejemplo, todavía postergable, se apoya en la idea de que "es necesario dar empleos" o de que "sin un gobierno con más funcionarios, ¿cómo atender las necesidades sociales del país?"

En sí, los comentarios serían justificables. Pero la reiteración de prácticas fiscales menos rigurosas, y no sólo en el caso del personal, sino también de las facilidades en la concesión de subsidios a empresas, debilita la vitalidad de un sistema público que nunca estuvo muy controlado.

Dicho así, de manera casi banal, parecería que estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua. Pero atrás de los ejemplos triviales, sin embargo, está la verdadera preocupación: La parálisis del espíritu reformista, la indulgencia con la corrupción, la inversión en la relación entre el "bajo" y el "alto" clero del congreso - o incluso en su identificación con prácticas condenables - vienen a indicar que la vieja cultura corporativista-clientelista está estrangulando el impulso de modernización que se hizo sentir con más fuerza a partir de la implantación del real.

Hoy prevalece una política de concesiones continuas que agrada a los beneficiarios, sean pobres o ricos, siendo fácilmente asimilada y aplaudida. Temo que la fase posterior al real, tal como se está viviendo, encubra un regreso al pasado, en vez de ser un paso hacia adelante en la modernización del país.

Hay señales inquietantes incluso en otro aspecto, crucial para consolidar las ganancias del real o la política de desarrollo económico. Siempre fue una aspiración nacional ver el crecimiento sustentable de la economía. Puedo decir lo mucho que me decepcionaron los efectos negativos de las crisis financieras internacionales en las tasas de crecimiento. Lo mismo le ocurre ahora al presidente Lula, que lamenta la caída de 5 por ciento de crecimiento del año pasado para casi llegar a cero en 2009.

Pero eso es efecto de ciclos y coyunturas. Lo que es independiente de éstos es el "estilo de desarrollo".

Cuando se hace énfasis en el adjetivo "sustentable" no se quiere decir tan sólo que tenga continuidad en el tiempo, pues los ciclos seguirán ocurriendo y afectando las tasas de crecimiento. Quiere decir, eso sí, que no sea predatorio con los recursos no renovables, ni con el ambiente en general.

Ahora, en materia de crecimiento económico, estamos asistiendo en la fase posterior al real a una vuelta al pasado. El espíritu de los años '70, del "milagro económico", de los gobiernos militares, volvió a escena; un "desarrollo productivista" que no busca la compatibilidad entre el crecimiento económico y la generación de nuevas formas de energía, ni mucho menos la restricción de las emisiones de gases con efecto de invernadero. Casi regresamos a la "bendita contaminación" de los años '70, que significaba más fábricas y menos miseria. Si ya en esa época no se justificaba esa visión, ahora aun menos.

Esa captura de lo nuevo con lo viejo, ese renacer en Brasil de una cultura del desperdicio, del patrimonialismo y de la ocupación predatoria del territorio, van aunados a la neutralización de las fuerzas renovadoras, actualmente cooptadas.

Es el caso del mismo Partido de los Trabajadores (PT) que cambió su lucha contra los vestigios del Nuevo Estado en la legislación sindical y la bandera de la ética en la política, por lo que hay de más arcaico en nuestras prácticas políticas. De ahí que hablar de "reformas" pasara a ser políticamente incorrecto y, crecer a toda costa, prueba del éxito.

No quiero ser pesimista, mucho menos ahora en época de celebración. Pero, como advertía el consejero Acácio: las consecuencias siempre vienen después.

Temo, reitero, que la fase posterior al real se esté viviendo como si, asegurada la estabilización, bastara "un palo en la máquina" y el futuro del país estará garantizado. Entretanto, hay mucho todavía por construir y buena parte de eso está en el respeto a las instituciones y en el comportamiento.

Cuando se trata de cambios culturales, si por lo menos no empezamos, vamos a retroceder. Lo ideal sería avanzar mucho más.

(Fernando Henrique Cardoso, sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil del 1 de enero de 1995 al 1 de enero de 2003.)

(Traducido por Jorge L. Gutiérrez)

The New York Times Syndicate
 
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