Suplemento
Cancún, como enamorarse de la vida
Sumerjase en el misterio de los cenotes. Foto: El Sol de México
El Sol de México
14 de julio de 2009


Yazmín Alcántara

Cancún.- Tal como el Veni Vidi Vici, de Julio César y el Citius, Altius, Fortius, de los Juegos Olímpicos, el Sun, Sand and Sex es la máxima sobre la que descansa en un principio el éxito de los centros turísticos de playa. ¿Y por qué no? Uno no va a mirar el sol en todo su esplendor, el mar en su inmensidad, la luna y las estrellas y todo lo demás si no está dispuesto a estar enamorado de la vida.

De eso se trata Cancún, de enamorarse de la vida. Porque en ninguna parte como acá, vida, hay tanta. En ninguna otra parte de México puede usted salir del cuarto de hotel y sumergirse en la creación, en una ola; nadar sobre un arrecife a perseguir peces (y a veces a ser perseguido) o perderse en la jungla en busca de un misterioso y fresco cenote al lado de una pirámide, desde donde bajaron alguna vez, esbeltas vírgenes mayas listas para el chapuzón final. En ninguna parte el sol es más ardiente y la luna más brillante y en ningún lugar el mar tiene tantos matices de azul y verde, ni es tan transparente. Ni tan esplendoroso es el cielo en el crepúsculo y tan lleno de estrellas la noche.

Visitar Cancún es sólo el principio de una gran aventura, Cancún es Isla Mujeres, Holbox, Puerto Morelos, Playa del Carmen, Xcaret, Xel-Ha, Tulum, Punta Allen, Majahual, Xcalak, Bacalar. Más de 400 kilómetros de maravilla. Un paisaje inagotable de vuelta al principio del nacimiento de la tierra. Es donde uno entiende cómo la vida comenzó en el mar, al cual siempre queremos regresar como en busca de nuestra cuna original. Y no hay nada mejor que renacer en estas playas, volver a nuestros orígenes como sorprendidos seres humanos.

Claro, hay muchos hoteles y para todos los presupuestos, gustos y refinamientos, para el placer mundano que se deleita en langosta o se revienta en la disco, o sea ¿no?, antro. Restoranes y hoteles calificados desde una estrella hasta cinco diamantes. Pero en la playa todos andan casi como Dios los trajo al mundo. Y las chicas toples apenas si pescan una que otra mirada indiferente. Ya son tan comunes.

Las mantarayas, las tortugas, los delfines, los peces voladores y hasta los tiburones ballena pueden ser compañeros ocasionales cuando incursionas apenas un poco más allá de la ola más cercana. En época de cría, los cangrejos azules interrumpen el tránsito cuando atraviesan el Boulevard Kukulkán, del manglar a la arena. En varias playas desovan las tortugas y ahí hay empalizadas para protegerlas, casas cuna para los quelonios baby. Unos cuantos desprevenidos que han dormido la mona a orilla de la laguna interior han sido bocado de cocodrilo. También, algunos cálidos y fatales romances en la playa se han visto continuados en el cielo, por un inesperado golpe de ola que se lleva a la pareja al más allá. Más salvaje no se puede poner esto. Y también más urbano.

Después de satisfecer la experiencia de regresar al mexicano primigenio, de saber que todo esto es nuestra tierra; que de aquí se extendieron por miles de kilómetros las escalinatas al cielo que esculpieron los mayas. No hay nada como recobrar el mexicano apetito por las cosas sabrosas de esta tierra: el boquinete Tikinchik, con recaudo rojo a la leña; el cebiche de caracol, mero y camarón; el filete de mojarra o de rubia o una langosta a la parrilla sopeada en mantequilla. Todos se pescan aquí nomás cerquita. Uno puede bucear su propia cena.

Cancún es el nuevo crisol de México. En busca de un lugar mejor se han venido a refugiar, chilangos, chiapanecos, guerrerenses, tabasqueños, veracruzanos, yucatecos, campechanos, cubanos, franceses, gringos, alemanes, italianos, brasileños, argentinos... todos se delatan por el acento. Pero no pasa mucho tiempo sin que se consideren nativos. La vestimenta son: chanclas, shorts, playera, gorra para el sol y lentes oscuros, ah, y una camioneta para cruzar charcos a salvo. Es la moda. Y la vida informal en Cancún. O sea la vida tal cual, en el lugar donde es más fácil vivirla y disfrutarla, ahora sí, que al desnudo. Y es nuestro, nuestro Cancún.