Suplemento
Un día en el Paradisus, Cancún
El hotel Paradisus Riviera Cancún, una de las joyas de la cadena de Hoteles Sol Meliá, a 15 minutos del aeropuerto. Foto: El Sol de México
El Sol de México
14 de julio de 2009
Yazmín Alcántara
Cancún.- Allá afuera, a unos cuantos metros de nuestra habitación, la brillante arena y transparente mar nos invitan a darnos un breve chapuzón bajo el sol tempranero. Recién llegamos anoche. Aquí en la habitación estoy tan cómodo, que simplemente puedo correr las cortinas y disfrutar de la creación y ponerme a soñar en embarcarme en un velerito y perderme en el horizonte. O mejor, me meto en el jacuzzi en la terraza y disfruto de las cosquillas de las burbujas. Justo en eso, cruza lentamente el panorama una vela que navega desplegando sus colores arcoiris.
A esta hora de la mañana, apenas sopla el viento, las olas son mansas, y las palmeras se desperezan poco a poco. La tierra despierta.
Estamos en el hotel (todo incluido) Paradisus Riviera Cancún, una de las joyas de la cadena de Hoteles Sol Meliá, a 15 minutos del aeropuerto y que administra con maestría Ricardo Verdayes, un caballero de la hotelería.
A esta hora, lo más activo es el salón de buffet internacional que es una exhibición de abundantes desayunos. Tenemos apetito. Nada como un buen desayuno a la mexicana. Llegamos al espacioso restaurante, desde todas las mesas se divisa el mar. El menú es inacabable, los platillos mexicanos, en un sabroso colorido y aromático despliegue como para no acabárselo nunca.
Y esto sólo es el principio. A ver si luego, nos vamos a la playa de suaves olas o nos recostamos primero a tomar el sol y observar el ligero aletear de las gaviotas.
¿A cuál de las cuatro albercas? Una para que nade el niño y haga amigos, y nosotros nos vamos a la de adultos, justo al lado del spa de masajes con baños de vapor y sauna. O a la de voleibol. ¿Dejamos atrás el estrés de la ciudad en la sala de relajación? ¿Nos cargamos de energía y escogemos el gimnasio surtido de bandas trotadoras, bicicletas estacionarias, de pesas y máquinas escaladoras? O también podemos remar en el mar, en kayak, intentar windsurfing, o hacer bicicleta acuática, velear, ir al arrecife a hacer snorkel -en una lancha que zarpa ahí, no más de dos veces al día-, y a flotar como si voláramos sobre las maravillosas ciudades submarinas, con su intenso tránsito de peces que se circulan ordenados por color, bajo la vigilante mirada de ciertas barracudas.
Después nos espera una olorosa parrillada a la orilla de la alberca, donde niños y adultos retozan con energía renovada.
De vuelta a la suite, tomamos una siesta después de turnarnos en un relajante baño en el jacuzzi. Siempre queda la noche. Después de la cena en alguno de los restaurantes: el francés, el japonés, mediterráneo, la parrilla al aire libre o el mexicano, podemos escoger quedarnos a ver la variedad en el teatro del hotel o irnos a la agitada vida nocturna de Cancún, a 30 minutos de aquí. O escogemos bailar en el bar abierto y caminar en la playa antes de ir a soñar a la suite.
Esta noche, conforme tomamos rumbo a la playa al final de fiesta, vemos atravesando el parpadeante sendero plateado que la luz de luna riela sobre el mar. A lo lejos, dos grandes cruceros brillando como peces ámbar, pasan uno junto al otro justo debajo de la gran esfera; éste hacia el norte y el otro hacia el sur. Por un momento se funden en una sola luz, luego se separan. Nunca, en ninguna otra parte, jamás se repetirá esta coincidencia extraordinaria. No por nada este edén se llama Paradisus.
Cancún.- Allá afuera, a unos cuantos metros de nuestra habitación, la brillante arena y transparente mar nos invitan a darnos un breve chapuzón bajo el sol tempranero. Recién llegamos anoche. Aquí en la habitación estoy tan cómodo, que simplemente puedo correr las cortinas y disfrutar de la creación y ponerme a soñar en embarcarme en un velerito y perderme en el horizonte. O mejor, me meto en el jacuzzi en la terraza y disfruto de las cosquillas de las burbujas. Justo en eso, cruza lentamente el panorama una vela que navega desplegando sus colores arcoiris.
A esta hora de la mañana, apenas sopla el viento, las olas son mansas, y las palmeras se desperezan poco a poco. La tierra despierta.
Estamos en el hotel (todo incluido) Paradisus Riviera Cancún, una de las joyas de la cadena de Hoteles Sol Meliá, a 15 minutos del aeropuerto y que administra con maestría Ricardo Verdayes, un caballero de la hotelería.
A esta hora, lo más activo es el salón de buffet internacional que es una exhibición de abundantes desayunos. Tenemos apetito. Nada como un buen desayuno a la mexicana. Llegamos al espacioso restaurante, desde todas las mesas se divisa el mar. El menú es inacabable, los platillos mexicanos, en un sabroso colorido y aromático despliegue como para no acabárselo nunca.
Y esto sólo es el principio. A ver si luego, nos vamos a la playa de suaves olas o nos recostamos primero a tomar el sol y observar el ligero aletear de las gaviotas.
¿A cuál de las cuatro albercas? Una para que nade el niño y haga amigos, y nosotros nos vamos a la de adultos, justo al lado del spa de masajes con baños de vapor y sauna. O a la de voleibol. ¿Dejamos atrás el estrés de la ciudad en la sala de relajación? ¿Nos cargamos de energía y escogemos el gimnasio surtido de bandas trotadoras, bicicletas estacionarias, de pesas y máquinas escaladoras? O también podemos remar en el mar, en kayak, intentar windsurfing, o hacer bicicleta acuática, velear, ir al arrecife a hacer snorkel -en una lancha que zarpa ahí, no más de dos veces al día-, y a flotar como si voláramos sobre las maravillosas ciudades submarinas, con su intenso tránsito de peces que se circulan ordenados por color, bajo la vigilante mirada de ciertas barracudas.
Después nos espera una olorosa parrillada a la orilla de la alberca, donde niños y adultos retozan con energía renovada.
De vuelta a la suite, tomamos una siesta después de turnarnos en un relajante baño en el jacuzzi. Siempre queda la noche. Después de la cena en alguno de los restaurantes: el francés, el japonés, mediterráneo, la parrilla al aire libre o el mexicano, podemos escoger quedarnos a ver la variedad en el teatro del hotel o irnos a la agitada vida nocturna de Cancún, a 30 minutos de aquí. O escogemos bailar en el bar abierto y caminar en la playa antes de ir a soñar a la suite.
Esta noche, conforme tomamos rumbo a la playa al final de fiesta, vemos atravesando el parpadeante sendero plateado que la luz de luna riela sobre el mar. A lo lejos, dos grandes cruceros brillando como peces ámbar, pasan uno junto al otro justo debajo de la gran esfera; éste hacia el norte y el otro hacia el sur. Por un momento se funden en una sola luz, luego se separan. Nunca, en ninguna otra parte, jamás se repetirá esta coincidencia extraordinaria. No por nada este edén se llama Paradisus.