Espectáculos
"El Diario de Ana Frank", una historia bien contada
Organización Editorial Mexicana
3 de julio de 2009
Claudia Romero / El Sol de México
Ciudad de México.- Antes de continuar con estas colaboraciones, quiero hacer una aclaración: no soy una crítica de teatro, soy una espectadora con cierto conocimiento de teatro y un gusto muy personal, como cualquier espectador. Manifiesto en el papel mis impresiones con la intención de que quien las lea, vaya a ver la obra, emita sus propios juicios y establezcamos una plática enriquecedora.
Aclaro todo esto, porque no quisiera menguar el poco público que va al teatro; al contrario, pretendo que mis observaciones nos animen a ver más teatro, tanto a ustedes como a los lectores. Fui a ver El Diario de Ana Frank, dirigida por Iona Weissberg. Debo decir que siento cierto aprecio por el equipo que ahí trabaja, así que procuraré ser lo más objetiva posible.
Desde que conozco a Iona, admiro profundamente su facilidad para contar una historia, no importa cuán rebuscado sea el texto. El Diario no es la excepción. Me sorprendieron varias cosas, pero quiero resaltar dos elementos que me parece que son clave en esta puesta en escena. Uno de ellas es cómo abordar un texto que no tiene sorpresas: conocemos el final, porque lo leímos en la secundaria o en la prepa, o nos sabemos la historia aunque sea de oídas; el otro elemento es el manoseado tema de la persecución judía durante la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué hace un director con esto? ¿Cómo darle la vuelta y no caer en el lugar común? La solución me parece brillante: se olvida de que son judíos y, como ya sabemos de qué va, fortalece las relaciones humanas; como en un experimento antropológico, hacina a sus personajes y sin importar credo, eso se convierte en una exposición de los defectos y virtudes de cualquier sociedad puesta en una situación límite. Debido a este planteamiento, deja de ser una obra impregnada de llanto; al contrario, se vuelve muy dinámica, el espectador pasa de la risa a la tensión y a la angustia en segundos. En este sentido, la obra es una montaña rusa de emociones.
Otra característica que vale la pena resaltar es la actualidad del lenguaje y la conexión con los jóvenes: ¿Qué culpa tienen ellos del mundo que les estamos heredando? Nuestros rencores, el daño que seguimos haciendo a nuestro entorno. Una escenografía espectacular y una producción limpia, sin pretensiones. ¿Qué pero le pongo? Bueno, pues la siento larga. Creo que se puede recortar y sería más efectiva.
En fin, me parece acertado al final del camino contar una buena historia.
Ciudad de México.- Antes de continuar con estas colaboraciones, quiero hacer una aclaración: no soy una crítica de teatro, soy una espectadora con cierto conocimiento de teatro y un gusto muy personal, como cualquier espectador. Manifiesto en el papel mis impresiones con la intención de que quien las lea, vaya a ver la obra, emita sus propios juicios y establezcamos una plática enriquecedora.
Aclaro todo esto, porque no quisiera menguar el poco público que va al teatro; al contrario, pretendo que mis observaciones nos animen a ver más teatro, tanto a ustedes como a los lectores. Fui a ver El Diario de Ana Frank, dirigida por Iona Weissberg. Debo decir que siento cierto aprecio por el equipo que ahí trabaja, así que procuraré ser lo más objetiva posible.
Desde que conozco a Iona, admiro profundamente su facilidad para contar una historia, no importa cuán rebuscado sea el texto. El Diario no es la excepción. Me sorprendieron varias cosas, pero quiero resaltar dos elementos que me parece que son clave en esta puesta en escena. Uno de ellas es cómo abordar un texto que no tiene sorpresas: conocemos el final, porque lo leímos en la secundaria o en la prepa, o nos sabemos la historia aunque sea de oídas; el otro elemento es el manoseado tema de la persecución judía durante la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué hace un director con esto? ¿Cómo darle la vuelta y no caer en el lugar común? La solución me parece brillante: se olvida de que son judíos y, como ya sabemos de qué va, fortalece las relaciones humanas; como en un experimento antropológico, hacina a sus personajes y sin importar credo, eso se convierte en una exposición de los defectos y virtudes de cualquier sociedad puesta en una situación límite. Debido a este planteamiento, deja de ser una obra impregnada de llanto; al contrario, se vuelve muy dinámica, el espectador pasa de la risa a la tensión y a la angustia en segundos. En este sentido, la obra es una montaña rusa de emociones.
Otra característica que vale la pena resaltar es la actualidad del lenguaje y la conexión con los jóvenes: ¿Qué culpa tienen ellos del mundo que les estamos heredando? Nuestros rencores, el daño que seguimos haciendo a nuestro entorno. Una escenografía espectacular y una producción limpia, sin pretensiones. ¿Qué pero le pongo? Bueno, pues la siento larga. Creo que se puede recortar y sería más efectiva.
En fin, me parece acertado al final del camino contar una buena historia.