Opinión / Columna
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Enrique Hett
Elecciones no tan decisivas (El mundo al vuelo)
Organización Editorial Mexicana
30 de junio de 2009
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Un campo hizo todo para dramatizar las elecciones. Votar por sus adversarios era equivalente a cavar la tumba del Líbano. El país se volvería el paria del mundo árabe, por haberle dado todo el poder a chiítas fieles a Irán. Bueno, no todo el poder, porque sólo un sunita puede ser primer ministro y sólo un cristiano maronita ser presidente de la República. Pero, la mayoría del parlamento, sí. Se perderían las alianzas occidentales que tanto aportan al desarrollo. Cuando menos al desarrollo de algunas clases sociales y ciertas regiones. Sólo se beneficiaría Siria, considerada por parte de este campo como el enemigo desde hace cinco o seis años.
En cambio, el campo de enfrente no tenía ningún interés en dramatizar las cosas. Hacerlo hubiera equivalido a darle la razón al adversario: admitir que Hezbolá es realmente un peligro para el Líbano. Por lo mismo, en realidad, su líder Hasán Nasralá, no trató de ganar la elección.
Hezbolá no busca el poder. Entre otras cosas, ha sido aleccionado de la suerte poco envidiable de Hamas, cuando se vio claramente que, aunque se gane las elecciones, sí se está estampillado "organización terrorista" marca registrada, se enfrenta a fuerzas que no puede controlar, decididas a impedirle gobernar.
Por otra parte, como partido político, que lo es y de primera fuerza, Hezbolá está limitado por la existencia de su organización militar, también de primera fuerza. Lo cual lo hace incompatible con el ejercicio del poder de Estado. Su objetivo es sólo salvaguardar sus intereses y los de la comunidad chiíta.
Las elecciones que muchos esperaban decisivas, pues no lo fueron y no podía serlo. El resultado fue típicamente libanés: un compromiso. La victoria tan pregonada es muy relativa y, además, aunque esto no resta ninguna legitimidad a los ganadores, la verdad es que los mayoritarios en curules, son minoritarios en votos. La actual oposición obtuvo 150 mil votos más que la mayoría.
Lo que explica este fenómeno es una ley electoral no sólo no exenta de una complejidad propiamente barroca, sino además particularmente injusta: elecciones plurinominales de una vuelta, cuyas listas están basadas en el reparto confesional de los distritos electorales.
Es probablemente imposible que haya en Líbano elecciones decisivas. Y probablemente todo el mundo se felicita de ello, porque es una garantía contra la violencia. Por eso, Saad Hariri, líder de los que ganaron, quien fue elevado al cargo de primer ministro, cuya principal promesa electoral era "arreglar el problema de las armas" de Hezbolá, pues se olvidó de ello. Era sólo una promesa más que no se realizará, que era irrealizable y, en el fondo, todos los libaneses lo sabían.
Lo primero que hizo el señor Hariri fue declarar que era favorable a un gobierno de unidad nacional y luego se entrevistó con el señor Nasralá para ultimar los detalles. Es aquí donde los desacuerdos son públicos y evidentes, y que se sitúa la manzana de la discordia: el poder de veto que tendrá o no la oposición en el gobierno de unidad nacional. Al veto le pueden llamar como sea, pero lo que quiere la minoría es un poder de veto.
Hariri le debe su victoria a una serie de entendimientos históricos, algunos explícitos y otros implícitos, que siempre han hecho que en Líbano la regla mayoritaria no se aplique realmente. Se aplica lo que no pone en peligro los intereses de las comunidades.
Los chiítas son la primera minoría del país, Hezbolá a mostrado varias veces que no busca prevalecer. Pero, está dispuesto a ceder el proscenio, mas no sus propios intereses. Luego, no el poder de veto.
Claro que no es una postura democrática. Pero tampoco antidemocrática, en un país que está lejos de ser antidemocrático, pero que tampoco es realmente democrático.
mehcbv@email.com
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