Opinión / Columna
 
Miguel Angel Ferrer 
No será fácil el olvido
El Sol de México
26 de junio de 2009

  Al paso de los días crece la sospecha de que algo muy gordo se está ocultando en el caso del incendio de la guardería en Hermosillo que mató a 47 niños, todos menores de cuatro años. ¿Se trata sólo de proteger a parientes del poder? ¿O de otorgar impunidad a los amigos que forman el círculo íntimo y cerrado de ese mismo poder? ¿O se trata de algo mucho más grave?

Proteger a parientes y cuates no tendría nada de particular. Digamos que esa es la norma. Para eso están exactamente las procuradurías de justicia: la federal y las estatales. Y esa misma es la tarea del sistema de tribunales.

A veces, ciertamente, dar impunidad total a esos cuates y parientes, sobre todo cuando el crimen cometido es verdaderamente monstruoso, exige poner en práctica las bondades de otra institución maravillosa llamada "chivos expiatorios". Se castiga con cárcel a algunos para, como se dice popularmente, taparle el ojo al macho y a otra cosa mariposa. Hasta que se olvide el asunto.

Pero no será fácil el olvido. El crimen de Hermosillo es algo así como el 2 de octubre en Tlatelolco. O cual el Jueves de Corpus de aquel nefando 10 de junio de 1971. Y no sólo en la monstruosidad del crimen se parecen Hermosillo, Tlatelolco y el 10 de junio de los Halcones. También se asemejan en la diligencia oficial para ocultar lo verdaderamente ocurrido, para borrar las huellas, pare echarle tierra al asunto.

La matanza de Tlatelolco no fue producto de "un zafarrancho", sino un crimen político. Y lo mismo puede decirse del Halconazo del 10 de junio. De esto no hay ni hubo nunca duda razonable. Por eso cabe preguntarse si en la matanza de Hermosillo no hubo solamente, como nos quieren hacer creer, una cadena de errores, negligencias, ambiciones desmedidas, negocios al amparo del poder, incurias, ganancias fáciles, nepotismos y complicidades de altos niveles.

Porque, evidentemente, la matanza de Hermosillo se da en el contexto político de la guerra sucia, de moda desde hace pocos años. Parece que ya no son suficientes las calumnias, los infundios, las injurias, la propaganda negra. Y en este contexto creciente de guerra sucia no es descabellado pensar que a alguien se le haya ocurrido crearle una bronquita al hoy muy girito, aunque desolado, gobernador Bours.

Una bronquita, no una broncota. Pero a veces las cosas se salen de control y se hacen presentes consecuencias inesperadas y a veces trágicas. Tlatelolco se planeó como una redada de líderes estudiantiles, pero el diablo metió la cola. Y el jueves de Corpus debió quedar en una simple paliza a estudiantes altaneros.

El crimen de Hermosillo sería susceptible de perdón si sólo se tratara de un accidente desgraciado. Pero resultaría imperdonable si fue un acto de guerra sucia salido de control.

Y por lo que toca a la impunidad, no es lo mismo proteger a parientes y funcionarios ambiciosos, irresponsables y corruptos que a los autores de un acto de guerra sucia mediáticamente llamativo que derivó en una tragedia inenarrable.

Y como era de esperarse, la investigación del asunto quedó en las mejores manos para ocultar la verdad, para fabricar culpables, para exonerar a quien convenga, pero fundamentalmente para que no se sepa nunca, aunque se sabrá, si se trató de un accidente o si a los estrategos de la guerra sucia esta vez se les pasó la mano.

En un viejo texto, el integérrimo maestro Jesús Silva Herzog decía que el sistema político mexicano se sustentaba en un trípode formado por el PRI, la corrupción y el asesinato. Este último era una forma extrema de la guerra sucia, a la que el país estaba acostumbrado, aunque se sobresaltara cuando ocurría un nuevo asesinato político. Hoy, para nuestra desgracia, la guerra sucia es importada, cotidiana y, se sospecha, sin medida.

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