Opinión / Columna
 
María Antonieta Collins 
El padre Alberto se defiende
Organización Editorial Mexicana
26 de junio de 2009

  Hizo lo que debía: Hablar claro y defenderse. Mejor dicho, escribir claro sin tapujos para que todos lo entendieran y publicarlo a los cuatro vientos. A principio de esta semana había recibido un mensaje de texto que, quien para mí sigue siendo padre Alberto, me enviaba:

"Esta semana continúan las calumnias -me escribió-, en manos de Dios hay que ponerlo todo: le respondí que lo mejor sería que no hiciera comentarios y que dejara todo pasar. Afortunadamente no me hizo caso y siguió mejores consejos: escribir y decirle abiertamente a quienes le cuestionaban y que afirmaban que su boda había sido para cubrir una supuesta relación con alguien de su mismo sexo, que estaban equivocados.

"No soy gay -escribió claramente el padre Alberto-, esto es absurdo. En 22 años de seminarista y de cura nadie puede decir que Alberto Cutié ha estado en ningún tipo de relación homosexual. Siempre me han gustado las mujeres y dudo que eso cambie a los 40 años".

Emilio Estefan dijo ayer jueves que el padre debería utilizar el poder de una demanda judicial que aclarara todas las difamaciones hechas, en una referencia a las afirmaciones de un exproductor del programa de radio de Cutié a la revista TVNovelas USA sobre una supuesta vida sexual oculta del sacerdote y que el colaborador del padre asegura haber presenciado.

Pero la noticia no sólo es él sino su hoy esposa. No puedo negar que para mí es difícil como católica, apostólica y romana aceptar que una mujer cautive a un sacerdote. Le ruego a Dios que ninguna de mis hijas cometa esa falta, cuando hay tanta falta de vocación sacerdotal. Crecí sabiendo, perdón padre, que los sacerdotes no tienen sexo o que por lo menos no deben tenerlo para ninguna mujer creyente. Debo confesar que crecí en colegios católicos y que me traumaticé el día que supe que alguna religiosa del Colegio Clara Aguilera, en Coatzacoalcos, Veracruz, donde cursé la secundaria, años después había abandonado los hábitos y se había casado. Egoístamente pensaba, tal y como fui criada, que ellas y ellos no tenían derecho a hacerlo por los votos que prestaron. Eso es una cosa.

Pero de eso a perder el sentido y prestar atención a las afirmaciones contra la hoy esposa del padre Alberto ¡hay un gran tramo! Que si hizo drogas, que si se las dio al padre, que si tuvo amantes por montón, que si quería mandar a matar, por Dios, ¿a quién le importa eso? El padre ha salido a negarlo enfáticamente, mientras todo lleva a preguntarse honestamente:

¿Qué diferencia hace todo eso en la decisión de Alberto Cutié de dejar la Iglesia y casarse con ella?

¿A quién beneficia tanto hostigamiento? ¿Qué ganamos todos con tanto escándalo?

Verdaderamente, cada día las nuevas menciones llevan más a la reflexión: la línea divisoria entre lo que se dice públicamente y lo que se tiene que probar antes de difamar es indeleble, es decir, se puede borrar fácilmente.

Creo que era tiempo y que es tiempo de que Alberto Cutié diga abiertamente lo que piensa, como lo hizo esta semana, y más aún, que enfrente y defienda, guste o no, a quien es su esposa.
 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas