Opinión / Columna
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Miguel Angel Ferrer
Gratamente sorprendidos
El Sol de México
19 de junio de 2009
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Antes de que se cumplan seis meses de la ascensión de Barack Obama al poder, es ya posible sostener que a pesar de sus finas maneras y de un portentoso aparato mediático que las exalta y magnifica, el presidente de Estados Unidos se comporta más o menos como el troglodita que lo antecedió en la Sala Oval. Y aquí van algunos ejemplos de esa conducta cavernaria.
Para empezar, Obama mantiene hacia Cuba la misma política de hostilidad de los diez mandatarios anteriores, desde Eisenhower hasta Bush hijo, pasando por Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre y William Clinton. Nada de levantar el bloqueo económico contra la isla. Y nada siquiera de atemperarlo.
Nada, tampoco, de reparar la tremenda injusticia cometida en perjuicio de los cinco jóvenes cubanos acusados falsamente de espionaje y conspiración para cometer asesinato que se encuentran prisioneros desde hace once años en sendas cárceles estadunidenses de alta seguridad.
Y es que como parte de sus facultades constitucionales, Obama podría disponer la libertad de los cinco prisioneros mediante diversos recursos, todos ellos legales entre los que destacan: el retiro de los cargos por cuenta de la parte acusadora, la que depende del Poder Ejecutivo, la amnistía y el indulto, entre otros.
Obama también podría atender la oferta cubana de un intercambio de prisioneros: los cinco cubanos al servicio de Cuba presos en Estados Unidos, a cambio de varias decenas de cubanos al servicio de la Casa Blanca presos en la isla. Pero no. Nada que signifique dejar de considerar a la isla socialista como enemigo mortal sólo digno de la más completa destrucción y su posterior trocamiento en la colonia yanqui que ya alguna vez fue.
Barack Obama también podría suspender o cancelar la llamada Iniciativa Mérida, eufemismo para designar el Plan Colombia mexicano, estrategia militar intervencionista en los asuntos internos del vecino al sur del río Bravo. Y podría igualmente desmontar la estrategia antiinmigrantes que encuentran su oprobioso remate en la construcción de muros de acero y concreto en la línea fronteriza y en la criminalización de los trabajadores que buscan en Estados Unidos el empleo que no encuentran en su propia tierra.
También podría el hawaiano suspender los aprestos estadunidenses de derrocamiento del presidente iranio Mahmud Ahmadinejad, lo cual Estados Unidos hizo antes con tantos otros Gobiernos insumisos mediante cuartelazos, como en Chile; invasiones militares, como en Panamá y Yugoslavia; financiamiento de ejércitos mercenarios, como en Nicaragua; golpes de Estado de fachada civil, como en la Venezuela de Chávez; y financiamiento y organización de "revoluciones de colores" y "golpes suaves", como en Ucrania y otras exRepúblicas soviéticas.
¿No podría acaso Obama, si fuera en verdad diferente a sus antecesores, dejar de apoyar al Gobierno de Israel en su política de colonización de territorios palestinos ocupados militarmente y de nuevas conquistas bélicas de suelo palestino?
A estas alturas de su mandato, Barack Obama se revela como un gran fraude. Un gran fraude, desde luego, para quienes ingenuamente pensaron que con este hombre de color en la Casa Blanca podría darse un cambio positivo en la política exterior de la gran potencia. Ah, una legión de desilusionados.
Pero no podemos llamar desilusionados a quienes como Felipe Calderón, el colombiano Álvaro Uribe o el peruano Alan García creyeron, al igual que tantos otros, que Obama representaría un giro hacia la paz, el diálogo, el respeto y la no intervención. Fue un error de cálculo mayúsculo, pero es seguro que no están desilusionados. Digamos que han de estar sorprendidos. Gratamente sorprendidos.
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