Opinión / Columna
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Miguel Angel Ferrer
Tres formas de dar risa o de dar lástima
El Sol de México
12 de junio de 2009
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Los impulsores de votar en blanco o de anular el sufragio dicen que actuar así sería una forma de protestar contra los políticos profesionales, contra las autoridades electorales y contra los partidos. Puede que tengan razón. Pero acaso no hayan pensado que se trataría de una protesta ignota. Una protesta de catacumbas. Una protesta que nadie conocería, salvo el anónimo ciudadano que finalmente opte por votar en blanco o anular el sufragio con una majadería o un voto por la Chimoltrufia.
Y es que a esos propulsores de la protesta de marras se les olvida un dato interesantísimo: que el encargado de contar los votos es el Instituto Federal Electoral (IFE), institución con bien ganada fama de falsear la voluntad popular expresada en las urnas. Y es que el IFE no cuenta. Simplemente inventa.
Vamos a suponer, generosamente, que los votantes en blanco o los anuladores del sufragio logren un millón de boletas electorales anuladas. ¿Quién va a saberlo? El IFE se encargará de ocultarlo.
O puede ocurrir, incluso, que el IFE manipule ese hipotético millón de boletas anuladas y las consigne como votos a favor del PAN. O que muchos miles de votos emitidos a favor del PRI o del PRD o de los partidos chicos los declare como en blanco a anulados. ¿Y cómo le van a hacer los ciudadanos para saber la verdad? ¿Demandando volver a contar voto por voto y casilla por casilla?
Pero parece que a los propagandistas del voto en blanco o anulado también se les olvida que su propuesta ha de servir, en última instancia, para fortalecer a PRI, PRD y PAN. Y así ocurrirá, porque esas tres agrupaciones cuentan con lo que se llama el voto duro. Y los votantes duros no hacen caso de campañitas o campañotas: sufragan por su partido sin importar siquiera quién sea el candidato. O si es hombre o mujer. O si es culto o iletrado.
Los panistas, priístas y perredistas de verdad van a salir a votar, mientras que aquellos ciudadanos que podrían emitir su voto en favor de otros partidos (o sufragar en contra de PRD, PRI o PAN, dándole su voto a uno de los partidos chicos) anularán ellos mismos esa posibilidad.
¿O alguien cree, por ejemplo, que los millones de seguidores de López Obrador van a votar en blanco o a anular su boleta porque así lo ordenan los locutores de la televisión? Para que sufragaran en blanco tendría que pedírselos su mismísimo líder. Y López Obrador está a años luz de cometer semejante estupidez.
¿Y alguien se imagina a Germancito Verdulero llamando a los panistas a anular su voto? ¿O a Beatriz Paredes convocando a sus huestes duras a hacerse el harakiri?
Quienes propugnan el voto en blanco o la anulación de la papeleta electoral podría recordar aquel grito medio desesperado de los argentinos cuando, hartos de la crisis que desembocó en la huida del presidente Fernando de la Rúa y en el "corralito" que congeló las cuentas bancarias de millones de ahorradores, exigían a voz en cuello: "Que se vayan todos". ¿Y qué pasó? Pues que no se fueron. Pedir que se vayan todos (políticos y mandamases) o anular el voto o sufragar en blanco son tres formas diferentes de dar risa o de dar lástima. Muestras palmarias de ingenuidad política y rusticidad intelectual.
En las circunstancias mexicanas, votar no significa elegir. Quien elige o, mejor dicho, designa triunfadores es el IFE. Pero si se vota en blanco o se anula la boleta no queda ni siquiera el recurso de denunciar el fraude electoral. Así que el IFE, pilar de un sistema electoral corrupto hasta la médula, ha de estar de plácemes, aunque hipócritamente diga lo contrario, con la promoción del voto en blanco o anulado.
Si el enemigo nos vence -decía Juárez-, sea, si tal es nuestro destino. Pero dejemos al menos constancia de que nuestro derecho ha sido violado.
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