Opinión / Columna
 
Enrique Hett 
Elecciones sí, cambio no (El mundo al vuelo)
Organización Editorial Mexicana
11 de junio de 2009

  Lo que se pregona como una victoria del campo o "prooccidental" en las elecciones libanesas, no modifica para nada la situación anterior. Si en la precedente Cámara dicha alianza tenía 72 diputados, esta vez obtuvo 71. Y si la oposición "prosiria y proiraní" tenía 56, ahora tiene 57. El peligro es que en la inmovilidad de la composición del Parlamento prefigure la inmovilidad en la vida política libanesa.

Las declaraciones ambiciosas del líder mayoritario Saad Hariri, y las predicciones belicosas del líder político druso Walid Jumblat, se han vuelto afirmaciones de concordia y del deseo de colaboración eficaz entre mayoría y minoría. Por su parte Hasan Nasrallá, el dirigente de la principal formación de oposición, Hezbolá, así como el partido cristiano del general Aoun, admitieron el veredicto de las urnas.

Al parecer, la mayoría no excluye la formación de un gobierno de unidad nacional, pero se opone a dos consensos, plasmados en los acuerdos de Doha de 2008, después de una larga fase de parálisis ejecutiva, manifestaciones y contramanifestaciones masivas e incluso enfrentamientos y muertos.

Dichos acuerdos consagran la exigencia que ninguna reforma o política importante pueda realizarse si una comunidad confesional se opone. Para este fin, la minoría reivindica una tercera parte de los puestos gubernamentales que sea una especie de minoría de bloqueo habilitada a impedir la adopción de una medida a la que esté opuesta. Consagran también el derecho de Hezbolá a conservar su milicia.

La gran interrogante es saber si la mayoría sunita y maronita va a gobernar o si va a concentrar su acción en tratar de obligar a la minoría chiíta y maronita a ceder ambos privilegios. Si elige esta opción, la inmovilidad de la composición del Parlamento es sólo una prefiguración de la parálisis del futuro gobierno.

La oposición difícilmente aceptará renunciar al 30 por ciento con derecho a veto. Parece efectivamente formar parte del consenso histórico libanés de no gobernar contra una comunidad, confirmado en su forma actual por los acuerdos de Doha. Y, la mayoría, difícilmente puede prevalecerse de la regla mayoritaria, cuando que ha aceptado un sistema que está basado en excepciones a lo que en cualquier país se considera un proceso democrático. Excepciones que toman en cuenta la existencia de comunidades confesionales por medio de cuotas a todos los niveles de las instituciones.

Por lo que toca a la milicia del Hezbolá, éste ha declarado que no está dispuesto a aceptar su desarme, sobre la base de que es indispensable para defenderse del vecino israelí, y que es un instrumento necesario de la independencia nacional. Y si no acepta desarmarse, pues nadie lo puede desarmar. No hay en Medio Oriente fuerza capaz de desarmar a una milicia que resistió al principal ejército de la región, el ejército israelí.

Pero no es nada seguro que la mayoría escoja la vía del conflicto y la parálisis. De una manera o de otra, el contexto regional va a cambiar como lo indica la presión ejercida sobre Israel por Estados Unidos. Y, también, la apertura de Obama hacia Irán, que está abriendo el juego político iraní, lo que parece anunciar cambios radicales. Cambios que tendrán obviamente repercusiones benéficas en Líbano.

Lo que sin duda no cambiará antes de algún tiempo es la rivalidad entre chiítas y sunitas, y por ende, el que Irán se sienta el protector de los chiítas libaneses, Arabia Saudita de los sunitas y Estados Unidos de los cristianos y los sunitas. Pero este papel de protector no necesita ser ni agresivo ni armado, puede tomar formas más aceptables y más fértiles. Y con el tiempo, contribuir tal vez a transformar las particularidades del proceso libanés, que es la vanguardia de la democracia árabe, en una democracia como las demás.

mehcbv@email.com
 
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