Opinión / Columna
 
Miguel Angel Ferrer 
"Bien mirado"
El Sol de México
5 de junio de 2009

  Ni las más contundentes demostraciones de los daños a la salud que provoca el tabaco hacen que el fumador deje el hábito. Y lo mismo ocurre con el consumo de alcohol. Cada año, de ambos productos, crece incontenible el consumo en todo el planeta. Y este consumo (o demanda efectiva) genera lógicamente una mayor producción de las mercancías demandadas. Y es que el tabaco y el alcohol son parte de la cultura de las más disímbolas sociedades.

Pues lo mismo acontece con las drogas ilegales: crece su demanda y, consecuentemente, se incrementa su producción y comercio. ¿Es esto tan oscuro, tan ininteligible, tan difícil de captar? Los estupefacientes ilegales, lo mismo que el tabaco y el alcohol, son parte de la cultura de nuestro tiempo. Y de todos los tiempos, porque el gusto por la estupefacción (nombre elegante de la vulgar embriaguez) es un rasgo de la cultura humana a lo largo de la historia.

Al llegar a tierras de Anáhuac, Cristóbal Colón encontró que los naturales fumaban tabaco. De eso hace 500 años. Pero el hombre americano, con una antigüedad (como bien documenta Enrique Semo) de 22 milenios, fumó desde que conoció las propiedades estimulantes del tabaco y pudo producirlo como un fruto más d la actividad agrícola. Y por lo que toca al hachís, hay indicios de su consumo desde hace al menos cinco mil años. ¿Y alguien ignora que en el antiguo Egipto se fabricaban cerveza y vino? ¿Y que la cultura griega es incomprensible sin su culto a Dionisio?

Pero si la demanda de estupefacientes es antigua, también lo es la historia de su prohibición. Penas severas, a veces crudelísimas, no han impedido a lo largo de milenios impedir su consumo. ¿Por qué alguien puede pensar hoy en México que la persecución policiaca y militar ha de ser capaz de reducir el consumo de las drogas ilegales?

Ciertamente, la ignorancia, los prejuicios, la manipulación y la falta de estudio del problema pueden conducir a mentes ingenuas a creer en el camino de la represión. Pero el cálculo político también puede ser una fuerte motivación para incurrir en la represión, a sabiendas de que tal conducta se encuentra destinada al fracaso.

Este es el caso mexicano hoy en día. La pura evidencia estadística revela fehacientemente que ni la más dura represión conduce a la caída del consumo de estupefacientes. Ah, pero si se fracasa en este objetivo, a cambio se logran éxitos políticos.

Éxitos, desde luego, sólo aparentes. Porque no puede ser calificado como éxito gubernamental llenar el país de violencia, sangre y millares de muertos. No puede ser considerado exitoso militarizar el territorio. No puede llamarse éxito al reconocimiento de que los narcotraficantes dominan amplias zonas del quehacer gubernamental. Y no puede ser apreciado como éxito que, como en los viejos tiempos del priato, se eche la culpa de los fracasos represivos propios a los gobiernos anteriores.

La sociedad, quizás, estaría dispuesta a soportar la sangre y el terror si pudiera observar algún avance, alguna pequeña victoria. Pero avances y victorias sólo se ven en los discursos gubernamentales. En la retórica y no en la realidad.

¿Pensará la cúpula gobernante que tiene buena imagen entre la población? ¿O acaso está consciente de que el Gobierno federal panista es mirado por la sociedad como corrupto y, lo que es peor, como ineficaz y fracasado? Y no sólo ineficaz y fracasado, sino también cómplice. Porque se sabe bien que los golpes policiacos y militares no se propinan a todos los cárteles, sino sólo a algunos de ellos. Golpes selectivos, golpes con línea.

De modo que bien mirado, como decía Sor Juana en célebre soneto, no hay éxitos que mostrar. Ni reales ni aparentes. Y bien mirado, el combate al narco "es cadáver, es polvo, es sombra, es nada".

www.miguelangelferrer-mentor.com.mx
 
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