Opinión / Columna
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Javier Oliva Posada
Los procesos políticos no son espontáneos. El voto nulo
Organización Editorial Mexicana
5 de junio de 2009
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La Revolución Francesa, la soviética y por supuesto la casi centenaria mexicana, se pueden explicar en su extraordinaria violencia cuando se consideran la hambruna, la pobreza, la excesiva concentración del poder y la riqueza, así como también la conjunción de una serie de eventos circunstanciales, que reunidos desataron el cambio en la historia de esos países y de la humanidad. El proceso de acumulación de contracciones fue lento y por eso la confrontación inevitable.
En la recta final de los procesos electorales, en donde destacan seis gubernaturas y desde luego la renovación de la Cámara de Diputados, la fuerza que viene tomando decisión ciudadana de anular el voto e n la casilla ha comenzado a generar muy encendidas y polémicas reacciones, sean de representantes de los partidos políticos como de varios opinadotes. Pero en cualquier caso, se ha pasado al lugar común de la descalificación de quien promueve o analiza la posibilidad de manifestar de ese modo su inconformidad que la situación general del sistema de partidos, la utilidad de la democracia, el desempeño de las instituciones y del Gobierno de la República.
Ningún proceso social y político es espontáneo. Debe revisarse la historia reciente, valorar las conductas de las elites gobernantes, analizar los principales indicadores respecto de la calidad de vida y, sobre todo, la capacidad que tienen los partidos políticos para lograr un acercamiento adecuado, constructivo y de visión respecto de la situación y proyecto de nación que cada uno dice representar. En su libro L'acte de vote (Les Press Sciences Politiques, 2008), Yves Déloye y Olivier Ihl precisan que uno de los elementos cruciales por los que un ciudadano puede decidir su sufragio, va en sentido del cómo se conduce y reacciona un partido político ante la agenda que más interesa a la población. Incluso, señalan que para encontrar un vínculo entre representantes y electores, aquéllos deben asumir visibles compromisos aun por encima de las diferencias entre los partidos y sus grupos internos.
¿Cuáles y por qué son los incentivos para que un ciudadano emita su voto por un partido determinado? Más aún, en una coyuntura específica como lo es cualquier proceso electoral, la aceptación o rechazo a un partido político y o a un candidato es un motivo de elección. Ya hemos tenido experiencias nacionales y locales al respecto. Pero sin duda, uno de los electos determinantes para que la ciudadanía acuda a la cita el 5 de julio radica en tres aspectos principales: el primero, con la consistencia entre el discurso de democracia y la capacidad de cada partido político para procesar los naturales conflictos en la lucha de los grupos por las candidaturas. Segundo, la clara definición programática y de propuestas, avaladas por gobiernos propios y que en el ejercicio de la administración pública demuestran que son la opción. Tercero, la calidad de las campañas, las propuestas difundidas y el perfil de los candidatos.
Ahora pasemos al contexto. Desde 2000, la catástrofe nacional de la administración (que no gobierno) de Vicente Fox se ha sumado a una inercia que dosifica la toma de decisiones desde el Gobierno de la República. A eso debe adicionarse la capacidad de respuesta, la precisión y la oportunidad en la generación de leyes y programas para atender el desempleo y la mundialmente conocida inseguridad en México por parte de los poderes Judicial y Legislativo. Por eso, no hay lugar a dudas: la protesta ciudadana viene siendo un referente que candidatos, dirigentes y representantes de los partidos políticos, así como todas las oficinas de funcionarios públicos y jueces, antes de descalificarla debieran reflexionar y valorar en qué y por qué han fallado, o bien, qué les ha faltado hacer.
javierolivaposada@gmail.com