Opinión / Columna
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Alto Poder
Manuel Mejido
30 de mayo de 2009
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Más allá de cualquier engendro kafkiano, la partidocracia mexicana del siglo XXI engendró un "animal político", cuyas cualidades son el mimetismo, la rapacidad y la ambición. Son rastreros. Desconocen la honradez. Adolecen de principios y valores. Esperan el momento adecuado para atacar al adversario hasta desollarlo.
Esa nueva especie, se incubó durante el priísmo neoliberal y tecnócrata de las últimas décadas del siglo pasado. Logró corroer al sistema tricolor hasta colapsarlo. Ahora, transmutó y cohabita lo mismo en las nuevas corrientes ideológicas del PRI que en el PAN, el PRD, Convergencia, Verde Ecologista, Nueva Alianza o cualquier otro partido. Buscan la manera de vivir del sistema que ellos mismos destruyeron.
Cuando esos "animales políticos" son descubiertos en algunas de sus sinvergüenzadas, se ven envueltos en el escándalo mediático (acusados de ladrones, corruptos o asesinos), pero nada les impide seguir, desde las sombras, con sus rapacidades. Aprovechan la corta memoria histórica colectiva, desaparecen un tiempo para regresar protegidos por un alo de "injusticia cometida en su contra" en el pasado y se encubren con un nuevo linaje, o filiación partidista, para limpiarse de toda culpa y asegurarse impunidad.
El pueblo mexicano, más preocupado por la manera de conseguir un ingreso extra para paliar el hambre de su familia, encontrar un empleo, asegurarse una pensión para la vejez, adquirir una vivienda digna o de sacar dinero para que los hijos no interrumpan sus estudios, no advierte que sobre ellos vuelan esos buitres.
Para protegerse, los mutantes políticos presumen de liderazgo popular, que sostienen con amenazas o ignorando la voluntad de sus representados. También cuentan con inmensas fortunas (de orígenes tan turbios y vergonzosos como ellos mismos), que utilizan para asegurar silencios y comprar honorabilidades.
Con tal de retener una gubernatura, arrebatársela a la oposición o tener mayoría en los Congresos, los presidentes de los partidos pactan con esa nueva raza, sin comprender que al aceptarlos entre sus militantes o candidatos encubren a la especie que hizo de México, lo que actualmente es: una nación de pobres e ignorantes sin esperanza.
* De la represión a la comprensión ciudadana
Cuando ser salinista era el mejor de los atributos que podían tener los políticos o funcionarios públicos, entre el 18 de noviembre de 1991 y el 15 de julio de 1993, David Garay Maldonado ocupó la Dirección General de Reclusorios y Centros de Readaptación Social, con Manuel Camacho Solís como regente.
Durante ese periodo negro de la historia, en las cárceles de la Ciudad de México se vendía alcohol y drogas que eran repartidos por los custodios en canastos y los sobornos a las visitas para ingresar a los centros penitenciarios eran excesivos.
Una de las primeras recomendaciones emitida en 1993 por la entonces naciente Comisión Nacional de Derechos Humanos, obligó a Salinas de Gortari y a Camacho Solís a despedir al director de los reclusorios por abusos cometidos por las autoridades carcelarias en contra de los reos y por las imparables fugas en los centros penitenciarios.
Posteriormente, Garay encontró acomodo como asesor en la regencia de su amigo Manuel Camacho, cargo que no requiere exhibición pública, por lo cual se alejó de los reflectores. Años después, logró mimetizarse para encajar en el zedillismo, donde le fue asignada la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México, gracias a su amigo y cómplice, el encarcelado y excarcelado Óscar Espinoza Villarreal.
La tarde del jueves 28 de mayo, de 1996, un grupo de maestros oaxaqueños se manifestó en las calles de la Ciudad de México en demanda de mejoras salariales y de condiciones laborales. El objetivo era plantarse a las afueras de Los Pinos, aunque Ernesto Zedillo se encontraba de gira fuera del país.
Sobre avenida Chapultepec, antes de llegar a la residencia oficial, los profesores fueron interceptados por un agrupamiento de granaderos que golpearon a los manifestantes, dejando 48 civiles heridos, según cifras oficiales. Ese fue el último abuso de autoridad que permitió el entonces presidente Ernesto Zedillo al secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal: David Garay Maldonado, durante la regencia de Óscar Espinoza Villarreal.
El argumento ofrecido por las autoridades al pueblo, tres días después de lo ocurrido con los representantes del magisterio oaxaqueño, fue que Garay Maldonado se había extralimitado en el uso de la fuerza pública al reprimir a los inconformes.
* Aulas escolares, como jaulas de animales
Para curarse de toda culpa, Garay Maldonado se escondió en las aulas de las más prestigiadas universidades públicas y privadas. Dio cátedra en seguridad, Derecho Penal, Administrativo y Fiscal en la Iberoamericana, la Anáhuac, el Tecnológico de Monterrey, la UAM, la mexiquense y la UNAM.
En octubre de 2005, el gobernador Enrique Peña Nieto lo revivió al nombrarlo presidente del Comité Estatal del Consejo de Participación Ciudadana en Materia de Seguridad Pública del Estado de México y el 3 de octubre del año pasado le asignó la Dirección General del Centro Estatal de Estudios sobre Seguridad y Desarrollo Policial. También ocupa el cargo de comisionado de la Agencia Estatal de Seguridad (ASE), desde donde promueve la recuperación de armas del pueblo y meter la mano en los recursos destinados a la seguridad pública.
La semana pasada, Garay Maldonado reapareció ante las Cámaras para invitar a los civiles mexiquenses a entregar las armas que tienen en sus casas a cambio de vales de despensa, electrodomésticos o computadoras. Tal parece que las autoridades quieren desarmar al pueblo para evitar que se defienda de los delincuentes y narcotraficantes.
Una transmutación que afectó gravemente a la izquierda mexicana fue la de José Guadarrama Márquez, expriísta y actual senador perredista, que en las elecciones de 2006 ganó su curul en las urnas, por el estado de Hidalgo.
Cuando estudiaba en la Normal del Mexe, Hidalgo, en 1973, José Guadarrama renunció a la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México para aceptar la postulación a presidente municipal de Jacala, su tierra natal.
En una década caracterizada por los frecuentes movimientos sociales, Guadarrama Márquez dejó la alcaldía en medio del escándalo acusado de ladrón. Para 1975, encontró acomodo en el Gobierno de Jorge Rojo Lugo quien lo nombró líder de la Liga de Comunidades Agrarias. Fue diputado federal de 1979 a 1982, desde donde se integró al equipo de Guillermo Rosell de la Lama, quien, al ganar la gubernatura, lo designó director de Gobernación bajo las órdenes de José Antonio Zorrilla Pérez.
Como dirigente del Frente Campesino Zapatista, a Guadarrama Márquez se le acusó de peculado por 300 millones de viejos pesos, además de estar coludido con el narcotráfico. La CNDH, en 1991, emitió una observación para castigar a los responsables de los asesinatos de Gilberto y Armando Camacho López y de Ramiro Márquez Salas, todos militantes del recién formado Partido de la Revolución Democrática.
* Poco importa la honra con tal de ganar votos
José Guadarrama fue señalado como el asesino de los perredistas, pero no logró ser enjuiciado porque para 1991 era diputado federal por segunda ocasión y gozaba del fuero constitucional. En 1998, su ambición por ser gobernador lo hizo enfrentarse a Jesús Murillo Karam, que apoyaba abiertamente a Manuel Ángel Núñez Soto para sucederlo en el cargo.
El hidalguense, también ayudó a candidatos priístas en algunos procesos electorales estatales, para asegurarles el triunfo en las urnas.
Con resentimiento, José Guadarrama buscó cobijo en otro partido y lo encontró. En 2004 el PRD, que durante años lo responsabilizó de las desapariciones de sus militantes durante el salinismo, lo postuló como candidato a la gubernatura, con el único fin de no quedar como la tercera fuerza política en el estado.
Cuando discutían entre aceptarlo o cerrarle la puerta del partido del Sol Azteca, Carlos Sotelo, entonces secretario de Ciudades y Gobiernos Municipales argumentó que "Las acusaciones no están probadas". Ahora, Guadarrama Márquez ocupa un lugar en la bancada perredista en el Senado de la República.
Otra mimetización igual de vergonzosa fue la Francisco Gil Díaz, que pasó del tricolor, partido al que se registró en 1979, al albiazul, cuya militancia inició en el 2000, cuando el foxismo era la corriente política de moda.
Gil Díaz inició su carrera en el servicio público como subsecretario de Ingresos, durante el sexenio de Carlos Salinas, cuando Pedro Aspe Armella se encargaba de la hacienda pública. Estando en ese cargo, creó la empresa Integradora de Servicios Operativos (ISOSA) que, mediante adjudicación directa, se encarga hasta la fecha del manejo de las aduanas de todo el país y que, por seguridad nacional, deberían ser administradas por Hacienda.
Al entrar Zedillo, Francisco Gil se dedicó a la docencia en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, propiedad del empresario Alberto Bailleres.
Entre 1997 y el 2000, poco antes de ser llamado por los "headhunters" (cazatalentos) foxistas, Gil Díaz era director general de la compañía telefónica Avantel, de Roberto Hernández y expropietario de Banamex.
Cuando Francisco Gil fue titular de la Secretaría de Hacienda, decidió anular el contrato de servicio telefónico a Carlos Slim (enemigo de su protector Roberto Hernández) y contratar a Avantel, a pesar de no contar con la infraestructura de Telmex.
Como secretario de Hacienda, autorizó la transacción de compra-venta de Banamex a la estadunidense Citigroup, al través de la Bolsa Mexicana de Valores, con lo cual defraudó los ingresos públicos por la evasión de impuestos, que causó un daño al erario estimado en 35 mil millones de pesos.
Para desgracia del pueblo, el pasado 30 de octubre venció el plazo legal para que Francisco Gil sea investigado por el caso Banamex, por haber prescrito el delito. Actualmente, es director de Telefónica, asesor independiente de la Bolsa Mexicana de Valores (ahora dirigida por su cómplice Luis Téllez Kuenzler, otro mutante del priísmo) y del banco inglés HSBC.
Lamentablemente, esta especie no está en extinción y se reproduce cuando se aproximan los procesos electorales. Lo mismo ocurre en todos los partidos, sólo falta que el pueblo aprenda a reconocerlos y los repudie en las urnas.
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