Opinión / Columna
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Enrique Hett
Entre la espada y la pared (El mundo al vuelo)
Organización Editorial Mexicana
30 de mayo de 2009
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Escalada de amenazas el viernes: Corea del Norte lanzó un nuevo misil de corto alcance envuelto en declaraciones agresivas y amenazas de muy largo alcance. Fue su reacción a la decisión de Corea del Sur de adherirse al psi (Programa de Seguridad contra la Proliferación), violando, según Pyongyang, el armisticio que puso fin a la guerra entre las dos coreas.
A su vez , Corea del Sur y Estados Unidos elevaron su nivel de alerta. Sin embargo, Washington explicó que no tenía ninguna intención de atacar a Corea del Norte. El Consejo de Seguridad hizo saber que había que reaccionar, incluso imponiendo nuevas sanciones a Pyongyang. Pero nadie parece tener prisa.
Todos saben que las acciones norcoreanas son gesticulaciones más que amenazas efectivas. Claro que, aunque nadie parece sobreestimar el nivel de amenaza, nadie lo subestima, porque Pyongyang está chantajeando, y todo chantaje es susceptible de degenerar.
En realidad, la víctima de todo esto, es China. Es la potencia regional y había emprendido una política de apertura moderada para obtener la desnuclearización de su vecino. Con esta reacción agresiva, Pyongyang ha mostrado que China tampoco lo controla. No es la primera vez. China evita toda política de fuerza para impedir la caída del régimen, no sólo por temor de un flujo masivo de refugiados, sino también para evitar la reunificación de las dos coreas, que haría de un país pro estadounidense, un vecino limítrofe.
Pero, no hay peligro de guerra. Pyongyang sabe bien que puede causarle mucho daño a su vecino del sur y eventualmente a Japón, pero que perdería rápidamente una guerra convencional o sería destruido si recurriera a armas nucleares. No es un país fuerte, ni trata de dominar o conquistar a sus vecinos, es un régimen que lucha desesperadamente por sobrevivir. Y en materia de sobrevida, puede darle lecciones a cualquiera. Es un régimen que ha fracasado en todo, excepto someter y hambrear a su propio pueblo, fabricar armas nucleares y misiles, y sólo una capacidad excepcional de sobrevida puede explicar que aún exista.
Sobrevida del régimen y no sólo del dictador. Ha habido filtraciones sobre una enfermedad de Kim Jong Il y/o de sus dificultades para imponer una sucesión de tipo dinástico. Todo ello habría provocado un vacío del poder, llenado por los militares. Aparentemente, fuera tal vez de endurecer un poco más la política norcoreana, esta eventualidad no cambia gran cosa.
Ya sea debido a problemas internos, o al temor de que Obama no los atienda o les exija reformas, los norcoreanos parecen estimar nuevamente, contrariamente a su política de 2007, que es preferible obtener menos ayuda con métodos agresivos, que más asistencia ligada a una obligación de apertura que amenazaría su sobrevida.
Es el dilema de Pyongyang: para mejorar su situación tendría que adoptar una política de apertura que resultaría suicida, dado que con ella, a mediano plazo, perdería el apoyo de su pueblo, porque éste ya no tendría miedo el exterior. La agresividad, que provoca amenazas de represalias, mantiene el clima de temor pero mengua considerablemente los indispensables aportes del extranjero.
En realidad, todos los protagonistas de esta situación están entre la espada y la pared. China, entre impedir que norcorea mantenga una política agresiva que daña su prestigio y evitar la caída del régimen. Corea del Sur trata de evitar la reunificación, pero no puede permitirse consolidar en su frontera norte un régimen que lo amenaza. Estados Unidos preferiría dejarle a China un problema en el que no tiene nada que ganar, pero, si quiere ser una potencia global no puede desinteresarse de un problema nuclear.
Así, nadie hace gran cosa, los problemas subsisten y el régimen también.
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