Opinión / Columna
 
María Antonieta Collins 
Perdón, Ingrid, perdón
Organización Editorial Mexicana
22 de mayo de 2009

  Quedé noqueada emocionalmente varios días, luego de enfrentarme con el supuesto video de Ingrid Betancourt que circula estos días por la internet. En realidad no pude resistir más de unos cuantos segundos de las imágenes que primero cruzaron los límites de la pornografía para ir hacia el sadismo y la degeneración de los terroristas de las FARC cuando la tenían cautiva, y la violaron sin misericordia y en forma múltiple.

Hasta antes de ver escasos segundos deleznables que mi vista pudo soportar, y que me hicieron detener de inmediato aquel video doméstico, yo había sido una crítica de la forma en que Betancourt se encaminó hacia su secuestro, pero también como millones festejé su liberación y pensé en su madre y familia, sólo que los descubrimientos frívolos nos ganaron las ganas de escribir sobre esa mujer, que de ser la que estaba en el video, merece el respeto más grande, por sobrevivir a aquella jornada donde hombres que ni siquiera pueden compararse con la más desalmada de las bestias, la violaron repetidamente poniéndola al borde de la muerte.

De ser ella, y si no lo es, -también por las dudas- no vuelvo a tomar en cuenta ninguna trivialidad, que toda aquella infamia sufrida bien podría estar escondida tras el rostro con la sonrisa de Mona Lisa que da validez al rosario hecho en la selva y que todavía luce enredado en la muñeca, como recuerdo del tiempo en que la oración era su fortaleza.

En un momento pienso también en algo que invita a la reflexión: ¿Y si no es ella, entonces quién es? Si no lo fuera, no importa, porque entonces lo trágico y realista es que una mujer anónima, quizá guerrillera, pero mujer de carne y hueso estuvo envuelta en semejante acto barbárico grabado en video por los degenerados y cuya reproducción debía detenerse, contrario a lo que sucede de difundirla ampliamente por todo el mundo. Nadie, con un gramo de salud mental puede pensar que aquello es para que alguien lo vea sin la repulsión instantánea que produce.

Así que si ahora Ingrid Betancourt se la pasa por Miami gozando de la "dolce vita" ¡Bien por ella! Si se retrata con el novio bañándose en la playa y haciéndose arrumacos, también ¡me importa un soberano comino! Si Ingrid decide lo que se le antoje con su divorcio de Juan Carlos Lecompte, ¡Que lo haga! Que pocos seres humanos siguen respirando luego de aquella tortura que merece ser denunciada ante la Corte en Ginebra para que sus violadores sean acusados de crímenes de lesa humanidad.

Hoy entiendo las miradas de tristeza y el sentimiento de poner entre aquello sucedido en la selva y su vida actual, una muralla tan grande como la china para que nada de lo vivido pueda mezclarse con lo que hoy tiene ganado a pulmón.

Desde que vi los segundos terroríficos tampoco puedo separar a Clara Rojas de mi mente, pero como con Clara, la posición de la prensa ha sido solidaria con su dolor de madre, es que hoy digo y repito: perdón Ingrid, perdón por todo lo que te han hecho, que en verdad hoy nadie puede reprocharte nada.

Sólo me queda algo, y es desear que la grabación sea falsa y ningún ser humano deba sufrir semejante y brutal vejación.
 
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