Opinión
Fernando H. Cardoso
Comentario: una nueva trama

El Sol de México
10 de mayo de 2009

De vez en cuando, la historia les juega una partida a sus principales protagonistas. Pero también a veces, éstos son capaces de reescribir la trama para salir de apuros. Hasta ahora, ése ha sido el caso del presidente estadunidense Barack Obama.

Al principio de su campaña por la Casa Blanca, eran pocos los que apostaban por él. Victorioso, entró en escena como un César negro, lleno de ánimos y de promesas. Pero el escenario y el libreto no podían haber sido peores: recibió la herencia del presidente George W. Bush, con sus guerras, su arrogancia y su déficit fiscal y, todavía más, fue electo en medio de la vorágine de una crisis financiera global.

En sus 100 primeros días, Obama ha conseguido rediseñar el cuadro. No que haya hecho milagros con la economía, pues eso no existe. Pero ha tenido la sabiduría de emitir las señales que se esperaban, ejerciendo un liderazgo moral en el mundo.

Para apoyar sus medidas, empezó cumpliendo lo prometido. Envió al congreso una propuesta presupuestaria audaz, en la que reafirma sus compromisos en la delicada área de la salud pública y con la atención puesta en la clase media y los más pobres. Y se dedicó a la construcción de un itinerario internacional para restablecer la confianza.

Comenzó por nombrar a su exrival, Hillary Clinton, como secretaria de Estado, demostrando seguridad y buen cálculo político. Designó como enviados especiales a las regiones más delicadas del mundo a personas de diálogo. Se dirigió a Irán sin rodeos; empezó a distanciarse de los halcones del Medio Oriente; no tuvo miedo de las caretas en América Latina y dio pasos, si bien tímidos, para descongelar sus relaciones con Cuba. No es poca cosa.

Es cierto que, en la respuesta a la crisis, el gobierno de Obama se ha mostrado más tímido que en la escena política.

En un encuentro a principios de abril en Nueva York con Georges Soros -que apoyó a Obama mucho antes de que pareciera capaz de vencer en las primarias- le pregunté cómo veía el inicio del gobierno.

No titubeó: Todo marcha muy bien pero todavía es tímido en la contención de la crisis y, quién sabe, todavía está muy influido por quienes reducen el mundo a Wall Street. Hasta ahora, la meta ha sido quemar reservas de confianza financiando, a costa del futuro, cualquier bache financiero que surja.

Podría dar resultado, pero el precio (lo digo yo, no Soros) será un horizonte inflacionario, una presión en las tasas de intereses para evitar el desmoronamiento del dólar y un "freno y siga" en la economía, que crece un trimestre y patina al siguiente.

Como el artista es competente, para rediseñar el cuadro quizá deba proyectar un futuro de mayor confianza y paz, a despecho de las dificultades económicas.

El encuentro del Grupo de los Veinte en Londres fue auspicioso. Desde la época de las crisis financieras de los años 1990, yo he estado insistiendo en lo mismo: el Fondo Monetario Internacional es más débil que fuerte, e inoportuna con sus condicionalidades debido a que no tiene recursos de imaginación y dinero para rescatar a quien lo necesite; el Banco Mundial tiene menos recursos que el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDES); las organizaciones financieras internacionales, de internacional sólo tienen el nombre pues el proceso de decisiones está concentrado en manos de unos cuantos, cuando no de uno solo, y así sucesivamente.

Ahora éste es el discurso de todos. Y lo que es mejor: Empiezan a ponerse en práctica las políticas de transformación, si bien todavía no en lo esencial, que sería compartir el poder de decisión. ¿Será que Obama tendrá la grandeza y las condiciones para quebrar el "espíritu de Wall Street" y dejar en claro que el mundo es mucho más que un mercado?

Las señales iniciales fueron auspiciosas, repito. Pero es necesario más. La encrucijada que abrió para el mundo la crisis financiera tiene más de dos caminos.

Uno de ellos ciertamente sería suicida, el del cierre de las economías, el aumento del proteccionismo, la creencia en demagogos patrioteros y autoritarios como ocurrió después de 1929 y como, ingenuamente y con el prisma invertido, parecen creer algunos líderes regionales.

Pero también iría por mal camino la pura reconstrucción del orden que ardió en llamas con la crisis, del fundamentalismo del mercado y la arrogancia unilateral en la política exterior.

Es muy cierto que para la construcción de un orden mundial mejor (a ver si, con realismo, es posible otro mundo) no basta con quererlo ni basta con que el líder del país más poderoso lo desee. Es necesario que muchos lo quieran, que haya sensatez en el querer y que se abran las condiciones económicas para una ganancia compartida.

En este punto entran las posibilidades y las dificultades para Brasil. Nunca como hoy -diría el Presidente, en este caso con razón- hubo tan buenas condiciones para que los países emergentes alcen la voz. Pero esta voz debe ser al mismo tiempo firme y sensata, un poco maliciosa, esperanzada pero no utópica.

El ejercicio de compartir el liderazgo puede empezar en nuestra región. El Mercosur es un buen ejemplo de área de la política exterior en la que un rumbo claro es requisito para evitar su congelamiento en la irrelevancia. Que representa un avance, es cierto, pero que está patinando es más cierto todavía.

Y no sólo eso.

¿Para qué tantas declaraciones políticas conjuntas en la región si no hay convergencias reales?

¿Para qué, en una ingenua precipitación de "surismo", crear bancos latinoamericanos nuevos si los antiguos ya están de sobra?

Y, ¿no sería hora de reforzar el compromiso democrático de Brasil sin restringirlo a nuestras fronteras?

En otro plano, ¿cabe recibir en estos momentos a un líder que desperdicia la oportunidad de una paz con respeto y dignidad -que merece el mundo islámico- sin una palabra de amistad, pero también de crítica a la ofensa hecha a la memoria de quienes fueron asesinados?

Las señales emitidas por Obama abren caminos para que haya mayor relevancia. Lo que se ha hecho en Brasil en los últimos 20 años en la reconstrucción del orden democrático y económico, en la construcción de políticas capaces de aliviar la pobreza, etcétera, nos acreditan como participantes en la reconstrucción del orden mundial.

Pero aquí, como en Estados Unidos de Obama, tal vez en sentido inverso, la falta de palabra bien puesta en la hora decisiva puede disminuir las posibilidades de éxito en esta empresa que no es de uno solo, sino de muchos.

(Fernando Henrique Cardoso, sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil del 1 de enero de 1995 al 1 de enero de 2003.)

(Traducido por Jorge L. Gutiérrez)

The New York Times Syndicate
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