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Opinión
![]() Miguel Angel Ferrer
El exregente cuenta cómo salvó la vida
El Sol de México
1 de mayo de 2009
Si, como dice cualquier diccionario, pandemia es una epidemia que se ha extendido a muchos países, entonces no hay duda que la presente epidemia de influenza se ha convertido en una pandemia. Algunas de esas naciones en que ya se han dado casos confirmados de gripe (o influenza) son Estados Unidos, México, España e Inglaterra. Pero son muchos otros los países en que se sospecha fundadamente que ha llegado el virus productor del flagelo: Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur e Israel.
Ocurre, sin embargo, que en México ha habido 159 fallecimientos, en tanto que en las otras naciones la mortalidad ha sido nula o casi nula. Esta disparidad en el número de fallecimientos obliga a inquirir sobre las razones de este comportamiento verdaderamente atípico en una pandemia. Hace unas cuantas horas, Manuel Camacho Solís, personaje público bastante conocido, contó a los lectores del diario en el que semanalmente escribe un artículo, su propia experiencia como víctima de una infección de influenza. Y pienso que de la lectura de ese texto se puede extraer la razón del dispar comportamiento de la mortalidad por esta patología, a la que se ha dado en llamar influenza o gripe porcina. Camacho contó que comenzó a sentirse enfermo y a sufrir fiebre de más de 38 grados, escalofríos y total inapetencia; que ese malestar se prolongó por 24 horas; que esa persistencia lo decidió a inyectarse un antibiótico potente con el cual no mejoró; que la continuación más o menos agravada de los síntomas lo condujo al consultorio de un médico muy calificado en el hospital Inglés; que este facultativo le diagnosticó de inmediato influenza; que en seguida se llamó a un neumólogo; que éste ordenó una serie de estudios: pruebas de sangre, radiografías, tomografía, suero, medición de la capacidad respiratoria (la que había descendido a sólo el 50 por ciento); que inmediatamente le prescribieron un antiviral; y que, finalmente fue internado en una sala de terapia intensiva en la que recibió más tratamiento antiviral en combinación con medicamentos antibacterianos. Cuenta el exregente de la ciudad que el especialista a cargo del tratamiento le dijo ante una evidente mejoría del cuadro infeccioso: "Empiezo a estar más tranquilo. El antiviral es una maravilla, pues en sólo 12 horas ya está haciendo efecto". La breve historia terminó felizmente: Manuel Camacho salvó la vida. Contó con todos los recursos de la ciencia necesarios en este tipo de casos: médicos, medicinas, atención hospitalaria eficiente y a tiempo y estudios de laboratorio. Me parece que los 159 fallecidos de influenza en los hospitales públicos mexicanos no contaron con los mismos recursos que, afortunadamente, a Camacho le salvaron la vida y le devolvieron la salud. Así que, como enseñaba el viejo Karl Marx, la base de toda situación social es la economía. Mientras que en países ricos la mortalidad por influenza es nula, en una nación pobre como México la gente muere por falta de atención médica, y no propiamente por causa de la patología de que se trate. Y si a la pobreza innegable de nuestro país le agregamos el abandono en que las políticas económicas neoliberales han sumido a las instituciones de salud públicas, la explicación de los distintos comportamientos de la mortalidad por influenza que vemos entre México y las naciones ricas se hace más clara y contundente. "Infancia es destino" -decía el sabio mexicano Santiago Ramírez-. Y posición económica y social también -podríamos agregar nosotros-. Pero la diferencia de fortunas puede salvarse mediante un buen sistema de salud pública y de seguridad social. A todos nos convendría no olvidarlo en las presentes circunstancias. Y tampoco en lo futuro. www.miguelangelferrer-mentor.com.mx Columnas anteriores
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