Opinión
Fernando H. Cardoso
¿Finalmente la luz?

El Sol de México
12 de abril de 2009

La reunión del Grupo de los Veinte fue recibida con alivio. Finalmente, los líderes mundiales empiezan a ponerse al paso. Fue necesaria una crisis de esta gravedad para despertarlos a la naturaleza de la cuestión: Hay un descompás en el plano mundial entre las formas institucionales y el mercado.

Desde hace mucho tiempo se sabía. En los años 90, cuando empezó a sentirse con fuerza la globalización financiera, ya se había localizado el problema: La falta de reglas internacionales más objetivas complicaba la situación de varios países que, eventualmente, no tuvieron nada que ver con el detonador de la crisis. Desde entonces no han faltado voces aisladas que piden una reordenación global, no sólo del mercado, sino también de las instituciones financieras y de su regulación.

También se pedía una reordenación comercial (véanse los esfuerzo de la Ronda de Doha), la reordenación de las políticas del medio ambiente (el Protocolo de Kyoto), la reordenación bélica (con el empeño en los tratados de No-Proliferación Nuclear y el Control de la Tecnología de los Mísiles), la reforma del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y así sucesivamente. Incluso los esfuerzos globales por reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida fueron objeto de acuerdos que desembocaron en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aprobados por la ONU en 2000.

Todo esto avanzó a paso de tortuga, pues no es fácil complementar las acciones que se deben dar en el plano nacional con las que son de otra naturaleza y dependen de reglas y decisiones globales. Desde Kant sabemos que la paz universal requiere de un derecho universal. ¿Por qué las finanzas escaparían de esa condición?

Pero también sabemos que el fracaso de la Liga de las Naciones, si no fue responsable de la Segunda Guerra Mundial, sí abrió el espacio para que la crisis de 1929 despedazara al mundo en aislacionismos proteccionistas y, al final, en guerras de conquista. Fue por su visión generosa de paz y prosperidad por lo que Roosevelt cedió tanto ante los soviéticos, como se ve en su correspondencia con Stalin durante la guerra. Él quería construir la ONU manteniendo a la Unión Soviética comprometida con el orden global. A pesar de la Guerra Fría y de tantas vicisitudes más, la ONU evitó una guerra mundial.

Hoy en día, ante la imposibilidad de los Estados nacionales de controlar la crisis financiera, el refuerzo del orden global empieza a cobrar impulso. Hasta ahora, con la impotencia de las instituciones de Bretton Woods para enfrentar la marejada de bienes tóxicos desperdigados por todo el mundo, lo que vimos fue al Banco Central y a la Tesorería de Estados Unidos inyectando recursos por trillones de dólares para irrigar al sistema bancario.

Los resultados, sin embargo, han sido magros hasta ahora. El mercado sigue amortiguado por el temor de los bancos a conceder nuevos préstamos y por la preferencia de los posibles deudores por resguardarse. Se desea un préstamo cuando ya se está quebrado.

Los europeos, con los ingleses a la vanguardia, fueron más prudentes e inyectaron capital en los bancos, asumiendo parcialmente su control.

Consecuentemente surgió un cisma que podría paralizar las decisiones en Londres: por un lado, Europa, tratando de impedir que los estímulos fiscales arruinen el futuro de su moneda y, por el otro, los estadunidenses, amos de la magia de producir dinero apuntalado en la confianza en el Gobierno y en su economía, proveyendo liquidez y aumentando el déficit sin preocuparse mucho por el equilibrio fiscal.

Entretanto, como ahora el mundo es más plano, los chinos hicieron sonar la alarma en voz de su primer ministro: ¿Y si se devaluara el dólar?

Por cierto, ahora el problema no es la inflación, sino la deflación; las tasas de interés en Estados Unidos pueden mantenerse casi en cero. Pero, ¿será así mañana, si la deuda creciera a tal punto que, a largo plazo, pusiera en duda la capacidad de recuperación del presupuesto estadunidense?

Fue significativo ver que en el Grupo de los Veinte se hablara de una canasta de monedas que sirva de reserva y que se tomara la decisión de aumentar el capital del Fondo Monetario Internacional (FMI) e incluso de utilizar los derechos especiales de giro, esa especie de dinero internacional propio del FMI. En otras palabras, en el horizonte distante ya se perfila lo que previera y deseara el economista John Maynard Keynes: la creación de una autoridad monetaria central.

¿No sería el Banco Central Europeo un adelanto de lo que podría ocurrir en décadas futuras? ¿No podría ejercer un papel efectivo en la coordinación y control de las políticas el Consejo de Estabilidad Financiera?

La reordenación más profunda del sistema financiero global implicaría un nuevo arreglo político, de lo cual estamos muy lejos. Pero así como el unilateralismo de los neoconservadores y del gobierno de George W. Bush estiró la cuerda a los dos lados, invadiendo países y dando licencia a los mercados para hacer lo que quisieran sin consultar a nadie, la actitud del gobierno de Barack Obama (la secretaria de Estado, Hillary Clinton, hablando incluso de invitar a los talibanes "moderados" (sic) a la mesa de negociaciones) anuncia algo mejor para el mundo.

Gordon Brown fue perspicaz y buscó a los países emergentes para aumentar sus posibilidades de liderazgo, apostándole a aumentar la regulación. Eso, con mayor legitimidad, ampliando el número de actores que deciden, tal vez sea la fórmula para hablar con más seriedad de otro mundo mejor.

George Soros, voz disidente y clarividente en las finanzas, estableció otra condición para un punto de partida positivo: Será necesario proveer mucho dinero para evitar tragedias mayores en los países pobres y en algunas economías emergentes. El Grupo de los Veinte habló de un billón de dólares. Es un comienzo.

¡Los activos globales perderán de 30 a 50 trillones de dólares! Las ayudas de todo tipo, contando los estímulos fiscales, habrán de rayar en los 2 trillones y las promesas llegan a los 5 trillones. En Londres, los líderes esperan que la economía fluya otra vez a fines del año 2010. Ojalá.

Eso se logrará si se recupera la confianza y se avanza en el reordenamiento político y financiero del mundo. Sin embargo, si hubiera un fracaso, el proteccionismo y el nacionalismo belicoso podrían volver a entrar en escena. Por eso, espero que la reunión del Grupo de los Veinte no se resuma en una oportunidad fotográfica.

(Fernando Henrique Cardoso, sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil del 1 de enero de 1995 al 1 de enero de 2003)

(Traducido por Jorge L. Gutierrez)

The New York Times Syndicate
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