Opinión
De cara al Sol
Andrea Cataño Michelena
Griselda

El Sol de México
10 de abril de 2009

Se fue el mismo día que mi madre, once años después. Con la muerte de Griselda Álvarez Ponce de León, México ha perdido a una de sus más brillantes y valientes mujeres y yo, a "la única madre que me quedaba", pues desde que la mía se fue, ella que era su cercanísima amiga, me tenía adoptada formalmente, hecho al que le dimos pompa y circunstancia en una tarde de primavera hace ya muchos años.

Los obituarios reseñaron muy puntualmente los méritos de la política, primera mujer que en México ganó una gubernatura, ejemplar funcionaria pública, luchadora incansable por los derechos de sus congéneres. Sin embargo, poco se dijo de la artista y hoy quisiera recordarla como tal.

Dominadora de la métrica, Griselda es indudablemente la mejor sonetista contemporánea de habla castellana. Muchas veces, en nuestras largas charlas telefónicas, yo solía preguntarle cómo conseguía meter la belleza en el corsé de la métrica haciendo que resaltara aún más cada metáfora que así tratada se convertía en música. Ella, decía que era fácil: "hay que hacer dos cuartetos cuyas líneas sean de once sílabas (endecasílabos) y luego dos tercetos, también de once sílabas. Tanto los cuartetos como los tercetos tienen que rimar. Los cuartetos, en la primera con la cuarta línea y los tercetos -más difícil- en las primeras y las terceras y en la segunda del primer terceto y la segunda del último... es cuestión de oficio y oído". Pero no; es mucho más, era el aliento de Dios lo que inspiraba su pluma para dar a cada palabra esa luz diáfana que penetra en el alma de quien lee su poesía y queda hechizado.

Los poetas viven una realidad distinta. La piel de su alma es más delgada, está siempre en carne viva. Los abruman por igual la dicha y el sufrimiento. Viven siempre expuestos a la herida producida simplemente por el vértigo de amanecer y respirar. Conocen otras latitudes del espíritu, están más conscientes de la vida y de la muerte, les pesa la eternidad y sufren la nostalgia de haber perdido sus alas, añoran su patria verdadera que no es este mundo.

Griselda era bella y sabia, sensible y generosa. Aprehendía la esencia de las cosas con una sensualidad extraordinaria de mujer superior y luego conseguía la transmutación de su resplandor que vertía en sonetos, como los maravillosos que componen su libro "Anatomía superficial". De este libro, deseo compartir con mis lectores el que dedica a la boca, que es uno de mis predilectos: "En donde la sonrisa es un suceso,/agresor el contorno de castigo,/el labio al rastrear, como enemigo,/la mordida ritual y nido el beso,// en donde tiembla el corazón opreso/porque al salirse quiere estar conmigo,/de otra finalidad su fin desligo:/forjada solamente para el beso.// Y sube el beso a tientas escalones/de miedo entre las vértebras oscuras/y se llena de eléctricas razones//al llegar de tu boca a las alturas./¡De par en par se abran los pulmones/ por alargar la dicha que inauguras!".

Esta extraordinaria mujer fue una gobernadora ejemplar, todavía recordada y querida en su natal Colima, donde reposa en esa tierra fértil, bajo cielos sin miedo y aromas de naranjo. Supo sortear los vericuetos de la política con maestría y era guía, consejera, mano dispuesta y puente seguro. En su vida pública logró "matar el búfalo a mordidas", como le decía a ella su madre. Sin embargo, la calidad de sus oficios humanos fueron inspirados por su sensibilidad de poeta.

El día de su funeral le canté sus canciones, en voz bajita. Dos poemas a los que les puso música el gran compositor José Sabre Marroquín: Aquí encontré una lágrima y No corras. Tuve el gran honor de que el maestro Sabre me las pusiera y de estrenarlas en un concierto auspiciado por mi adorada Kena Moreno -otra mujer excepcional- que entonces era delegada en Benito Juárez. Cada vez que nos veíamos, Gris, me pedía que le cantara sus canciones. La última vez que estuvimos juntas, momentos antes de que su cuerpo regresara a su tierra, no podía ser la excepción.

Maestra, madre, amiga, como en tu canción me sentaré y miraré cómo la tarde se desnuda de hojas. Hay que llenarse de belleza, porque de todos modos, como escribiste, nos ha de alcanzar la noche, pero sólo para reencontrar otro amanecer desde donde tú estarás ya escribiendo otros sonetos.

andreacatano@gmail.com
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