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Opinión
![]() Miguel Angel Ferrer
Un sabio emperador romano
El Sol de México
27 de marzo de 2009
Hace dos mil años, la ciudad de Roma, capital del Imperio, se poblaba de campesinos víctimas de la ruina de la agricultura, migrantes sin más ocupaciones que la vagancia, la mendicidad y, de cuando en cuando, la conspiración contra el gobierno.
A esos cientos de miles de individuos se les dotaba, por cuenta del Estado, de pan y algunos otros alimentos, para que pudieran sobrevivir, carentes como estaban de medios de subsistencia. Corrían los comienzos de nuestra era. Gobernaba el emperador Vespasiano, notable fiscalista y economista. Vespasiano pensó que para todos sería mejor dar empleo, y así dotar de ingresos, a los migrantes desocupados, cantera inagotable de fuerza de trabajo ociosa a la que de todos modos el Estado asignaba recursos sin contraprestación alguna. Para ello, el emperador ordenó la edificación del Coliseo Romano. Y también de otras varias obras que hoy llamaríamos de infraestructura. El Coliseo o Circo romano se edificó entre los años 70 y 72. De modo que dos mil años antes de la aparición en la escena histórica del brillante economista inglés John Maynard Keynes, Vespasiano había encontrado dos eficaces remedios para combatir la desocupación y los males sociales asociados a ella. Primeramente, dotar de recursos monetarios o en especie a quienes carecían de medios de subsistencia, a fin de evitar la vagancia, la mendicidad, la delincuencia, la violencia social y, en última instancia y acaso lo más importante, los vientos de rebelión popular contra el orden establecido. El segundo remedio consiste, como bien se sabe, en realizar obras de infraestructura capaces de generar cientos de miles de puestos de trabajo. Carreteras, refinerías, presas, equipamiento urbano, tendidos eléctricos y telefónicos, escuelas, redes de agua potable y alcantarillado son algunas de esas obras justamente célebres por su capacidad generadora de empleos, ingresos, satisfacción de necesidades y progreso social. Y sólo la ignorancia más supina o los prejuicios más acendrados impiden que la eficaz medicina sea administrada. O que lo sea de un modo más sistemático, generalizado e, incluso, permanente, es decir, tanto en la fase depresiva del ciclo industrial, cual acontece ahora mismo, como en su fase de auge o de reactivación del crecimiento de producción y consumo, lo que esperamos ocurra prontamente. La magnitud de la actual crisis, sin embargo, ha vencido muchas y enormes resistencias a la aplicación de las medicinas ideadas por el emperador. Un ejemplo emblemático de la aplicación de la primera medida vespasiana lo tenemos en las asignaciones monetarias que el Gobierno del Distrito Federal entrega, sin contraprestación alguna, a las personas mayores de 70 años, a las madres solteras, a los estudiantes de bachillerato y a personas que sufren alguna discapacidad. Y un ejemplo, también emblemático, de la segunda medida vespasiana se encuentra en el ambicioso programa del Gobierno de la Ciudad de México en materia de obras públicas. Incluso podría decirse que toda la urbe se encuentra en obra. Pero no sólo el Gobierno del DF está empeñado en la realización de obras de infraestructura como medida para conservar y crear puestos de trabajo. La Secretaría de Educación Pública ha iniciado ya un programa de remozamiento de miles de escuelas públicas. Y por su parte, la Secretaría de la Defensa Nacional ha comenzado ya también un magno programa de construcción de obras para uso del Ejército. Dos milenios después de Vespasiano, y acaso sin conocer su pensamiento económico, el general Guillermo Galván, Josefina Vázquez Mota y Marcelo Ebrard rinden homenaje, combatiendo el desempleo, a la sabiduría del célebre emperador romano de principios de nuestra era. Columnas anteriores
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