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Opinión
![]() Fernando H. Cardoso
El gesto y la palabra
El Sol de México
15 de marzo de 2009
Se puso de moda hablar de "decoupling" (el desconectar) para decir lo que en simples palabras es el desfase entre la economía brasileña y la internacional. Los efectos de la crisis en nuestra economía hicieron que el término dejara de estar de moda. Fue sustituido por la expresión más tierna de "olita".
Como el coco recorre el mercado financiero allá afuera (en verdad, el sistema financiero central quebró) hay cierto aturdimiento. No se sabe con qué palabras calificar lo que pasa en el mundo: recesión prolongada, depresión, fin del unilateralismo estadunidense en la política, multipolaridad, no polaridad, etcétera. Por aquí, el Gobierno prefiere pasar a paso veloz sobre lo que nos importuna. En vez de pintar imágenes sombrías o de color de rosa para el mercado, hace del "decoupling" la moda brasileña: Despega la economía de la política, precipita el debate electoral y en él vale el discurso vacío. Es verdad que no somos los únicos que cubren angustias apelando a gestos sin connotación, aunque sea alusiva, a los hechos y circunstancias. Basta mencionar la campaña bolivariana para la reelección perpetua, una casi caricatura de la política. El significado de la democracia se redujo a la "consulta popular". Si el pueblo quiere al bien amado para siempre, pues que lo tenga y, como dice el presidente brasileño "Lula", si la práctica todavía no es buena para Brasil, sólo es cuestión de tiempo. Cuando la ciudadanía madure encontrará la fórmula de la felicidad perpetua... Por casualidad vi por la televisión el último acto electoral del presidente Hugo Chávez en Caracas y, debo confesarlo, me fascinó. él llegó, simpático como siempre, un poco más gordo que lo habitual, vestido con una camiseta roja, abrazando a toda la gente, sonriendo, y fue directo al grano: "Hoy no hablaré mucho, vamos a cantar". Y entonó una canción amorosa de melodía fácil, repitiendo el estribillo "amor, amor, amor". Platicó con otro que estaba en el estrado, invitándolo a cantar, habló familiarmente con el público y finalizó: "¡Amor es votar por el sí el domingo!" Por más que en el plano personal pueda sentir hasta estimación por el personaje, no puedo dejar de reconocer en el estilo algo que nos es habitual: el modelo Chacrinha (famoso presentador en la televisión brasileña) de animación del auditorio. ¡Sí, funciona y cómo! El despegue entre la política y la realidad de las personas (no sólo la economía), la repetición simbólica de gestos que tienen poca relación con un ambiente racional, pero que "ligan" al actor con el público y con la "sociedad", se está volviendo la norma en las actuales democracias de masas. Hay algo de encantador en el modo con el cual la política del gesto sin palabras (en el cual las palabras cuentan menos que las formas) funciona sustituyendo el discurso tradicional. Recuerdo la "sangre, sudor y lágrimas" ofrecidos por Winston Churchill al asumir, el 13 de mayo de 1940, como primer ministro de Gran Bretaña en plena guerra contra el nazismo; el discurso de Churchill, el 5 de marzo de 1946, en Fulton, Missouri, en el que dijo que "una cortina de hierro cayó sobre Europa"; varios pronunciamientos del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt, como el de su investidura el 4 de marzo de 1933 en plena Gran Depresión, célebre por la frase "no hay nada que temer, más que al miedo mismo"; o también del presidente de Brasil Getúlio Vargas el 1 de mayo de 1951 en el estadio Vasco da Gama en Río de Janeiro, cuando exhortó a los trabajadores. Si los comparo con la retórica actual, hay un abismo que los separa. Y no se diga que es un fenómeno de países de "democracia poco madura". La entronización de Barack Obama como emperador de todos los estadunidenses, en la magnífica ceremonia de investidura en el Capitolio, pareció una gran cena romana. El escenario era tan expresivo, la fusión simbólica del recién elegido con los padres fundadores y con los valores fundamentales de la democracia estadunidense eran tan fuertes, que oscurecieron el contenido del discurso inaugural. Y eso en el caso de alguien que, por su color e incluso por su campaña, trajo un significado inmenso de renovación. Todavía esta semana pasada, en la primera visita presidencial al Congreso, lo que se dijo sobre la crisis económica y sobre el futuro fue menos importante que reafirmar el "sí se puede" en un escenario de patria unida para perpetuar su gloria. Aunque el castillo financiero se esté desmoronando, Estados Unidos vencerá: ése fue el mensaje. En este caso, nada que ver con la personalidad Chacrinha; el parecido es otro: la invocación del pastor, la reafirmación de la fe y no el intercambio simbólico de favores, del bacalao, de la beca familiar o de la canción de amor. Hago estos comentarios sin pretensiones porque me preocupa lo que pueda llegar a ocurrir en Brasil. Los medios de comunicación y la sociedad adquieren un discurso de oposición. Se dice, y es cierto, que ésta debe unirse si quiere vencer. Pero, ¿qué discurso hacer? El racional, el de la crítica de la descomposición de sus instituciones, el enlodamiento cotidiano de la política, debería ganar más fuerza, dicen. El grito de Jarbas Vasconcelos, el senador del estado de Pernambuco, Brasil, estaba mal asentado y su reciente entrevista en la revista semanal VEJA le dio un soplo de vida. Pero fue el mismo senador el que mostró los límites de ese tipo de protesta: El gobierno y el mismo presidente banalizaron el "da aquí y toma allá". Y como nuestras computadoras cuando enviamos un mensaje y aparece un aviso: La caja está llena. La caja de la revuelta de los brasileños contra el mal uso de la política parece estar llena. Temo que cualquier discurso "político" después sea descalificado por los oyentes. ¿Quiero decir eso que la oposición debe callar sobre la pérdida de sustancia de las instituciones, sobre el clientelismo y la corrupción larval, todo con la tolerancia de quien manda? No. Pero necesitan inventar una manera de expresar la indignación y las críticas que llegue al alma de las personas. Este es el enigma del mensaje político, del gobierno y de la oposición. Tanto el modelo de Chacrinha como el discurso del predicador llegan al alma de las personas. No estoy diciendo que la comunicación política se resuelve con la supresión del discurso analítico. Eso sería rendirnos a la idea de la política como mistificación (lo que, por el contrario, no es el caso de Obama). Pero cuando se dispone de un emblema, como el Plan Real, por ejemplo, o cuando el propio candidato es el emblema, todo se vuelve más fácil. En el caso de Brasil, las oposiciones, además, de articular un discurso pragmático, condición necesaria para quien se respeta y tiene fe en las instituciones, deberán expresarlo de forma que sensibilice al electorado. Para eso, no basta la crítica convencional y la discusión de política tal como ocurre en el Congreso, en los partidos y en los medios. Es preciso buscar los temas de la vida que interesen al pueblo. Además, la comunicación emotiva requiere "fulanizar" la disputa para atribuirle al candidato virtudes que despierten el entusiasmo y la creencia. Sin éstos, la "bandeja de entrada" de los mensajes de la sociedad seguirá dando la señal de que está llena y los oídos seguirán sordos a los contenidos, por buenos que sean. Peor aún que no los tuviéramos. Pero ellos solos no bastan. Un programa político sólo moviliza a la sociedad cuando es vivido por medio del desempeño de personajes que tratan como propias las cuestiones sentidas por el pueblo. (Fernando Henrique Cardoso, sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil del 1 de enero de 1995 al 1 de enero de 2003.) (Traducido por Jorge L. Gutiérrez) The New York Times Syndicate Columnas anteriores
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