Opinión
Hazael Ruíz Ortega
Delincuencia, una alarma social

El Sol de México
14 de febrero de 2009

Es innegable que hoy y desde hace ya algunos años preocupan al obrero, al maestro, al ama de casa, al sacerdote, al jurista, al criminólogo, al político, tal vez como nunca, la criminalidad, el delincuente y la pregunta sobre la eficacia de la sanción, de la pena.

Zona oscura, de escasos resultados, siempre influida por la creciente reacción social por los agravios de una delincuencia en aumento sin límite, que no cede terreno, pues a pesar de esfuerzos de autoridades y ciudadanía, sigue en juego la intimidación y el castigo. La prevención y la recuperación del sujeto antisocial, la llamada readaptación social, está más en duda que nunca. Para la solución, parte de la clave será conocer y comprender los patrones de la evolución delictiva, cumplir de manera real la misión de la pena: que sea justa, que otorgue a cada quien lo suyo; a la sociedad hay que regresarle la tranquilidad y seguridad perdida, pero también el castigo, la pena debe ser lo suficientemente intimidatoria para el delincuente y de aplicación realmente eficiente, ya no basta con separar de la sociedad a la persona que infringió o rompió con el orden social, el reto es generar en estos sujetos la capacidad de cambios en su conducta por medio de tratamientos adecuados, apoyados en ciencias de la conducta, para que mientras estos sujetos permanezcan en la prisión no multipliquen sus habilidades delictivas, y al momento de regresar a la sociedad se reincorporen, los que algún día lo estuvieron, pero mayor reto significa incorporar a los que nunca lo estuvieron, social, laboral y hasta familiarmente hablando. Difícil tarea en el oscuro y complicado laberinto de la conducta humana y la etiología del delito. Es indispensable para solucionar un problema iniciar siempre por el absoluto conocimiento del mismo, como los comportamientos de los estados marginales, la erosión de la cultura convencional por subculturas de la violencia, las que conocemos y sabemos cuentan con sus propias reglas y que se han expandido, que han proliferado, causando la aparición de delitos más violentos y grupos integrados por adolescentes mejor organizados y que rápidamente son captados e incorporados por la delincuencia organizada.

En el afán de cambiar las cosas viene el desbordamiento de los "tipos penales" y la duda sobre los resultados de las "esperanzas" puestas en la prisión.

Y entonces, algunos voltean a la pena de muerte como una solución, pero, citando al jurista Carnelutti, ésta no es una pena sino un delito. Es inaplazable reconocer que parte de la solución del problema no son más y mejores cuerpos policíacos, mejor tecnología, si esto no va acompañado de un tratamiento de carácter social con más y mejores programas de bienestar social, mejores oportunidades y un sentido de la corresponsabilidad Gobierno-Ciudadanía.

Repito: La solución no está en el desbordamiento de los tipos penales para contener la "ola de criminalidad" que arrasa con la confianza de la ciudadanía; por otra parte, debemos hallar la identidad profunda del crimen, esa etiología delictiva que es indispensable conocer y entender por parte del legislador, para hacer leyes útiles y actuales y no plasmar intenciones en artículos, que más allá de ser parte de la solución multifactorial del problema, se convierten en códigos sin pies ni cabeza, y, lo peor, ajenos a la realidad y necesidad actual. Reconocer la erosión de la cultura convencional por subculturas de la violencia o de la evasión que conforman, con sus propias reglas y valores, que producen delitos y delincuentes más violentos. Mucho serviría reiniciar el estudio de la personalidad del delincuente, en su inicio de la familia, en la escuela, en esa primera etapa de conformación de la personalidad.
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