Opinión
Luis Hernández Palacios
La crisis que nos amenaza

Organización Editorial Mexicana
1 de febrero de 2009

No existe ninguna duda, lo que inició como una turbulencia financiera se ha convertido en una crisis económica global, que tiene como expresión fundamental una recesión, que se extiende de Estados Unidos hacia el resto del sistema global.

Mucha razón tienen quienes en nuestro país han sostenido que esta crisis proviene, como otros muchos males, del exterior. Pero no es menos cierto de que su reproducción en nuestra economía se incuba por la perspectiva, dominante en la política económica de los últimos veinte años, de orientar nuestro desarrollo subordinado a su vinculación con el exterior. Es evidente que la globalización constituye una interrelación de los sistemas productivos fundada, básicamente, en el desarrollo tecnológico de la telemática, los medios de comunicación y la revolución de las técnicas productivas, pero este aspecto no implica que la lógica política de su desenvolvimiento sea, necesaria y forzosamente, el de la desregulación de los mercados y la supremacía de éstos como panacea. Es decir, las políticas neoliberales no son la consecuencia necesaria de la globalización económica, ni su única posibilidad de existencia.

En estos días se están realizando en nuestro país diversos eventos. Entre ellos destaca el foro "México ante la crisis: ¿qué hacer para crecer?" en el Congreso de la Unión. La mayoría de los participantes han coincidido en subrayar la necesidad de actuar rápido, ante hechos graves. Ante hechos graves, como son la disminución de la demanda interna, mayor desempleo y una sostenida tendencia a la baja del crecimiento económico. En lo general se ha coincidido en señalar que la crisis económica es el mayor desafío para nuestro país y deberá ser atendida con más inversión pública y más gasto social, sin necesidad del endeudamiento; con una batería de políticas públicas de bienestar social que deban ser entendidas como una inversión, pues la travesía del desierto se antoja larga y difícil. Probablemente hay quien pensará que reclamar políticas más decididas en el campo de lo social es una vieja receta. Quizá sea cierto, pero las viejas recetas no se deben rechazar sólo por ser viejas. Al Estado de bienestar, hoy tan denostado por algunos, es necesario rescatarlo para que vuelva a asumir su rol, y dar un sesgo regulador de la actividad económica-financiera. Incluso (en el Foro de Davos) se ha insistido en subrayar la importancia de la regulación a los mercados, aunque sea coyuntural, ante la evidencia de que el mercado no puede ser todo, como lo señaló el presidente Obama en su discurso de toma de posesión.

Pero lo que merece una atención mayor son las reformas orientadas a dar un giro de timón en la orientación del modelo económico. Ello supone, entre otras cosas, poner en pie políticas públicas que incentiven la inversión pública y la inversión privada, en el campo, piscicultura, pesca, así como dotar de competitividad a las pequeñas y medianas industrias. La pública ha de llegar a los yacimientos de empleo y no quedarse en los intermediarios. Y respecto a la privada, es fundamental que haya estímulos fiscales briosos para que la inversión emprendedora se anime.

Por lo anterior será necesario, además, que la inversión pública disponga de un protagonismo mayor del que le asigna el Presupuesto para el presente ejercicio fiscal, si se incrementa significativamente la inversión en la infraestructura nacional aumenta el empleo. Serían decisiones compatibles con la necesaria convergencia en dotación de capital público que tienen las economías menos avanzadas como la nuestra, condición a su vez de esa mayor intensidad de capital que requiere el aumento de la productividad: la necesaria modernización de su patrón de crecimiento. Nunca fueron más compatibles dos objetivos de política económica: luchar contra la más severa recesión y fortalecer la capitalización de la economía nacional.
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