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Comunidad y Cultura Local
EL ECO del CARACOL : " De tradiciones Idas Y costumbres enraizadas "
El Sol de Mazatlán
9 de noviembre de 2009
Faustino López Osuna
Mazatlán, Sinaloa.- Aguacaliente de Gárate, antes de Pardo debido a que sus terrenos le fueron mercedados "para cría de ganado mayor", a principios de 1700, a Úrsula Gómez de Pardo, es un aguerrido pueblo de Concordia con tradiciones casi medievales, algunas de las cuales, lamentablemente, se han venido perdiendo en lo que va del último medio siglo. Tal es el caso de la repepena, que se practicaba al finalizar el levantamiento de las cosechas de maíz y, el día señalado, la romería culminaba en patios solariegos, con alegres convivencias de vecinos, escanciadas con fresco piznate, a la sombra de tupidas enramadas. Dicha festividad tenía como precondición que los pizcadores dejaran como olvidadas esporádicas mazorcas y calabacitas cuando efectuaban su labor, para que las recogieran los que harían la repepena. Con la mecanización del campo y la consiguiente acción de los tractores y las máquinas pizcadoras, desapareció esa tradición. Otra curiosa tradición que ya no se practica, fue la que consistía en "bautizar" la miel de enjambre en las épocas en que se castraban las colmadas pencas de los panales y se exprimían en tela de manta, separando los racimos de cera y depositando, a chorros, en grandes cazos de cobre o lámina, la perlada substancia dulce, espesa y viscosa producida, como es sabido, por millares y millares de insectos himenópteros o abejas. El "bautizo", por sus características, era un verdadero rito heredado de los días de la Roma antigua o del antiguo Egipto, relacionado con la fertilidad. Consistía en seleccionar a un niño de aproximadamente tres años de edad, al que se le bañaba escrupulosamente y, desnudo, dos mujeres sosteniéndolo colgado de los brazos, lo metían al cazo de la miel cubriéndolo con la misma hasta el cuello, luego lo alzaban volviéndolo a sostener mientras otras mujeres le escurrían la miel con sus manos. Huelga decir que aquella miel, así "bautizada", era solicitada por damas convencidas de su poder como un remedio eficaz o una segura prevención contra la infertilidad. A quienes mueva a risa esta poco conocida tradición que hubo en mi pueblo, habría que informarles que dentro de la mitología griega, la ambrosía era el manjar de los dioses y comunicaba la inmortalidad a los que la comían. Era, según los antiguos, nueve veces más dulce que la miel. Relacionado con el hecho de que mi abuelo paterno fue un gran apicultor, yo tuve la dulcísima experiencia de que me hicieran participar en la tradición descrita. Cuando adquirí conciencia de ello, me produjo un extraño sentimiento de felicidad saber que ninguna mujer de mi pueblo ha sido, jamás, estéril. Sin embargo, el romanticismo de esta tradición milenaria se perdió, no sé si por los avances de la medicina moderna en el campo de la fertilización humana. Pero si las tradiciones han ido cediendo por exigencias de la modernidad, hay costumbres que perviven enraizadas en la memoria colectiva. Y aún éstas, que son fuente del derecho y su práctica se transforma en fuerza de ley, hay un momento en el devenir histórico que sucumben como cualquier organismo vivo. Así sucedió con el hábito de utilizar como unidad de medida al cuerpo humano. Todo lo que se midió en el planeta hasta antes de 1889 en que se oficializó el sistema métrico decimal en París, se basó en la dimensión del hombre. De ese modo, las medidas de los terrenos de Aguacaliente de Gárate, como las de todo el Continente, se lee en la Merced Real, son en pies, brazos, cuartas, jemes y cordeles o distancias de cinco pasos. Así que esa costumbre universal, desapareció por la imprecisión e inconveniencias al no ser decimales las subdivisiones resultantes. Pero una costumbre que no desaparece y que refleja la fenomenología del sinaloense en la picardía, en su acepción de travesura, es la broma pesada. Así ocurrió, hace muchos años, en mi comunidad, en la boda de un tal Rosendo. Después de estar en la iglesia los novios, sus parientes e invitados, inició el guateque en el que bailaban hasta las abuelitas, al ritmo de la mejor banda del rumbo. Ya había corrido el tequila y la cerveza fría y alguna que otra botella de brandy entre los más pomadosos, cuando, aprovechando la distracción de las cocineras o con la complicidad de alguna de ellas, alguien, furtivamente, le puso candelilla al mole. Es tan poderosa su acción, que los candelilleros de Nueva Rosita, Coahuila, la utilizan para refinar el hierro. No tarda más de unos segundos después de ingerirse, en producir la más catastrófica necesidad de hacer del baño. Aquello se convirtió en un desaforado corredero de todos para todas partes, sin encontrar un salvador mogote a la vista. Total, la conmemoración feliz terminó como ya podrá imaginarse. En la década de los años 80, sucedió lo mismo en otra sonada boda en Salvador Alvarado. Cuentan que no se daban abasto las ambulancias del Seguro Social acarreando invitados intempestivamente deshidratados, a los hospitales de Guamúchil y Guasave. Esa costumbre, obviamente, no ha desaparecido. |
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