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Comunidad y Cultura Local
EL ECO DEL CARACOL de Mis Recuerdos Sobre Rodolfo Valdez Valdez, "EL GITANO" Faustino López Osuna
Corrían los tiernos días de mi infancia en Aguacaliente de Gárate, mi pueblo natal. Era el sexenio federal de Miguel Alemán Valdés (1946-1952).
El Sol de Mazatlán
26 de octubre de 2009
Corrían los tiernos días de mi infancia en Aguacaliente de Gárate, mi pueblo natal. Era el sexenio federal de Miguel Alemán Valdés (1946-1952). Tendría entre cinco y seis años y, a esa edad, yo ignoraba todo sobre la atroz violencia por los conflictos agrarios que se habían desatado desde la anterior década, como una catastrófica borrasca, sobre mi comunidad y sus alrededores.
Diariamente me mandaban a entregar aros de los quesos recién hechos que se recibían en la víspera en la casa y que era el negocio, como comerciante, de mi padre. Recuerdo que una vez, al pasar delante de la inmensa casona de arcos que había sido de Gárate, frente a la plazuela, un señor güero con un paliacate rojo al hombro, desde el portal me ordenó: "Anda a la cantina y diles que manden cigarros para Rodolfo, y me los traes". Así fui y vine y luego seguí mi camino con la sarta de aros colgados de un mecate. Con el tiempo supe que, efectivamente, le había hecho un mandado a Rodolfo Valdez Valdez, "El Gitano", quien vivía ahí, tranquilamente, desde los tiempos del gobierno estatal de Pablo Macías Valenzuela (1945-1950), seis años después de la muerte violenta del gobernador Rodolfo T. Loaiza. "El Gitano" desaparecía por meses sin aviso y sin aviso reaparecía el día menos pensado. Cuando regresaba no había otra autoridad más que la de él en el pueblo y la gente se recogía en su hogar muy temprano, al oscurecer. En esas fechas Rodolfo vivía con su esposa, llamada Tamaura. Luego, volvió a esfumarse de la comunidad. Estando yo en primero de primaria, para una fiesta escolar del día de las madres o del maestro, no estoy seguro, me prepararon para que cantara una canción. No sé cómo le hicieron para que me la aprendiera porque, además, era tartamudo. Me disfrazaron de indito con calzón hasta los tobillos y camisa de manga larga, de manta. Me pintaron bigote y me pusieron sombrero de palma, un paliacate no recuerdo de qué color, y guaraches de correa. Tengo perfectamente lúcido que estando aguardando con los demás compañeritos junto a la escalinata del escenario, una maestra me sacó del grupo y me llevó a sentar diciéndome que regresaría cuando tocara mi turno. Turno que jamás llegó. El evento terminó y yo no canté. Como nunca se volvió a hablar del asunto, lo olvidé para siempre. Once años después, cuando cursaba la licenciatura en Economía en el Instituto Politécnico Nacional en la ciudad de México, cierta mañana, encontrándome bajo la regadera, de pronto vino a mi mente la letra y la música de una canción que no recordaba cómo la había aprendido: "Al presidente Alemán//toda la nación lo aclama,//la Revolución lo llama//para que sea su sostén.//Viva Miguel Alemán,//viva la Revolución,//que vivan los agraristas//que honran a la nación". Yo, con buena o mala fama de líder estudiantil izquierdista desde la secundaria, quedé perplejo ante la revelación de mi inconsciente. Pero, en vez de ir con el siquiatra, en la primera oportunidad que tuve le pregunté a mi madre si ella me había enseñado alguna vez aquella tonada. Y me platicó toda la historia. Como si se tratara de un secreto, me reveló que era la canción que yo iba a cantar en mi primer año de primaria. Que era el corrido de campaña presidencial de Alemán, mismo que estuvieron tocando durante casi un año todas las radiodifusoras del país. Que mi maestra me había escogido para que lo entonara en aquella fiesta escolar, pero que tuvo que suspenderse mi actuación porque casualmente ese día, de última hora, apareció en el pueblo Rodolfo Valdez, quien asistiría como invitado al evento y, como era sabida su animadversión a la política agrarista del gobierno federal, la directora de la escuela, temblando de pánico, ordenó que me sacaran discretamente del programa. La vida, pese a tener el mismo desenlace para todos los seres vivos, a veces nos da la oportunidad de participar en una reiterada sucesión de dramas y comedias en tanto llega su trágica lección final. Así, en 1975, cuando yo trabajaba como delegado regional de Infonavit en Baja California Sur, Sinaloa y Durango, compré en el pueblo, para mis padres, la casa de Gárate, donde vivió Rodolfo Valdez y en cuyo patio está el escenario de mi frustrado debut artístico infantil. ¿Se imaginaría "El Gitano" que el niño al que alguna vez mandó a los cigarros, con el tiempo sería dueño de la casa donde él vivió hasta el fatídico día que, en su propia cantina, recibió un escopetazo en pleno rostro? Rodolfo Valdez Valdez se recuperó del atentado, asegúrase que en el hospital militar de Mazatlán, pero nunca más regresó a vivir a Aguacaliente. Cuando se supo que murió, muchos años después, en Culiacán, durante el gobierno de Leopoldo Sánchez Celis (1963-1968), la gente no lo creyó, porque en muchísimas ocasiones se había corrido el rumor sobre su muerte y volvía a aparecer. Aun aceptando su fallecimiento, lo que más le resulta increíble a todo mundo es que haya muerto de muerte natural. |
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