Comunidad y Cultura Local
EL ECO DEL CARACOL: " De la sorpresiva complacencia de Willy Colón, en Culiacán "
Willy Colón. Foto: El sol de Mazatlán.
El Sol de Mazatlán
16 de octubre de 2009

Faustino López Osuna

Mazatlán, Sinaloa.- En 1985, año del pavoroso terremoto en la ciudad de México, a través de Jesús Monárrez conocí en el Distrito Federal al cantautor panameño Omar Alfanno, quien junto con dos o tres compositores de su camada se reunían algunos fines de semana a jugar dominó y a mostrarse unos a otros sus nuevas canciones. Los encuentros, estaban exentos de envidiosas competencias, pues ni yo escribía rock, ni ellos componían rancheras.

Omar Alfanno, quien vino de Centroamérica a estudiar odontología en la UNAM, de raza negra por parte de su abuela materna, no hacía malas baladas y se las grababan de relleno artistas del momento. Cierta vez, hacia 1988. Aprovechando la confianza, le pregunté porqué no componía salsa, dada su herencia rítmica africana mezclada con su sangre italiana por la línea de su abuelo. Me contestó que creía que después de su paisano Rubén Blades, era difícil que él la hiciera en ese terreno.

Pero algo de lo que dije le caló hondo y empezó a escribir historias de barrio en ese sabroso ritmo del Atlántico caribeño, que luego nos daba a conocer, como Paquito el rarezas y otras.

En una de las reuniones, el panameño me sorprendió cantando al piano, en versión salsa, También las lluvias se van, una de mis canciones que me grabó Luis Pérez Meza. Él tenía el disco. Ya para retirarnos me pidió, en voz baja, que si le ayudaba revisándole la letra de un tema que estaba haciendo. Agregó que me lo solicitaba porque había analizado mis corridos sinaloenses y, según él, tenían muy buena versificación.

Trabajamos en tres ocasiones. Omar al piano cantaba la canción y yo con la letra escrita hacía anotaciones donde consideraba que era necesario que la puliera. En la siguiente sesión me mostraba la letra corregida por él. Desde que la oí por primera vez, luego supe que era un gran tema. Se trataba de El gran varón.

Finalmente, después de cantarla tal y como quedaría, con un tono absolutamente serio, Alfanno me dijo: "Maestro, me voy a ir a New York a plantarme el tiempo que sea necesario en el negocio de Willy Colón, hasta hacerlo que la escuche. Y la va a grabar, de mí se acuerda". Yo le pedí que si le hacían modificaciones a la letra, evitara el escarnio del personaje. Pasaron dos años y ya no volví a verlo. Luego me enteré que se había ido a radicar a Miami.

Cuando participé en el Cuarto Festival Sinaloa de las Artes 1990, cantando lo que se llamó " La nueva canción sinaloense" en nueve municipios, el maestro Enrique Patrón de Rueda, director artístico, me solicitó que interviniera en la clausura del Festival, que correría a cargo nada menos que de Lucha Villa y Willy Colón y un ensamble de bandas sinaloenses.

Me programó para que, previo a la temperamental chihuahuense, yo interviniera no más de diez minutos con tres de mis canciones. Casi 20 años después, todavía sigo agradeciendo al maestro Patrón de Rueda la confianza que me tuvo para que alternara con semejantes figuras de la canción popular.

De lo que nadie se enteró, ni el gran maestro mazatleco, fue que después de mi intervención acompañado por la banda Tierra Blanca y, en la segunda voz, por la soprano Raquel Oyervides, me fui a sentar hasta el fondo de la enorme explanada de la Unidad Administrativa, en sillas que abandonaban quienes únicamente habían ido de las colonias populares a escuchar a la intérprete de A medias de la noche.

Así inadvertido y solitario, disfruté todo el show de Willy Colón. Después de hora y media, para concluir su presentación, el propio Willy se dirigió al público para anunciar que se despedía interpretando el tema que lo había hecho ganar de nuevo, después de ocho años, el Grammy: El gran varón. Al escucharlo, casi salté de mi asiento por la emoción. Obviamente, tampoco sabía de la peripecia incidental de la canción el extraordinario salsero.

Para los que creen en el destino, aquello fue como si desde Nueva York hasta Culiacán, Willy Colón hubiera venido, sorpresivamente, a complacerme a mí esa noche, tal vez sin estrellas pero quizá una de las más luminosas de toda mi existencia.

Sé que después de su éxito, Omar Alfanno siguió viviendo en Florida, de donde regresó a Panamá. Cuando trabajamos en su tema, me platicó que conocía Mazatlán porque un compañero de la Facultad era de aquí, hijo de pescador, quien lo invitó al puerto y hasta lo llevó a pescar la única vez que vino.

Un día de estos iré a visitarlo a su tierra y le contaré la anécdota.