Opinión / Columna
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Mario I. Alvarez Ledesma
Los moralmente incapacitados
Organización Editorial Mexicana
7 de febrero de 2012
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Tuve una larga charla con un amigo que estuvo a punto de morir de cáncer. Le recriminé no haberme alertado de su enfermedad. Su respuesta me desarmó: ¿querías que te llamara para decirte que me estaba muriendo?
Luego de manifestarle que me alegraba su recuperación, le pregunté: ¿Qué fue para ti lo más difícil en este proceso que, al conocer los detalles, bien podría llamársele "víacrucis"? Contundente contestó: las heridas morales.
En efecto, me dijo, jamás me imaginé a un médico diciéndome: tiene usted cáncer. Pero para lo que tampoco estaba preparado, mucho menos que para lo primero, era que gente que amé intensamente me abandonara a mi suerte. Jamás pensé experimentar en carne propia los niveles de ingratitud y desamor a los que pueden llegar personas a las que ayudaste, apoyaste decididamente, impulsaste e hiciste crecer en sus vidas personales y profesionales. Seres humanos que, ante una situación tan grave, esperas reaccionen con un mínimo de solidaridad, apoyo moral y, sobre todo, comprensión. Pero tú, me inquirió, que eres profesor de ética, me podrías explicar, ¿por qué?
Le contesté que en el terreno de los compromisos morales deben cumplirse una serie de condiciones para que éstos efectivamente nazcan y lleguen a buen fin. Hacer una promesa -de amistad, amor, ayuda al prójimo, etc.-, dice A. I. Melden en su libro "Rights and Persons", es generar en otro ser humano el derecho a disponer de nuestro tiempo. Esta afirmación comporta un complejísimo predicado que se podría ciertamente reducir al hecho de que alguien nos tome seriamente en cuenta en su proyecto de vida. La condición inicial, empero, para que las promesas surjan, dice Melden, es que las personas que en ellas participen sean "moralmente solventes". En consecuencia hay personas que no pueden, ni deberían, asumir compromisos morales porque están incapacitadas para ello. Padecen un impedimento análogo al que, en el ámbito del Derecho, les impide contratar a los que carecen de personalidad jurídica por sufrir alguna incapacidad física o legal (locura, retraso mental grave o condena por algún delito, por ejemplo y entre otros motivos).
Desafortunadamente, en el ámbito de la moral no existe un código o una autoridad que califique esa discapacidad, son las acciones e historia moral de las personas lo único que puede darnos una pauta acerca de su solvencia moral en los diferentes territorios de su vida. Y sí, hay personas que cargan consigo la impronta de su deshonestidad, deslealtad o ingratitud. Y con esa fama se mueren. Entonces, el principal error consiste en pretender contraer promesas con incapacitados morales o, como dice, Melden, con personas que son moralmente insolventes, con quienes adolecen de personalidad moral.
Un incapacitado moral está impedido para entender que las promesas o acciones de gratitud deben cumplirse, al menos, por cualquiera de estas tres razones: 1. De moral kantiana; es decir, por deber. Responder con gratitud o lealtad es un principio moral en sí mismo digno de realizarse, al margen de la conveniencia o dificultades que comporte, o de lo que los demás opinen al respecto. 2. De reciprocidad, por saber "jugar limpio" ("fairplay", según la filosofía moral sajona). Lo correcto es reciprocar lo que se ha recibido, porque la sociedad y la convivencia civilizada así lo requieren para funcionar. 3. Prudenciales, es decir, simplemente para que quien hoy se encuentra en desgracia, o cualquier otro, no vaya, el día de mañana, a cobrarse la ingratitud y nos trate justo como nosotros lo tratamos.
Los incapacitados morales son sujetos ética y socialmente despreciables y, sobre todo, estúpidos, han sembrado su futuro de deshonra e ignominia. En todo caso, amigo, le dije para concluir, la mierda se pudre sola. Dale gracias a Dios de estar vivo y de haberte librado de ella.
Peso de la Pluma/ m.alvarezledesma@yahoo.com.mx
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