Opinión / Columna
 
Enrique Hett 
El candado de Jerusalén (El otro hemisferio)
Organización Editorial Mexicana
13 de marzo de 2010

  Desde hace algún tiempo, a la vez que expresa en cada oportunidad una ardiente voluntad de «reiniciar negociaciones» con los palestinos, el Gobierno israelí toma medidas que imposibilitan todo acuerdo de paz, con lo que cualquier negociación resulta inútil.

Estas medidas tienen por objeto lugares que, además de un valor territorial de primera importancia, tiene un altísimo valor simbólico, tanto para los judíos como para los árabes y también, desde luego, para los cristianos.

Netanyahu no sólo decidió incorporar al patrimonio cultural judío dos monumentos que se encuentran en pleno territorio palestino: La Tumba de Raquel, situada cerca de Belén y, sobre todo, «La Cripta de los Patriarcas» de Hebrón, foco de alta tensión nacional-religiosa.

Pero es sobre todo Jerusalén el que concentra esta política. Entre otras cosas, fue el ámbito de la última provocación del gobierno de Netanyahu.

El vicepresidente norteamericano Biden se encontraba en Jerusalén, entre otras cosas, para enfatizar la importancia que reviste para la administración Obama el reinicio de conversaciones, por indirectas que sean, entre israelíes y palestinos. Fue el momento que el ministro del interior escogió para anunciar la construcción de mil 600 viviendas más, exclusivamente para judíos, en la parte árabe de Jerusalén.

No es sorprendente que varios periódicos israelíes hayan calificado dicho anuncio de bofetada asentada a la administración estadunidense. Aderezando sus declaraciones de todo tipo de manifestaciones de amistad para Israel, Biden condenó firmemente el fondo, pero sobre la forma, aceptó la excusa del primer ministro israelí.

Netanyahu declaró que no sabía que se iba a anunciar dicho proyecto y que estimaba inoportuno el anuncio, pero no renegó el fondo: las construcciones de viviendas para judíos en el sector árabe de Jerusalén proseguirán, cueste lo que cueste.

Jerusalén sirve para bloquear cualquier alternativa de paz. Si, según los israelíes, la ciudad en su totalidad está destinada a ser la capital eterna de Israel, la paz no es posible. Porque sin preservar el sector árabe, para los palestinos no hay acuerdo posible.

Hay para ello dos razones y ambas son suficientes para rechazar todo acuerdo que no incluya Jerusalén. En primer lugar, esa parte de la ciudad forma parte de los territorios palestinos de antes de 1967, año en que fueron conquistados militarmente, como la totalidad de Cisjordania.

En segundo lugar, no pueden los palestinos ceder Jerusalén porque son árabes. Todos los países árabes mantienen que, una parte, cuando menos, de la ciudad, debe quedar bajo soberanía árabe. Los palestinos son responsables de ello.

Pero no pueden tampoco y, es sin duda lo más importante, ceder los derechos sobre la ciudad santa porque son musulmanes. Es la tercera ciudad sagrada del Islam, y los palestinos son responsables ante todos los musulmanes del mundo.

Por todo eso, la comunidad internacional no puede aceptar la anexión de la ciudad por Israel en 1981. Pero Estados Unidos está dividido sobre esta cuestión.

Una parte del Congreso, es decir, todos los parlamentarios que, de una manera o de otra, le deben su elección, no sólo el lobby judío tradicional, pero también y sobre todo tal vez el lobby evangelista. Éstos dos lobbies no pueden aceptar compartir la ciudad. La política israelí y la Segunda Venida de Cristo exigen que la ciudad de Jerusalén sea judía.

Sin embargo, Estados Unidos y cuando menos tres otros miembros permanentes del Consejo de Seguridad saben bien que no se puede aceptar que la totalidad de Jerusalén sea la capital eterna de Israel. El costo no es desatar el Apocalipsis, pero sí una crisis internacional mayor e, indudablemente, un terrorismo islámico tan eterno como dicha capital.

mehcbv@email.com
 
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