Tulancingo
Leyendas de Singuilucan
Tétricos escenarios se relacionan con estos seres. Foto: El Sol de Tulancingo.
El Sol de Tulancingo
13 de octubre de 2009

Por Lauro Perea

Tulancingo, Hidalgo.- Proseguimos con las leyendas de la entidad. En esta ocasión, nos enfocaremos a una que se cuenta en Singuilucan.

Dice la gente que las brujas son mujeres que, en las noches de mayor oscuridad, se convierten en guajolotes sin una pierna.

Cuentan que se ven en el cielo, como luces que prenden y apagan, en busca de una casa donde encuentren algún recién nacido al cual puedan chuparle toda la sangre.

Por ello, la gente acostumbraba pintar, afuera de las habitaciones donde duermen los bebés, grandes cruces con cal, además de colocar espejos y tijeras en forma de cruz al lado de las cunas para protegerlos.

Una de las leyendas de brujas, que sucedió hace muchos años, cita así: En un cuarto de adobe, cercano a Singuilucan, vivía un señor junto a su esposa. Él era conocido entre la gente por su trabajo; de su esposa se corría el rumor que era bruja. El señor lo ignoraba.

Un día, sus amigos le comentaron lo que la gente decía y también que su comida estaba hecha con sangre de recién nacido, por lo cual decidió tenderle a su mujer una trampa y confirmar si lo dicho era cierto.

Así, ese mismo día, llegó a su casa, diciéndole a su mujer que estaba tan cansado que se iba a dormir.

Ella le dijo que en cuanto acabara de guisar una comida, que misteriosamente, siempre ponía en un pocillo con fritanga (tripa rellena con sangre), en salsa de tomate, se acostaría.

Ya acostado, el señor le hizo un agujero a su cobija, por donde espió a su esposa.

Pasado un tiempo, el señor observó a su mujer como poseída por algo, cortaba de su larga cabellera negra un cabello que anudado en su pierna, logro que ésta, se desprendiera de su cuerpo.

Terminado este acto que horrorizó al señor, ella dejó la pierna junto al tlecuil (fogón), y a la vez iba transformándose en guajolote, el cual salió volando de la casa.

Aterrado por lo sucedido, pero a la vez indignado por la traición de su mujer, el señor quemó la pierna, echándola al tlecuil, y decidió esperar desde su escondite.

Ya cerca del amanecer, la pieza se iluminó al regreso de la bruja, quien traía consigo sangre de niño dentro de una tripa, para cocinar la suculenta fritanga que comería su marido en el trabajo.

Al convertirse el guajolote en mujer, ésta comenzó a buscar con desesperación su pierna, la cual nunca encontró.

Dicen que al día siguiente, cuando ya todo el pueblo sabía la noticia, la gente unida decidió quemarla en leña verde en el centro del pueblo.