Opinión / Columna
 
Juan Ramón Camacho Rodríguez 
Filosofía de la educación frente a la reforma sin sentido
El Heraldo de Chihuahua
26 de mayo de 2016

  Juan Ramón Camacho Rodríguez

Para que la educación tenga sentido debe haber una filosofía de ella, es decir, una concepción crítica general del proceso con el cual se aplica el hombre en la adquisición de aprendizaje. Dicha concepción crítica establecerá los principios, criterios y valores que definen la misión educativa.

La filosofía de la educación no es una opción, sino una necesidad; es más, resulta algo inevitable. La organización para la educación requiere de una visión global, a la vez que analítica y crítica, del proceso de enseñanza-aprendizaje.

En una palabra, la vocación, la estrategia y la práctica educativas sólo adquieren un pleno significado bajo una reflexión crítica de ellas, la cual permite el ejercicio siempre proyectivo y autocorrectivo del proceso mismo de enseñan y aprender.

Cuando no hay esa visión crítica y analítica, cuando se desprecia esa reflexión proyectiva y autocorrectiva de la educación, entonces se pierde la esencia de la misma, quedando tan sólo una misión burocrática dependiente del ejercicio del poder, sea político, religioso, económico o de cualquier otro orden.

Porque la educación no consiste en imposición metódica y un castigo sistemático, recursos del poder y emblemas burocráticos incuestionables. La educación es, ante todo, liberación, un ejercicio de la plenitud humana a pesar de la lucha constante por encauzarla.

Mientras no se genere una filosofía de la educación, lo que quede en las aulas no será más que una actividad administrativa, una parte del flujo burocrático que termina imponiendo los esquemas, las pautas, los fines y las metas de la vida de cada quien.

Sin filosofía, cualquier actividad en una organización, desde una maquiladora hasta una nación, será un mero mecanismo ajustado al sistema burocrático generador de obediencias y promotor de castigos cuando éstas no se den.

Sin una filosofía de la educación, ninguna reforma educativa tiene sentido, porque se carece de la principal virtud para encaminar los esfuerzos hacia la consolidación de las personas que van a las escuelas. Es virtud es la libertad, la posibilidad siempre inherente al ser humano de elegir y realizarse en la elección que le hace ser.

Sin una filosofía de la educación, todo queda en formatos legaloides que simplemente se llenan con un poco de simulación y otro tanto de esfuerzo burocrático para cumplir con requisitos que piden los patrocinadores de recursos o financiadores sin escrúpulos; esa simulación que nos hace sentir que cumplimos con algo sin haber cumplido con nada. Así anda la reforma educativa de este país que terminó perdiendo el camino en materia educativa, una reforma educativa que en muy poco valora la misión educativa.
 
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