Opinión / Columna
 
Juan Ramón Camacho Rodríguez 
Emoción y valores
El Heraldo de Chihuahua
22 de mayo de 2015

  Juan Ramón Camacho Rodríguez

Ya tocamos fondo; lo peor nos alcanzó. ¿Qué se siente estar aquí y ser parte del problema? Nuestra sociedad exhibe, a nosotros y a otros, su lado más deteriorado, su vileza y descomposición, nuestra incompetencia para armar la sana convivencia.

Sí: hay tristeza, desconcierto, indignación, impotencia. Los hechos están allí, y son, a pesar de lo detestable que nos parecen, nuestros hechos, producto de lo que realmente somos. Ellos son causa de nuestro duelo, de la vergüenza inocultable, de la terrible incomodidad que siembra la perversión.

Nuestros descuidos traen sus consecuencias, amargas consecuencias. Ningún gran discurso de autocomplacencia, ninguna impostada virtud y ninguna evasión cínica nos alivian de esta vergüenza. Porque sufrimos de nuestra gran incompetencia para prever y atender, para cuidar y corregir con oportunidad.

Las conductas viles allí están, ya con toda normalidad establecidas en nuestro entorno. Esto pasa, y ¿qué sientes ante ello? Ve lo que hacemos, y ¿cuál es la emoción que te provoca? Los hechos y las acciones ocurren, y ¿de qué manera afectan tu estado anímico? El sujeto reacciona primero con la emoción, luego acomoda conceptos y quizás al final llegue elaborar razonamientos.

Pero si los hechos y conductas nos despiertan emociones y podemos juzgarles siempre a través de ellas, es que se conecta de manera ineludible, una vinculación de orden primario desde la cual despega, primero, la tarea moral y, después, la misión ética. Emoción-moral; esa es la primera relación.

Para recomponer la moral, es necesario volver a sentir. Necesitamos de esa conexión entre lo que hacemos y el sentimiento que ello nos despierta. Por ello, dentro de todo lo malo que nos pasa actualmente en Chihuahua, en México, en el mundo, bien podemos rescatar la ventaja de sentir algo ante tanta descomposición.

Creo que un día nos pasó que, ante nuestra propia vileza, dejamos de sentir compasión, dejamos de sentir empatía, dejamos de sentir vergüenza; entonces se nos escaparon los valores, nos distanciamos de la virtud, descuidamos el aprecio en que se debe tener al honor y la dignidad humanos.

Si ante los hechos recientes que nos llevan hasta abajo como sociedad, nuestro ánimo se vuelve sensible y damos oportunidad a la emoción, estamos recuperando el vínculo primario de la estructura que sostiene la conducta noble y la convivencia respetuosa en comunidad.

Por todo lo anterior, sigo sosteniendo que hace falta una formación en emociones en nuestra sociedad. Urge una intensa una formación en valores que tenga su raíz en la sensibilidad de cada persona, que se promueva en las escuelas y en los hogares con igual o mayor intensidad que la formación en cálculo o la formación para el éxito laboral o en los negocios.

Necesitamos, como sociedad, sentir más esas conexiones que nos hacen sociedad humana más que sistema productivo y de consumo. La racionalidad y la cuantificación son valiosas, sin duda, pero igualmente valiosa y necesaria es la emotividad, guía para el encuentro empático con los otros, base de una moral auténtica, nacida desde los sujetos, asumida desde el interior de cada quien.
 
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