Opinión / Columna
 
Juan Ramón Camacho Rodríguez 
Autoritarismo y libertad
El Heraldo de Chihuahua
30 de octubre de 2014

  Por: Juan Ramón Camacho Rodríguez

Recientes hechos nacionales y estatales ponen a cualquiera a pensar en el ejercicio del poder como una conducta autoritaria, como un quehacer ofensivo en relación con las libertades individuales, las cuales son parte importante de los derechos humanos promovidos y defendidos por una visión democrática de la sociedad.

Anastacio Ovejero Beltrán, en su trabajo titulado "El autoritarismo: enfoque psicológico", ha señalado que el autoritarismo es una idea originada dentro de la teoría del rasgo, la cual se encuentra íntimamente ligada a las explicaciones psicológicas de la personalidad. Yo diría que la psicología, en sí, es una insistente preocupación por entender ese conjunto de elementos interrelacionados que conforman el ser de la persona en cuanto ente conductual y social.

Según dicho autor, el origen de la atención psicológica sobre el fenómeno de la conducta autoritaria está ubicado en la época inmediata a la Segunda Guerra Mundial, cuando el orbe sufría los tristes efectos del ejercicio desmedido del poder por parte de los hombres del nacionalsocialismo.

Se nos dice que el psicoanalista Erich Fromm es el primer estudioso que escribe teóricamente sobre este tema en su libro "El miedo a la libertad" (1941), uno de los textos más influyentes en el entendimiento universal sobre el comportamiento del ser humano. De igual manera, el tema es atendido por Adorno, quien publica "La personalidad autoritaria" (1950).

Sostenía Fromm, recurriendo a la historia, que la libertad descubierta por el hombre moderno derrumbaba la seguridad que se tenía en tiempos medievales. Ciertamente, los hombres libres asumen que hay riesgos; hoy nos parece más que evidente. Los hombres que no quieren ver en peligro su seguridad negarán la libertad. La personalidad autoritaria emerge del temor a la inseguridad, de un profundo miedo a la libertad.

El autoritarismo, bajo la perspectiva señalada, tiene dos caras complementarias: por un lado hallamos una actitud consistente en renunciar a la libertad personal para sentirse seguro con el sometimiento a una autoridad, rechazando la autonomía y aceptando la sumisión; y, por otro lado, un complejo de inferioridad que obliga a someter a otros, quitándoles dignidad e independencia, reduciéndoles a objetos utilizables.

Adorno, por su parte, según lo indica Ovejero, busca explicar la conducta fascista y antidemocrática de los individuos, quienes viven presionados por vertiginosos cambios sociales y ansiedades personales. La temida inseguridad del individuo le lleva a someterse a otros o a someter a otros, lo cual se puede estimar mediante una escala de factor de autoritarismo.

Todo lo anterior lleva a pensar que el autoritarismo es, psicológicamente hablando, un fenómeno de relación binaria (dominante y dominado) sustentado básicamente por el temor a la inseguridad de las personas. Desde esta interpretación, los autoritarios están en ambos lados de la relación de autoridad: quienes someten y quienes son sometidos.

Es decir, los responsables del autoritarismo son quienes viven en un complejo de inferioridad tan fuerte que los lleva a dominar a otros, como quienes sufren la ansiedad que despierta todo enfrentamiento con la autonomía y prefieren la seguridad de la sumisión. Así planteado, la libertad no es más que algo indeseable para ambas partes.

Es obvio, entonces, que el combate al autoritarismo no será propulsado desde el interior de este sistema binario. Los anhelos democráticos no son de todos, y ello nos lleva a reflexionar que no a todos les gustará una lucha abierta a favor de las libertades. Los libertarios no pertenecen al sistema de los autoritarios; y, en este sentido, la lucha de aquéllos puede ser muy peligrosa para ellos mismos en el terreno de éstos. ¿Acaso no es esto evidente en el caso de México?
 
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