Opinión / Columna
 
Juan Ramón Camacho Rodríguez 
¡Que vivan los estudiantes!
El Heraldo de Chihuahua
2 de octubre de 2014

  Juan Ramón Camacho Rodríguez

La juventud es, ante todo, el gran proyecto; con ella logramos animar y solventar la empresa de andar, de buscar, de volar, de crear y -sobre todo- de negar y renegar el mundo que hemos heredado. La juventud es una potencia que no podemos contener cuando ha de manifestarse de una u otra forma. Mejor será comprenderla que reprimirla, siempre, porque así es nuestra naturaleza.

Los últimos eventos en los cuales han sido protagonistas miles de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional, nos llevan a considerar el peso de una real potencia social. En la lucha de los estudiantes -cualesquiera que sean sus motivaciones y propósitos- se manifiesta incontenible esa fuerza juvenil que se expresa en el ágil movimiento físico y también en la visión que acomoda un proyecto para comprometerse con él y entonces "hacer la vida" con rumbo y decisión.

La fuerza estudiantil apunta a un futuro, es una proyección, un lanzamiento hacia el ser: ella siempre señala hacia lo que se quiere llegar a ser, hacia lo que está por venir, hacia lo que se ha de construir, a costa de lo que se ha de dejar y de lo que se tendrá que destruir (pésele a quien le pese). Esta simple idea, la del estudiante como proyecto, supone una confrontación entre la insatisfacción vital y el estado de cosas que procuramos conservar -sea con mucho o poco afán, lo cual es muy variable entre los individuos- quienes ya no somos jóvenes.

Entonces, gracias al encuentro mencionado, o sea entre lo juvenil y lo senil, nos hallamos ante una dialéctica generacional que es evidente para el entendimiento e inevitable para la práctica en nuestra convivencia concreta y cotidiana: el dinamismo jovial de un proyecto vital contra el estatismo conservador de lo realizado, de lo pasado, de la vida hecha. Lo nuevo contra lo viejo.

Lo joven contra lo vetusto es una lucha que no puede evadirse, y mucho menos negarse o pretender esconderse o hasta aniquilarse. Se trata de una confrontación amparada por la radicalización de la vida: la alegría vital ante lo que viene y la decadencia vital ante lo logrado, lo proyectado y lo realizado; es decir, la jovialidad y la decrepitud, el cambio y la estabilidad.

Los estudiantes son lanzados por su ímpetu juvenil hacia un proyecto de vida; ellos son el porvenir, es decir, son lo que los no-jóvenes no somos. ¿Cómo someterlos? ¿Cómo reprimir esa potencia? ¿Cómo limitar ese poder? ¿Cómo estrangular un proyecto vital? Ellos niegan todo aquello que los retiene y con lo cual se les quiere controlar. Los jóvenes son vida; vida manifestándose, vida estallando, queriendo ser, descubriendo, creando, logrando. Y en el caso de los jóvenes estudiantes, pues se trata de vidas que han elegido una forma de realización que dignifica y sienta honores.

Por ello, ¡que vivan los estudiantes! ¡Que viva la vida de cada estudiante! En cada vida estudiantil se manifiesta el deseo de ser, el impulso de lograr, la misión de ser uno junto a los demás y para los demás. No puede haber mayor nobleza. No creo que haya más alto orgullo.
 
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