Opinión / Columna
 
Mario I. Alvarez Ledesma 
Límites y contornos de la ética
Organización Editorial Mexicana
1 de febrero de 2011

  En breve iniciaré, como cada año, mi curso sobre Ética Jurídica en la Escuela Libre de Derecho, mismo que imparto desde hace casi un lustro y el cual me ha reportado múltiples satisfacciones.

La reflexión ética vinculada al Derecho constituye una constante histórica, las relaciones entrambas es, además, uno de los temas clásicos de la teoría y filosofía jurídica de todos los tiempos. Ahí, en dicha relación, se gestan y trata de dárseles salida a problemas capitales vinculados con la justicia, la obediencia y la legitimidad del Derecho. Ahí, también, se enfrentan temas trascendentalísimos relacionados con los derechos humanos y las controversias dilémicas de siempre como la eutanasia, el aborto, la pena de muerte, así como los llamados "casos difíciles" que la modernidad ha traído a la palestra, tales como el uso de células madre, la clonación y el empleo de la tecnología para las múltiples formas de enfrentar asuntos como la inseminación in vitro.

Al iniciar cada curso procuro aclarar, en torno al debate ético, sus límites y sus contornos, en la inteligencia de que el bienvenido debate que en él tiene verificativo se haga con rigor y disciplina académicos, esto es, con técnica y metodología filosóficas. Esta puntualización no tiene nada de baladí, porque normalmente el debate ético se da en el más absoluto desorden lógico, abusando de la mala argumentación (si es que la hay), de la interpretación excesiva y echando mano más de los recursos retóricos (si es que los interlocutores saben realmente lo que es la retórica) más burdos, tratando de ironizar o ridiculizar las posturas del oponente en el debate antes que evidenciar la razón que nos asiste, o la claridad y oportunidad de una mejor argumentación.

La delimitación de los contornos de la ética es tremendamente útil para la vida cotidiana si es que, de suponer bien, a los seres humanos nos importa la relevancia moral de nuestras acciones. No sin razón Aristóteles decía que los seres humanos éramos los únicos en tener preocupaciones éticas y estéticas. No conozco ningún otro animal al que le importe la relevancia de sus actos más allá de la supervivencia.

En efecto, la ética es una preocupación eminentemente humana y su objeto es hacer de nosotros mejores personas, congruentes y consistentes en nuestras decisiones. Seres, en suma, virtuosos, capaces de adoptar posturas y cursos de acción en función de valores o principios con independencia de sus consecuencias. En efecto, la primera característica de la ética, lo subrayaba Kant con denuedo, es su no consecuencialismo. Uno asume una postura ética para estar bien con su conciencia, con independencia de los beneficios o costos que ello nos implique, lo cual en la vida cotidiana comporta cualquier cantidad de dificultades. Trate usted, por ejemplo, de decir siempre la verdad o su verdad y verá lo que le espera.

Sin embargo, la ética tiene sus fronteras, pues ésta no nos obliga ni a ser santos (lo cual es ya materia de la religión) ni a ser héroes (lo que no aceptan ni el Derecho ni el civismo). La adopción de posturas éticas es lo más alejado que existe de la fuerza y de la coerción, como bien recordaba Rousseau. La ética es el reino de las decisiones asumidas voluntariamente y en conciencia.

En la ética hay variantes, las cuales se mueven, primero, entre quienes piensan que no es posible esbozar argumentos morales racionales, el llamado escepticismo ético, y quienes piensan que incluso es posible hacer Filosofía moral. Y, aún en ésta, el terreno es farragoso, pues en un extremo se encuentran los objetivistas éticos, aquellos que piensan que es posible la existencia de valores o principios absolutos, universales y eternos, mientras que en el polo opuesto militan los relativistas éticos, quien sostienen precisamente lo contrario: los valores varían en función de la época, el lugar y los individuos.

Y por último: la preocupación y el debate éticos son ineludibles, ni la historia ni la política se salvan de ellos. Cuestión esta que, sobre todo los hombres públicos, suelen, con frecuencia, olvidar.

El Peso de la Pluma

m.alvarezledesma@yahoo.com.mx
 
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