Cinematografía
Chaparro y Jolie, en Cannes
Angelina Jolie robó la atención en la alfombra roja. Foto: AP
Organización Editorial Mexicana
16 de mayo de 2008

Alexis Grivas / Enviado

Cannes, Francia.- Este festival se ha distinguido por incluir desde hace ya algunos años en competición tanto documentales como películas de animación. Esta iniciativa, copiada a continuación por otros certámenes, ha dado ya buenos resultados, especialmente en el área de los documentales, donde Michael Moore se hizo acreedor nada menos que de la máxima presea del certamen, la Palma de Oro, con Fahrenheit.

En el terreno de los dibujos animados, lo que se inició con la presentación aquí de producciones de los estudios hollywoodenses (Shrek, entre otros) ha dado ya un giro hacia temáticas propias del cine de ficción de autor, alejados del concepto del entretenimiento.

Nada menos que el año pasado Persépolis, de la iraní Marjane Satrapi, una visión crítica de la condición de la mujer en la sociedad de su país de origen, se ganó aquí el premio del jurado.

No sería nada raro que en esta ocasión el largometraje de animación Waltz con Bachir, una producción israelí dirigida por el debutante Ari Folman, se alzará igual con un premio importante. Folman, basado en sus experiencias personales durante el tiempo en que hizo su servicio militar, se propone indagar la responsabilidad tanto suya como la de sus colegas en la tristemente célebre matanza de refugiados palestinos en los campos de Sabra y Satila, en Beirut occidental, perpetrada en la década de los 80 por los milicianos libaneses cristianos, conocidos como falangistas, en represalia por el asesinato de su jefe Bachir Gemayel. Todo ocurrió bajo la mirada cómplice del ejército israelí, que había cercado los dos campos, algo que posteriormente causó el despido de tres generales israelitas, entre ellos el futuro primer ministro Ariel Sharon.

A través del tono catártico del procedimiento de Folman se hace patente que esta matanza se ha estampado en la memoria colectiva de los israelitas de la misma manera en que se hizo con la exterminación de judíos a manos de los nazis en los campos de concentración.

Folman se entrevistó con varios de sus excompañeros en el ejército, tratando de reconstruir la imagen de los hechos que él mismo presenció como testigo pasivo; hechos que su subconsciente había relegado al olvido en un proceso de protección y de culpabilidad.

Los encuentros con sus compañeros y la reproducción de los hechos sangrientos durante aquel episodio de la invasión de Líbano se traducen en poderosas imágenes de un grafismo muy escueto, acompañadas por los comentarios en primera persona del mismo Folman.

La impresión que causó la presentación de la película correspondió a los rumores favorables que la precedían ya desde febrero pasado, cuando el Festival de Berlín trató en vano de incluirla en su programa.

Cannes había ya hecho lo suyo y el filme acabó en la Croisette, ilustrando un caso más en la guerra que se libran los grandes certámenes cinematográficos en búsqueda de películas cotizadas.

LO QUE OCURRE EN MEDIO ORIENTE

Dos películas más procedentes de la región de Oriente Medio completaron el panorama de lo que está ocurriendo en aquella parte del mundo, donde la fragilidad de la relaciones entre Estados se origina en gran parte en la lucha por el dominio tanto de las reservas energéticas como el petróleo y el agua, cuya escasez resulta determinante, a la par que el oro negro en el juego político de los gobiernos de los países de la región.

No es una coincidencia que ambas películas sirven como un espejo de aquella situación, a pesar de no disponer del acabado y de la fuerza del filme de Folman.

La primera, La sal del mar, presentada en la sección oficial no competitiva Una Cierta Mirada, viene de Palestina y su realizadora, Annemarie Jacir, retrata el intento de una joven americana de origen palestino por asumir sus raíces, regresando para esto a los territorios palestinos de donde sus padres han sido expulsados.

En la segunda, la israelita Siete Días, con la que se lanzó la sección paralela de la Semana de la Crítica, la experimentada actriz Ronit Elkabetz y su hermano Shlomi trazan, en su segundo filme como codirectores, un feroz retrato de las corrientes secretas subterráneas que minan la cohesión de la familia tradicional israelí atrapada en un contexto donde la fe secular y su observación a través de los rituales tradicionales se está volando a pedazos.

Redondearemos el reporte de este tercer día del certamen, que empezó tan bien con Waltz con Bachir, con este otro filme interesante en competición que fue Leonera.

Su director, el argentino Pablo Trapero, revelado con su Mundo Grúa en 1999, hace su entrada en la competición de Cannes de manera mucho más convincente que su colega brasileño Fernando Meirelles con La Ceguera, que reseñamos ya aquí mismo.

Trapero teje el poderoso retrato de una joven mujer, encarcelada por su supuesta culpabilidad en el asesinato de su amante, en su lucha por guardar a su lado a su pequeño nacido en prisión.

El filme, a la vez que atestigua de nuevo la recobrada pujanza desde hace unos años del cine del país sudamericano, resulta ser un homenaje a la determinación de seguir viviendo y peleando desde unas trincheras que de antemano se consideran como casos perdidos.

La impresión positiva que deja su visión resultaría más reforzada si Trapero había podido tomar la distancia necesaria para dejar algunas secuencias que entorpecen el ritmo y alargan la narración en el cesto de la basura durante el proceso de edición.

A pesar de esta reserva, el filme se inscribe en el balance positivo del certamen de este año, faltando aún más días para sorpresas tan agradables.

De lado de la segunda de las secciones paralelas, la Quincena de los Realizadores, la película de inauguración fue Cuatro Noches con Anna, un drama desarrollado en una ciudad de provincia, donde su director, el veterano y venerado Jerzy Skolimowski, sale de su retiro 17 años desde su última realización (Ferdydurke, 1999) para ofrecernos una película fuerte e inquietante, a través de la cual se puede comprobar que el otrora emblemático cineasta del cine polaco de los 60 (Barrera, Walkover, Señales Particulares-Ninguno) no ha perdido un ápice de su fuerza de realizador y de su mordaz crítica y humor negro.
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